Esperanza de la Encarnación es licenciada en Arte Dramático. Es actriz y directora de escena. Es la voz detrás de EdelaE Services, uno de los referentes de España en la producción de audiolibros.

Pero además de todo esto, Esperanza se estrena como escritora con una novela absolutamente genial en su concepción e inmaculada en su factura. Esperanza sabe mucho de las personas, y de la vida, tal vez por ello su escritura invita a creer que el de escritora es un oficio fácil y asequible a cualquiera.

Actualmente, la novela se encuentra en el proceso de lectura y valoración por el jurado de un gran premio literario.

Esperanza de la Encarnación

Esperanza de la Encarnación
Agradecidaaaa y emocionadaaaa so-la-men-te puedo decir gracias por corregir (Citando a Lina Morgan)

EL CORRECTOR

Un ¿relato? de Esperanza de la Encarnación

A Víctor Sanz

Cuando terminé de escribir mi primera novela, y por el momento la única, creí que ya había hecho el trabajo de mi vida. Pero había oído hablar del trabajo de “el corrector”, aunque no sabía en qué consistía exactamente. Amé mi novela, la amé tanto que decidí que merecía la pena ponerla en manos de alguien que pudiera valorarla en toda su dimensión. ¿Como cuando amas tanto a un hijo que sabes que es el mejor del mundo, y para perfeccionarlo lo pones en manos de los mejores profesionales de la salud y de la enseñanza? Pues eso mismo. ¡Claro, que tiene un riesgo! Cuando tu hijo va por primera vez al colegio, puede ser que el profesional (el corrector) sepa algo más de niños (de novelas) que tú, y te diga: “Verá, señora; no quiero que usted entienda mal lo que le voy a decir, pero su hijo es… del montón”. Traduzcamos la frase del profesor al lenguaje del corrector: “Verá, señor autor; no quiero que se desanime, pero su novela es… ¡del montón… azo!

Aun así, tú sigues amando a tu hijo… perdón, a tu novela, y sigues dejándola en manos del profesional, y esperas, desesperada, a que te dé el diagnóstico, y a que le ponga los brackets… ¡Perdón! (¡jolín, estoy obsesionada!). Quería decir a que le ponga las rayas de diálogo, a que le quite los acentos a los demostrativos, y a que te diga que no tienes ni puñetera idea de cómo debes colocar las cosas en una página para hacerle fácil la lectura al lector.

¡Bueno, vale! Hasta ahí, todo va…, digamos… bien. Eso no es más que algo puramente físico, al niño no le pasa nada grave. El problema no es funcional.

Pasada esta primera fase, la cosa se pone tensa. “Pero tú, ¿qué esperas de tu novela?”.

Si esta pregunta te la hace Gemma Nierga en la matinal de las 11, o el profesional de turno en uno de esos programas culturales de la 2, es porque la novela ya ha adquirido un status y ya está fuera de ti. Pero esta pregunta te la hace “el corrector” antes de haber leído todas y cada una de las páginas por su orden, y mientras tú aún estás entusiasmada con el niño, sin recuperarte aún de los dolores del parto, y sin haber recibido, aún, los resultados del test APGAR.

¿Que qué espero de mi novela? Que sea Premio Nobel de Neurociencia. ¡Perdón, perdón! Volví a cambiar de película. No sé…, a lo mejor entrar en la dinámica de los premios de novela, o buscar una editorial, o… no sé, me dejo aconsejar. Y va “el corrector” y te dice: “¡Hombre! Lo de los premios… el problema es que te secuestran la obra un tiempo, porque entre que la entregas, la leen, se falla el premio y tal… no puedes hacer nada con ella. Yo iría directamente a la búsqueda de editorial”.

Y ¡claro! tiene razón ¡“el corrector”!

Y sigues esperando. Y al cabo de unos días te llama por teléfono un domingo por la mañana y te dice:

“He terminado de leer y de corregir”. Y se calla por un momento que a ti te parecen horas, porque parece que estás escuchando al médico que te va a decir que tu hijo tiene una enfermedad incurable. Y luego sigue: “Mira, es lo mejor que he leído en el último año y medio”.

¡Ah! ¡Casi me desmayo! ¡“Mi corrector” (ya no es “el corrector”) dice que mi hijo es lo mejor que ha leído en el último año y medio! (¡Perdón, ni novela! ¡De verdad, qué obsesión!) Bueno, sigo.

“Así que te mando las correcciones, a ver qué te parecen, y creo que deberías hacer el esfuerzo en los próximos quince días porque es el plazo que hay para que te presentes a este premio tan importante”.

Y queda flotando en mi cabeza, hueca en ese momento: premio importante, premio importante tante, mio premi tante, premitante, premio portante, pretante,… ¿qué? Pero… ¿no me habías dicho que los premios no…, no eran la mejor estrategia?

“Ya, pero este es importante, y la cuestión es que la novela merecer ser leída por gentes del mundo editorial…” Y mi corrector sigue hablando mientras mi garganta se anuda. ¡Mi niño directo al examen de ingreso de Harvard sin pasar por secundaria! ¡Tengo un hijo prodigio! ¡Hay que hacer el esfuerzo, merece la pena!

Y aquí comienza este relato. Hasta aquí el preámbulo.

¡Qué experiencia! ¡Qué placer! ¡Y qué modo de conocer de primera mano la verdadera, necesaria, y diría que imprescindible, labor de “el corrector”!

El corrector es quien te hace caer en la cuenta de tu propia contradicción.

El corrector es quien te obliga a pensar en profundidad en el verdadero concepto de lo que estás escribiendo.

El corrector te depura el estilo.

El corrector te fulmina la incongruencia.

El corrector te confronta con el ego, el ego que va en detrimento de la novela, ese ego que te hace mantener la razón, (ce-rrazón) por orgullo o cabezonería, cuando en realidad sabes que utilizando otra palabra dices lo mismo pero tienes que apearte del burro.

El corrector es pues, el anti-ego.

El corrector también es alter-ego durante el tiempo de corrección (y bien que se agradece)

El corrector mira desde el lector, que al final es a quien va dirigida tu obra, y no desde el autor, con quien establece el diálogo para ayudarle a ver el otro lado.

El corrector perfecciona la obra porque conoce la herramienta y miles de recursos.

El corrector reconoce los aciertos

El corrector mejora la obra.

El corrector es exigente, porque es maestro; es experto donde el autor es ignorante.

El corrector es, ante todo, generoso, porque es humilde.

En realidad me voy a corregir. Creo que debo hacer el esfuerzo de cambiar el artículo determinado “el” por el adjetivo posesivo “mi”. Porque mi corrector tiene nombre.

Gracias, Víctor.


Esperanza de la Encarnación
Junio-2016


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