Aviso oportuno: No cansaré a quien lea este artículo armando expresiones y términos alternativos a «hombre orquesta» para intentar resultar más inclusivo. Me refiero, en cualquier caso, a personas que se dedican o se quieren dedicar a escribir. Con esa premisa, sienta la alusión quien quiera sentirla, no faltaría más. Ahora sí, vamos con el tema.  

De un tiempo a esta parte, se percibe con cada vez más fuerza una corriente que coloca a quienes se dedican, nos dedicamos, a escribir en una situación difícil y, además, injusta.

Escritor u hombre orquesta

A un escritor se le pide que, además de escribir, tenga conocimientos de una larga lista de áreas y temas. Debe formar parte de colectivos virtuales o presenciales de escritores. ¿Quién ha dicho que tú, que lo único que quieres es escribir, eres igual o debes ser igual que los demás? Al escritor se le exige que vaya de feria en feria. Debe estar en contacto permanente y estrecho con sus lectores. Se le pide que sepa de marketing y de redes sociales. Ah, y de posicionamiento SEO. Y todo eso, y seguro que más cosas, se le piden para que se le reconozca como escritor.

Pero ¿es que a nadie más le llama la atención que a un escritor no se le exija, antes que ninguna otra cosa, que escriba bien? No hablemos ya de que la calidad de las historias sea una exigencia. ¿Para qué? ¿Para qué, si con dominar todas esas otras habilidades que nada tienen que ver con escribir, puede ser suficiente para consolidar su carrera de escritor y vender obras como churros? Que nadie se ofenda, los churros también tienen su público. Si sabes hacer churros, no es mala idea que te pongas a hacer churros. Pero evitemos llamarlos libros para no confundir a nadie.

Hay personas que han conseguido cierta cota de fama y de proyección en el mercado editorial. Sin embargo, es frecuente que en sus obras se perciba, o bien una calidad ortográfica y gramatical muy escasa, o bien una calidad literaria prácticamente inexistente; cuando no las dos cosas a la vez.

Hay cierta diferencia entre quienes llegan a ese punto siguiendo su propio camino, como autores autopublicados, y quienes llegan ahí de la mano de alguna editorial tradicional. Quede claro que entre los autopublicados incluyo a los que publican a través de «editoriales» de autopublicación, ya sabes a qué me refiero: esas imprentas con ínfulas de editorial para quien el cliente no es el lector, sino el propio autor.

Si das el perfil de hombre orquesta, no es imprescindible que escribas bien o que escribas buenas historias.

Si das el perfil de hombre orquesta, no es imprescindible que escribas bien o que escribas buenas historias.

No todos son iguales

Entre los autopublicados es más fácil encontrar obras que no dan la talla ni en el fondo ni en la forma; ni en la ortografía y la gramática ni en lo narrativo y lo literario.

Entre los autores que publican con editorial tradicional es más frecuente encontrar historias corregidas (casi siempre), pero muy flojas desde el punto de vista literario. A veces son historias flojas, mal concebidas y peor desarrolladas. Son historias, tal vez, escritas por encargo; tal vez, publicadas porque no se encuentra nada mejor entre quienes dan el perfil de hombre orquesta. Son, en todo caso, publicaciones que atentan contra el oficio de escritor y contra quienes lo promueven.

Pero, oye, no importa, si el autor o la autora es una persona que acepta el convenio impuesto por no se sabe muy bien quién, no hay problema. Si sabe llegar al público porque va de feria en feria para vender dos o tres ejemplares en cada una, adelante con ello. Si sabe de marketing, redes sociales y posicionamiento SEO, su página web y sus perfiles en redes pueden vender bien lo que sea que escriban.

Lo importante es lo que parezca

Si eso es lo que cuenta para que la gente considere buena la obra de alguien que escribe, entonces se entiende mejor que no importe tanto si tiene errores de forma o de fondo por graves que sean. ¡Qué importa si la historia es una porquería si el envoltorio brilla! Qué importa escribir bien si para obtener el reconocimiento de escritor son suficientes y, en contra de toda lógica, preferibles otras habilidades.

Si das el perfil de hombre orquesta, puedes estar tranquilo, ganarás fama y proyección en el mundo editorial, aunque no sea porque escribas bien o porque escribas buenas historias.

Entender a los autores, entender a los lectores

Recuerdo una vez que alguien me encontró en una red social en la que ofrezco mi servicio de corrección. Me envió un texto que había escrito. Quería que se lo corrigiera. No era extraño, el texto presentaba un nivel tan bajo de corrección que hasta el propio autor debió de darse cuenta. Le di presupuesto y me respondió: «Oiga, que a mí no me sobra el dinero. Usted anuncia que corrige textos, no que cobre por hacerlo». Muy amablemente, le respondí que a mí no me sobraba el tiempo para corregir textos gratis. Ninguna comunicación más en ninguno de los dos sentidos. Ahí quedó la cosa.

Algún tiempo después, en un grupo de esa misma red social (esa que está en vías de extinción y que ya te estás imaginando) de personas con intereses en la escritura, encontré ese mismo texto en forma de libro. Lo habían publicado. Sentí la curiosidad de si finalmente a aquel individuo le había sobrado el dinero para corregir el texto o no. Me hice con el texto y, para sorpresa de nadie, aquel texto publicado era el mismo horror que me había hecho sangrar los ojos cuando me lo envió. El mismo texto con los mismos horrores. Era un ensayo y, para escribirlo, el autor había seguido al pie de la letra el método del ensayo y error y error y error y error y error y error…

Lo más sorprendente es que esa publicación sumó una cantidad desconcertante y hasta indignante de comentarios en los que predominaban las felicitaciones por… la calidad del trabajo. Me quedó demostrado que si uno tiene suficiente tirón por otros motivos diferentes a la escritura de calidad, no hace falta esforzarse por mejorar como escritor. Esa persona se tomó más molestias en llegar a la gente que en ofrecer un trabajo de calidad. Aunque no tenga recursos económicos para pagar una corrección profesional, al menos debería sentir la suficiente vergüenza como para aprender a escribir bien y no publicar cualquier cosa.

Nadie se mira el ombligo

El problema añadido es que muchas personas que escriben no se sienten aludidas cuando se habla de la bajísima calidad de muchas publicaciones. Lo normal es que quienes escriben sobrestimen la calidad de su escritura. Y a veces ni ese es el problema. Lo que puede llegar a ocurrir es que quienes escriben no solo se nieguen a hacerlo bien, sino que reclamen su derecho a hacerlo mal. Sí, como lo oyes.

De hecho, no hace mucho que vi una publicación en una red social de alguien que se dedica a escribir que me llamó la atención. La idea que planteaba venía a ser, más o menos, esta: «¿Por qué no puedo escribir mal si me da la gana? Exijo libertad para no someterme a la dictadura de las normas ortográficas». Si alguien lo entiende, que me escriba y me dé ánimos y fuerza para entenderlo yo también. Pero ¿cómo te atreves a pedirles a los lectores que te entreguen (para no recuperarlo jamás) el tiempo necesario para leer tu basura?

Pero si es difícil entender a los autores, no es menos difícil entender a los lectores, porque, de verdad que hay algunos a los que no les importa que se les falte al respeto. Este tema está aún en investigación. Aunque es una empresa difícil, espero llegar a entenderlo muy pronto. Todavía estoy investigando por qué hay personas, que se dicen lectores, que valoran más tener un ejemplar firmado, aunque sea por autor todavía desconocido, que haberlo leído.

Escribir es otra cosa, un escritor no es un hombre orquesta

¿Qué queréis que os diga? Eso no es escribir, eso es vender. Escribir es otra cosa. A todo eso lo puedes llamar emprender, iniciativa o como te venga mejor, pero no lo llames escribir, porque precisamente donde más trabajo es necesario para hacer justicia a esa palabra es donde menos trabajo se hace. Escribir es otra cosa y triunfar como escritor es otra cosa.

Por supuesto, no todo es blanco o negro. Hay todo tipo de flores en el campo, claro que sí, por lo que harás bien en no tomar por lo personal nada de lo que digo aquí. Pero si tienes esa tentación, entonces no debes fijarte en mí, sino en lo que te pica más de lo que aquí digo.

Así que, ya lo sabes, si eres emprendedor o emprendedora y sabes hacer todo eso que se le pide a un escritor, aunque no tengas ni idea de escribir, ya puedes ser escritor. No importa si no sabes escribir bien, si publicas sin corregir, si publicas historias más bien flojitas o incoherentes o incomprensibles. No importa nada de eso, porque si sabes hacer todo lo demás, puede que llegue un día en el que te pongan la etiqueta de escritor o de escritora. Y que vendas mucho, que es lo que importa, después de todo, ¿no? Pues eso, al lío.

Mercedes Martínez, escritora e investigadora literaria, lo dice así: «El escritor debe dedicarse a escribir, y a aprender nuevas formas de perfeccionar su arte, porque escribir es un arte, aunque a veces parezca que se nos olvide. Debe hallar modos, modelos, métodos…, para que en cada historia que nos ofrezca en cada nuevo libro se vea reflejado lo mejor de sus pensamientos».

Pero la sociedad nos ha hecho así

Nadie, así que todos a la vez tenemos la culpa de que la cosa haya llegado a este punto con quienes escriben. ¿Que a qué me refiero? Esa es una pregunta fácil.

Hay empresas que fabrican productos alimenticios ultraprocesados o con aditivos nocivos para la salud, pero, oye, invierten tanto en publicidad (engañosa, llamemos a las cosas por su nombre) que parece que no hay otras opciones en el mercado. La publicidad nos hace creer que necesitamos esos productos. Y sus envases son tan atractivos… Si lo piensas, tú mismo, cuando vas a comprar fruta, eliges la que más brille, la que mejor aspecto tenga. Luego, posiblemente, esté insípida o demasiado verde. Pero se veía tan bonita la pieza, ¿verdad?

No pasa solo en el sector de la alimentación. En el sector de la automoción hay quienes fabrican y venden automóviles que contaminan más, mucho más, de lo que dicen sus engañosas (aquí también llamaré a las cosas por su nombre) estadísticas.

Si no miramos a fondo ni lo que comemos ni lo que respiramos, ¿a quién podría extrañarle que no miremos a fondo lo que leemos? Las dos primeras cosas te quitan la vida, pero leer algo mal escrito o armado de cualquier manera solo te quita tiempo. Hay que reconocer que, en comparación con la vida, perder tiempo no parece tan grave.

Como decía antes, sigue sin resolverse el misterio de que esta actitud exigente para con quien escribe libros no se dé para con quien esculpe, pinta, fotografía o produce cualquier forma de arte. Pero hay tantos misterios en el mundo que esperan solución…

Y si no doy el perfil de hombre orquesta, ¿qué?

Si te da pereza o vergüenza que puedan reconocerte por un montón de cosas distintas a escribir cuando tú lo que querías era obtener reconocimiento por lo que escribías, aún estás a tiempo.

Si te resistes a dar el perfil de hombre orquesta y piensas que escribir no tiene nada que ver con todas esas habilidades, puede que te encuentres en el camino correcto. Cultiva tu habilidad de escritura, trabaja con las palabras, escribe, escribe y escribe, aunque tires mucho de lo que escribes. Trabaja las tramas, los personajes, los conflictos… Aprende de tu forma de escribir, de tu proceso creativo. Busca conocimiento tanto dentro de ti como fuera. Lee, lee y lee. Escribe, escribe y escribe. Pero presta atención a los mensajes. No te dejes llevar por el primer impulso.

Hace poco leí una publicación de una entidad del mundo editorial que llamó con rudeza y malos modos la atención de mis tripas. Yo daba por sentado que en esa organización se regían por la lógica de lo que significa realmente escribir. Pero ya no sabe uno qué pensar. La tal publicación decía algo como: «Adapta tu contenido a tu audiencia». Ah, bueno, hablamos de contenido, no de escribir; hablamos de audiencia, no de lectores; hablamos de adaptarse al que nos lee, no de escribir lo que nos pica, lo que nos duele, lo que nos interesa, lo que nos parece urgente e importante. Está claro, hablamos de otra cosa. No hablamos de escribir, escribir es otra cosa.

Si la secta ya te atrapó, tengo buenas noticias para ti: yo te puedo ayudar. Contacta conmigo y pongámonos a trabajar en tu carrera en la escritura.

¿Y tú qué eres, escritor u hombre-orquesta?