Los finales en la ficción

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Los finales en la ficción. Los finales son, después de los principios, la parte más importante de un relato. Si es evidente que un relato debe tener un buen comienzo que enganche al lector y le incite a seguir leyendo, no es menos evidente que todo relato debe tener un final que enganche al lector, que le haga seguir pensando en la historia que acaba de leer y, sobre todo, que le incite a seguir leyendo más relatos del mismo autor.Los finales son, después de los principios, la parte más importante de un relato. Si es evidente que un relato debe tener un buen comienzo que enganche al lector y le incite a seguir leyendo, no es menos evidente que todo relato debe tener un final que enganche al lector, que le haga seguir pensando en la historia que acaba de leer y, sobre todo, que le incite a seguir leyendo más relatos del mismo autor.

Un buen final es aquel que, de alguna manera, por sutil que sea, está contenido, advertido o sugerido en el propio desarrollo del relato. Por lo que se podría decir que un buen final debe cerrar un círculo que empieza en algún punto del relato, incluso cuando se trate de un relato breve.

Los finales no pueden ser tan sorprendentes que puedan ser interpretados por el lector como un engaño. No pueden hacer sentir al lector como si acabara de llegar a una fiesta a la que no ha sido previamente invitado. Los finales inadvertidos tienen el mismo efecto sobre el lector que invitarle a una fiesta como si fuera de disfraces cuando es de etiqueta. Lo más probable es que el lector no vuelva a abrir la correspondencia del mismo remitente.

Entre las muchas cosas que un lector busca en un relato, nunca falta cierto grado de sorpresa. Es evidente la dificultad que entraña la misión de sorprender a alguien que quiere ser sorprendido y que, precisamente por eso, estará prevenido y alerta ante toda posible sorpresa. De ahí que los finales deben ser sinceros con el lector y darle lo que está esperando, el truco consiste en dárselo de una forma que no espera.

 © Víctor J. Sanz

Los personajes sin motivos

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Los personajes sin motivos - Víctor J. Sanz (Los personajes sin motivos)Cuando se escribe ficción, como es natural, resulta necesaria la intervención de varios personajes para dar vida y sentido a la trama, a la acción del relato. Y, en este contexto, lo natural es que los personajes que intervienen lo hagan en un momento determinado –ni antes ni después–, bajo unas premisas determinadas –y no otras– y con unas causas y consecuencias de sus actos determinadas. Pues bien, esto último no siempre se entiende correctamente por parte de los autores noveles. En una fase temprana del aprendizaje de la escritura, muchos de estos autores recurren a la intervención de los distintos personajes única y exclusivamente porque sirven al propósito de la trama planeada, olvidando por completo qué pueda pensar el lector de esos personajes o de su intervención. Es decir, escriben de espaldas al lector.

Más allá de toda implicación con la trama, cada palabra que se ponga en boca de un personaje debe tener un precedente y un consecuente; al igual que cada acción que se describa de ellos debe tener un detonante y una metralla. Todo cuanto hagan o digan los personajes debe tener un origen y un destino independiente de la trama. Solo de esta manera se puede conseguir que el lector entienda que está asistiendo al desarrollo y narración de unos hechos que tuvieron, tienen y tendrán lugar con o sin el concurso de su atenta mirada.

En un ejemplo esquemático imaginemos a un personaje cuya característica es decir siempre “A” y, por “necesidades del guion” es bueno que diga “B”. Bien, si el autor no ha prevenido al lector de que el personaje en cuestión ha sentido al menos una vez antes la tentación de decir “B”, cuando por fin diga “B”, el lector tendrá todo el derecho del mundo a sentirse engañado, pues estará ante un personaje sin motivos, para cuya intervención no hay razón lógica más allá de la trama. Huelga decir que evidentemente esa tentación de decir “B” del personaje de este ejemplo, debe tener una razón de ser y un fundamento acordes con el resto de elementos que lo caracterizan y dan forma.

Para construir una buena historia, el autor debe marcarse como objetivo irrenunciable: dar a cada personaje unas características suficientes para tener una vida propia, independientemente de que el lector lo esté mirando o no. Solo de ese modo evitaremos al lector esa molesta sensación de preguntarse a qué ha venido esto o aquello que ha dicho o hecho tal o cual personaje.

Los personajes sin motivos © Víctor J. Sanz

'The following', engañando al espectador

‘The following’, engañando al espectador

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¡Atención!, contiene spoiler.

'The following', engañando al espectadorUna de las máximas aspiraciones de toda buena obra de ficción que se precie debería ser cautivar la atención del destinatario (lector, espectador…) y provocarle cierto grado de sorpresa. Pero la sorpresa es una línea muy delgada al otro lado de la cuál se encuentra el vasto territorio del engaño y las malas artes.

Cuando en una historia (novela, película o serie), se ocultan al destinatario datos importantes de la trama con el fin de “dar una sorpresa” es muy fácil caer en el otro lado de la línea. Esto es lo que le ocurre a la serie de televisión The following, que buscando esa sorpresa se han caído de bruces más allá de la delgada línea.

Del mismo modo que resulta ocioso (y engañoso) dar, durante la historia, antecedentes de hechos que finalmente no ocurren; constituye también un engaño de grueso calibre no dar ni la más mínima sugerencia de hechos que sí tienen lugar y que además forman el núcleo de un giro argumental trascendente.

Si este giro argumental lo protagoniza un personaje del que solo se han suministrado al lector/espectador datos positivos y ni una sola sombra de duda, el hecho de mostrarlo de repente como alguien esencialmente malo, no es sino un vil engaño que juega con la esperanza del lector/espectador de formar parte de la historia en algún momento. Técnicas sucias como esta solo pueden causar rechazo en los espectadores, sino de forma inmediata sí a la larga.

En el uso de esta técnica sucia contra el espectador, los guionistas de la serie “The following” abusan en cada capítulo de la primera temporada. Presentan a personajes netamente buenos que, sin venir a cuento, es decir, sin antecedente (por sutil que sea), se convierten en malos o, se revelan como malos justo cuando se necesita un giro argumental interesante.

Darle al espectador la oportunidad de anticiparse a ello, de descubrir por sí mismo esa línea de la trama, es lo mínimo que se le puede exigir a una obra de ficción. Todo lo demás son engaños y malas artes.

Gracias a este engaño, la serie The following ha quedado al nivel de las películas de terror de serie B cuyo más exitoso recurso sea el de mostrar un rostro horrible al tiempo que suben el volumen hasta niveles insoportables. La sorpresa por la sorpresa, el susto por el susto, deja las obras de ficción muy cerca de la basura.

Víctor J. Sanz

El lenguaje literario. El lenguaje literario es una de las partes más delicadas en la creación de una narración. Cuando está bien construido su éxito es sordo y anónimo.

Sobre el lenguaje en los diálogos literarios

El lenguaje en los diálogos literarios. El lenguaje en los diálogos literarios solo llama la atención cuando no resulta natural, cuando resulta chirriante o fuera de tonoEl lenguaje de los diálogos literarios es quizás una de las partes de los textos de ficción que más delicada resulta en su creación, en su aplicación en la historia que se narra. Pero al mismo tiempo, el lenguaje en los diálogos literarios, cuando está bien definido, bien aplicado, cuando está bien trabajado, resulta imperceptible, siendo esta la principal seña de calidad. Se podría decir que la calidad del lenguaje en los diálogos es como el escudo del soldado romano, que solo brilla en la ausencia del propio soldado, es decir, el lenguaje en los diálogos literarios solo llama la atención cuando no resulta apropiado y conveniente al personaje, a la acción y al conjunto de la narración. Cuando el lenguaje resulta chirriante, estridente, estrambótico, estrafalario, excéntrico, ridículo…, para el lector también será evidente y, a menos que sea por exigencias del guión, el lenguaje de los diálogos nunca debe ser así.

El lenguaje en los diálogos literarios solo llama la atención cuando no resulta natural, cuando resulta chirriante o fuera de tono.

Naturalidad

El lenguaje que utilizan los personajes de las narraciones de ficción ha de ser cuidado al máximo, hasta tal extremo que ha de resultar del todo natural, de esa naturalidad artificial tan difícil de conseguir y de tan anónimo y sordo éxito. Cada personaje debe tener no ya su propia voz, sino también e hilando fino, su propio lenguaje, su propia forma de hablar. Cada personaje es un ente completo y único un todo y, por lo tanto, todo aquello que le es propio y natural debe ser susceptible de ser manifestado e identificado en cada uno de sus movimientos, de sus gestos, en cada una de sus palabras, acaso en cada uno de sus silencios.

Alcance

El alcance de unos diálogos literarios bien construidos debe ser universal, pues universal debe ser el lector objetivo de la obra literaria. Es por ello precisamente, que ese todo completo y único que constituye el personaje de ficción no puede obligar al escritor a encorsetarse en un lenguaje excesivamente localista, a no ser, claro está, que esto sea lo que caracterice a su personaje. El escritor debe poner las miras de su lenguaje en lo universal que subyace en ese intralector con el que dialoga mientras escribe, ese lector universal que todo escritor debe llevar dentro.

De todo ello resultarán diálogos literarios creíbles, diálogos tan universales como cercanos a un gran contingente de lectores potenciales, cruzando fronteras geográficas, culturales y hasta idiomáticas.

El mundo del creador de mundos

Un escritor se puede definir de muchas maneras, por lo que escribe, por cómo lo hace, por lo que lee, por cómo lo imita, por lo que dice, por de quién lo dice, por cómo lo dice…, pero si hay algo que define a un escritor de una forma completa y a la vez sencilla esa es la expresión “creador de mundos”. Pero ¿qué es exactamente un creador de mundos?

Un creador de mundos es alguien capaz de encontrar aspectos desconocidos en mundos sobradamente conocidos por todos. Un creador de mundos es alguien capaz de poner el foco en lo más insignificante de entre lo más destacado y darle significado, relevancia vida propia. Un creador de mundos es alguien capaz de crear y animar un mundo de forma que resulte autónomo e independiente de otros mundos. Habitado por personajes con vidas propias, autónomas e independientes de las personas reales, pero a su vez interdependientes entre sí. 

El mundo del creador de mundos
Obra original de Vladimir Kush

Pero los mundos creados por este creador de mundos solo son independientes del mundo real hasta cierto punto, pues si todo lo que existe sobre la tierra un día desapareciera, los mundos creados a su imagen y semejanza, pues de eso se trata, perderían también todo su sentido, no serían imitación o corrección de nada. Perdida toda referencia, perdida el ánima, esos mundos serían estériles.

El creador de mundos es un imitador del mundo ya creado. Lo analiza, lo interpreta, lo corrige y lo expone desde su prisma, sometiéndolo al análisis, interpretación, y juicio por parte del lector.

El creador de mundos vive en su propio mundo, no aislado, no ajeno a cuanto acontece a su alrededor. Antes al contrario, el creador de mundos está mucho más en contacto con el mundo de lo que cabría pensar por sus costumbres, por sus manías, por sus largas horas de soledad y de trabajo. El creador de mundos está constantemente recreando el mundo que lo rodea, reorganizándolo, corrigiéndolo, exponiéndolo y volviendo a corregirlo.

El creador de mundos tiene un difícil reto en cada mundo que crea, o bien imita fielmente otros mundos creados por otros creadores de mundos, o bien crea un mundo completamente nuevo, esto es, una imitación completamente nueva del viejo mundo en que vivimos. Sujeto a corsés de otros mundos ya creados no ha de albergar esperanzas el creador de mundos de hallar nada nuevo que mostrar a los lectores. Decía D.H. Lawrence que “Un libro que no sea copia de otros libros tiene su construcción propia. Las diferencias con otros libros no son faltas, sino características de ese libro.” En todo mundo creado por cada creador han de encontrarse, por tanto, cosas ignotas, visiones de las regiones más remotas de la mente del creador de mundos. De lo contrario estaremos ante un mundo que nació vacío de toda vida posible.

Dijo Flaubert mientras escribía Madame Bovary: “Es algo delicioso, cuando se escribe, no ser uno mismo, sino circular por toda la creación a la que se alude. Hoy, por ejemplo, hombre y mujer juntos, amante y querida a la vez, me he paseado a caballo por un bosque, en un mediodía de otoño bajo las hojas amarillentas; yo era los caballos, las hojas, el viento, las palabras que se decían y el sol rojo que hacía entrecerrar sus párpados, ahogados de amor.”

Si el creador de mundos ha creado correctamente el mundo, su sello se desvanecerá, su firma difuminará en beneficio de la textura de la historia, de lo vívido del propio mundo creado, donde residirá por siempre su creador, de forma sutil, invisible e intangible, pero omnipresente, omnímodo e omnisciente; quintaesencia en cada rincón del mundo creado.