¿Te has preguntado alguna vez qué razones para abandonar una lectura tienen los lectores?

Hay novelas que uno abandona con culpa. Las deja sobre la mesa, mira la cubierta y piensa que quizá debería darles otra oportunidad. Tal vez dentro de cincuenta páginas empiecen a funcionar. Puede que el personaje que lleva doscientas actuando como si alguien hubiera borrado sus motivaciones descubra de pronto que tiene una. Tal vez el autor deje de esconder información imprescindible detrás de una cortina de humo y decida compartirla con el lector antes del epílogo.

A veces ocurren milagros como esos. Muchas otras, no.

Razones para abandonar una lectura: personajes sin rumbo

Una de las razones que más rápido me expulsan de una novela aparece cuando los personajes hacen cosas porque sí. Un personaje puede equivocarse, contradecirse, actuar por miedo, orgullo, deseo o simple estupidez. Todo eso entra dentro de lo humano. Otra cosa es que tome una decisión importante sin que la narración haya preparado nada que permita comprenderla. Ahí dejo de ver a una persona y empiezo a ver una mano detrás del decorado moviendo una pieza porque la trama necesita llegar a otro sitio.

También me cuesta seguir cuando el universo narrativo exige al lector gestionar una gran cantidad de nombres o de otros datos en muy poco tiempo. Un mundo puede resultar complejo, claro. Puede tener leyes, jerarquías, conflictos, linajes, religiones, poderes, instituciones y hasta siete palabras distintas para referirse a una cuchara ceremonial. El problema aparece cuando el autor espera que recuerde todo eso sin haberme dado una sola pista para interpretar su importancia. Si necesito una libreta para distinguir quién odia a quién, qué reino firmó qué tratado o por qué ese color de capa convierte a alguien en enemigo del Estado, quizá la novela no me está invitando a leerla: me está examinando, y lo más seguro es que suspenda el examen.

Los diálogos

Los diálogos también pueden abrir la puerta de salida con mucha eficacia. Hay personajes que hablan como si acabaran de conocerse en una sala de espera y tuvieran miedo de molestar al de al lado. Frases correctas, limpias, inocuas y completamente olvidables. Otros, en cambio, parecen empeñados en cifrar cada intervención. Preguntan por el tiempo y en realidad hablan de la muerte de su padre; dicen «pásame la sal» y uno debe interpretar que acaban de romper un matrimonio de veinte años. La sutileza funciona cuando el texto contiene algo que interpretar. Cuando todo depende de que el lector adivine, deja de ser sutileza y se convierte en algo más parecido a una prueba de espiritismo.

Un narrador entrometido que, además, explica en lugar de narrar

Otro motivo frecuente aparece cuando el narrador decide que no confía demasiado en mí como lector. Entonces empieza a explicarme qué debo pensar de cada personaje y de cada gesto. Lo valora todo, lo juzga todo. Para uno «de los buenos» todo son frases como «por fortuna, se libró de aquel peligro». Para uno «de los malos» todo es más parecido a esto «—dijo vomitando odio». Cuando alguien da un portazo, me informa de que cierra la puerta con rabia. Si mira por la ventana, me aclara que está triste. Cuando sonríe, añade que esa sonrisa oculta una profunda inseguridad. Agradezco la consideración, pero prefiero que me deje trabajar un poco. Si la narración cumple su función, ya llegaré yo a una conclusión. Y si no llego, quizá el problema no sea mío.

Cuando los personajes esquivan el conflicto

También abandono cuando el conflicto parece existir únicamente porque nadie formula una pregunta obvia. Es un mecanismo bastante rentable: basta con impedir que los personajes hablen durante tres capítulos. Un secreto sencillo se convierte así en una tragedia épica. El problema es que, cuando el lector identifica la solución antes que los personajes, la tensión cambia de naturaleza. Ya no espera descubrir qué ocurrirá. Espera que alguien se dé cuenta de lo evidente.

Otras razones para abandonar una lectura

Otra señal de alarma aparece cuando cada capítulo termina con una promesa y ninguno cumple nada. «Entonces comprendió quién estaba detrás de todo». Corte. «La puerta se abrió y vio algo que jamás habría imaginado». Corte. «El nombre que escuchó cambió para siempre su vida». Corte. Una vez puede funcionar. Dos, quizá también. A la sexta, uno empieza a sospechar que el verdadero misterio consiste en averiguar cuánto tardará el autor en contar algo.

También me cuesta seguir cuando una novela confunde oscuridad con profundidad. Frases solemnes, silencios cargados, símbolos que parecen pedir una tesis doctoral, personajes que hablan como si supieran que alguien los citará dentro de cien años. Todo eso puede tener sentido, no lo discuto. Pero cuando cada gesto exige unos minutos para interpretarlo correctamente, la novela termina mi atención. Si todo pesa, nada pesa.

Luego está el aburrimiento, que tiene peor reputación de la que merece. A veces una novela carece de grandes errores técnicos y, sin embargo, uno deja de tener curiosidad por lo que le aguarda en sus páginas. Eso también cuenta. Leer ficción debe exigir atención, tiempo y cierta disposición emocional, de eso no hay duda. Pero un libro siempre ha de devolver algo a cambio; por eso estoy convencido de que abandonar la lectura no constituye una traición al autor.

Vale, ¿pero hay alguna solución?

Pensemos que el lector no firma ningún contrato de permanencia con la novela. Puede irse en cualquier momento. Esto, por desgracia, ocurre más de lo que nos gustaría admitir. Una forma de cerrar puertas de salida del lector es hacer un buen editing de la novela. Puede parecer una frase comercial, pero un editing bien hecho hace justamente eso, tapar esas puertas por las que una novela puede perder torrentes de lectores.

Quizá por eso conviene preguntarse, durante la escritura y durante la edición, no solo qué motivos tiene el lector para continuar, sino también cuáles le estamos dando, consciente o inconscientemente, para cerrar el libro.