Hay una fase de la escritura en la que el autor empieza a mirar el calendario más que el manuscrito. La calidad de un manuscrito es la prioridad.

Quiere terminar. Quiere enviar. Quiere publicar. Quiere pasar página. Es comprensible. No te sientas mal si te identificas con esta sensación.

Después de meses o incluso años conviviendo con una historia, llega un momento en el que el cansancio empieza a pesar. Puede incluso que dejes de preguntarte si el manuscrito está listo y empieces a preguntarte cuánto más tendrás que trabajar en él.

Cuando te sientas así, párate un momento. Desconfía.

La calidad de un manuscrito no tiene prisa

No mejora solo porque hayamos decidido que debe estar terminado en septiembre. No gana solidez porque ya tengamos una fecha para enviarlo a una editorial. Los problemas y las carencias que pueda tener no se van a corregir porque llevemos tres años trabajando en él y sintamos que ya hemos cumplido de sobra.

Un manuscrito necesita tiempo. Exactamente, necesita… el tiempo que necesite. Probablemente nunca esté en manos del autor saber cuánto tiempo necesita cada novela que escriba.

A veces ese tiempo es breve. Otras veces obliga a volver atrás, a desmontar una parte importante de la estructura, a replantear un personaje, a eliminar páginas que costaron semanas de trabajo o a aceptar que una escena que nos gusta mucho no cumple ninguna función.

Todo supone un retraso. Pero se trata de un retraso relativo. Lo que sucede en realidad es que teníamos unas expectativas que no se cumplieron. Y ya se sabe lo que se dice de las expectativas, que el único responsable de lo que deparan es quien las tiene.

Todo eso que nos parecen retrasos en el proyecto puede mejorar el libro.

La prisa introduce una pregunta equivocada en el proceso: «¿Cuándo puedo darlo por terminado?». La pregunta útil es otra: «¿Qué necesita todavía para estar realmente listo?». Si intentas responderlas desde una agenda prefijada, desde un compromiso con terceros (o contigo mismo) lo más probable es que des la respuesta incorrecta.

También se da el caso de que no haga falta intervenir más. A veces, seguir retocando empeora. Pero ese momento no lo decide el agotamiento ni la impaciencia. Lo decide el criterio.

Por eso una mirada externa puede resultar tan valiosa. El autor conoce demasiado bien su obra, lleva demasiado tiempo dentro de ella y tiene demasiadas ganas de concluir. Un editor no comparte ese cansancio. Puede mirar el manuscrito por lo que es, no por todo lo que ha costado llegar hasta él. Lo que la calidad de un manuscrito necesita en ese punto es un buen editing.

Tenlo presente cuando estés cerca del final de la escritura: publicar antes de tiempo no convierte un libro en mejor. Decir que lo has terminado tampoco convierte tu manuscrito por arte de magia en un manuscrito terminado.

Por supuesto, antes de lanzarte a publicar, al menos deberías someter el manuscrito a una corrección profesional.

Lo importante es llegar al punto en el que sientes que cada vuelta que le das, cada esfuerzo que le dedicas no te hace estar seguro. Ese momento es el momento de buscar al profesional que puede ayudarte a redondear tu obra.

Hasta entonces, la calidad que buscan las editoriales es algo que todavía puede estar lejos.