Una novela crece borrando. ¿No me crees? Sigue leyendo y verás.
Cuando una novela no termina de funcionar, una de las primeras tentaciones consiste en añadir. Ya sean personajes, subtramas, giros imposibles, explicaciones, descripciones…
Tampoco suele ser una solución añadir un capítulo o escribir un larguísimo epílogo que cierre las subtramas que quedaban abiertas.
Aunque parezca contraintuitivo, una trama o un personaje o un conflicto narrativo podría verse reforzado no añadiendo, sino todo lo contrario: quitando.
Lo sé, añadir parece lo más lógico si sentimos que la novela no alcanza lo que buscamos. Pensar que tal vez necesite algo más es el primer impulso de todo novelista.
Pero, como decía, muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
La clave está en distinguir el contenido que nos aporta valor del que nos aparta de la historia.
He visto novelas en las que el autor se ha volcado con las descripciones y ha descuidado un poco más de la cuenta las acciones o la relación entre los personajes o la intensidad del conflicto narrativo o la coherencia de la trama. No hablo de escritores noveles. Uno, por muy veterano que sea, siempre puede encontrarse en una situación de estancamiento (odio hablar de bloqueo creativo).
A veces, el responsable de ese estancamiento es todo el ruido que hemos metido en la novela. Nos hemos puesto a contar la vida de un secundario desde su infancia, con todo detalle y justo en el momento más inoportuno.
Cosas como esa pueden desdibujar los límites de lo que es útil para la novela.
Otro sospechoso habitual es la superpoblación de tramas. Una novela con muchas tramas y todas, presumiblemente, importantes y trascendentes está muy lejos de una novela que funcione.
A veces el autor es el principal sospechoso. He trabajado con novelas en las que el autor ha volcado toda su experiencia vital, todos sus conocimientos o todos sus gustos y preferencias, y lo ha hecho convencido de que debían formar parte de la historia. Ni se había parado a pensar qué peso y qué función tenía todo ese material en su novela.
Piénsalo: una novela crece borrando contenido
Añadir es lo fácil. Elegir entre lo que meter y lo que sacar de una novela es más difícil.
Elegir obliga a establecer jerarquías. A decidir qué historia estamos contando realmente. Qué personaje es el centro del conflicto. Qué idea merece ocupar el centro y cuáles solo están ahí porque en algún momento nos parecieron interesantes y ya no somos capaces de distinguirlas de otras realmente útiles.
Como ya podrás imaginar, todas esas situaciones explican por qué una parte importante de la edición consiste en quitar.
No hablamos de quitar capítulos o páginas enteras. Hablamos de una intervención quirúrgica que neutralice explicaciones innecesarias, que aporten subtexto a los diálogos, que argumente de forma implícita las acciones y las palabras de los personajes…
Hay una diferencia enorme entre riqueza y acumulación.
La riqueza aparece cuando los elementos se relacionan y se potencian entre sí.
La acumulación aparece cuando todos reclaman protagonismo al mismo tiempo.
Una novela puede contener excelentes personajes o sorprendentes tramas y seguir siendo un mal relato.
El trabajo de la edición consiste en descubrir qué hace que esa novela deje de ser un mal relato para poder ser una novela memorable.
Como editor, debo tener buen ojo para detectar todo ello y buen criterio para proponer soluciones ideales. Pero el autor debe tener el valor de comprender y asumir qué sacrificio exige aplicarlas y afrontar la labor.
A veces, un simple informe de lectura puede ser suficiente para detectar las carencias y los lastres de una novela, pero en muchos casos, por no decir en la mayoría, lo apropiado es un editing en serio.
Deja tu comentario