Enrique Cido, capítulo 7: Suiza está en Europa, yo estoy en Europa

Enrique Cido, capítulo 7: Suiza está en Europa, yo estoy en Europa

Enrique Cido, capítulo 7: Suiza está en Europa, yo estoy en Europa >>

 (Este es un relato de ficción cuya coincidencia con la realidad es puro parecido. No, este es un relato parecido, cuya ficción es pura realidad. No, tampoco es eso lo que quería decir)

Enrique Cido, capítulo 7: Suiza está en Europa, yo estoy en EuropaSuiza es un país de Europa y, sin embargo no está en Europa a nivel político. Este es, para los nuestros, uno de sus principales atractivos. Suiza está en Europa, yo estoy en Europa. Estas palabras de un alto cargo de mi actual partido me vienen a la cabeza cuando veo en la prensa los anuncios de la campaña electoral a las elecciones europeas.

Yo habré estado en Suiza un par de veces, tres a lo sumo. Salvo esquiar, casi todo lo que ofrece Suiza se puede hacer por Internet y a mí no me gusta mucho esquiar. Sí, te da acceso a relaciones muy interesantes y en un entorno también muy interesante, pero no es lo mío, yo sé cómo hacer negocios sin tener que pasar frío y sin tener que quitarme la humedad de los huesos pegado a la chimenea como si fuera un pimiento puesto a secar.

Poco antes de venir a Faisans se habló en el último comité de la posibilidad de incluirme en las listas a las elecciones europeas. Muchos en el comité y yo el primero no lo veíamos muy buena idea, aunque no por el mismo motivo, eso es evidente. ¿Qué iba a hacer yo en Suiza?, ¿abrir una cuenta en un banco de allí como muchos de mis compañeros?, no; eso ya lo hice una de las veces que fui. Por lo demás, Suiza no me interesa, aquí en España también tenemos quesos y chocolates, y vacas y relojes, y mejores. También en España hablamos varios idiomas, aunque eso sí, aquí los tenemos mucho más controlados, gracias a Dios y no como allí, que para hablar con tu vecino tienes que saber otro idioma. Aquí todos hablamos español, como debe ser. Y el que no quiera, ya sabe dónde está la frontera. España debe ser para los españoles.

Mientras dejaba volar mis pensamientos no me daba cuenta de que los tenía anquilosados, los pensamientos, digo. Ese discurso involuntario que acabo de soltarme, me parece ahora no solo anacrónico y estúpidamente mecánico, sino casi en blanco y negro. Mi propia voz mental me sonaba como esas cintas antiguas en las que se oye, como un riachuelo extinguiéndose, la voz de alguna figura relevante de épocas pasadas y lejanas. Hay que ser más práctico que todo eso. Las fronteras están ahí porque tienen que estar en alguna parte, pero la única frontera real que hay entre los hombres, la única que funciona y mantiene a cada uno en su sitio es la frontera del dinero. Ese es mi país. Ni Suizas ni Españas, ni quesos, ni chocolates ni leches.

Hace algún tiempo, cuando estaba más activo en la sede nacional del partido en Madrid, Suiza era una de las palabras más utilizadas por mis compañeros. Al menos el concepto “Suiza”, porque lo cierto es que, después de la frase que recordaba al principio, nunca se la oí pronunciar a nadie más en la sede. Sin embargo el concepto se percibía en el ambiente, rezumaba por las puertas de los despachos, por las paredes del ascensor, por la barra de la cafetería y por las columnas del aparcamiento subterráneo. Se oían expresiones como ir a esquiar, ir a dar de comer a las vacas, comprarse un reloj, hacerse una fondue, hacer alpinismo, ir a comprar un piolé; y otras que ya no recuerdo. Uno podía estar seguro de que todas y cada una de las veces que oía algo semejante, el trasfondo de la conversación tenía más que ver con bancos y cuentas que con ninguna otra cosa. La red tejida entre los compañeros era fuerte. Unos avalaban a otros y otros avalaban a unos. El silencio y la discreción eran obligados. Por suerte puede escapar de todo aquello. Mis cuentas allí, por lo menos las que ellos conocían, las cerré de inmediato, cuando pasó todo aquello que me trajo a Faisans.

Leo el programa de mi partido para las europeas y no puedo por menos que reírme y con ganas. No acierto a adivinar el tiempo que tardaron en sacarle al candidato una foto como la que acompaña al programa y en la que no se ríe ni un poquito. Si cumpliéramos todo lo que decimos, muchos nos arruinaríamos, así que no quiero ni pensar en qué situación dejaríamos a quienes nos ponen en una situación económica tan desahogada. Mateo me mira desde el otro lado de la mesa. Está haciendo una pancarta para no se qué desahucios. Disimulo pasando algunas páginas y, por suerte, me doy de bruces con la tira cómica, aprovecho y se la cuento a Mateo del tirón. No le hace gracia. Ninguna. Y es normal, porque no tiene ninguna gracia, ahora que lo pienso. Me mira con una ceja levantada y yo disimulo. Para salir del paso, le pregunto.

—¿Qué pintas? —Mateo coge la pancarta y le da la vuelta para que la vea. Puedo leer “Stop Desahucios”.— ¿Esos quiénes son?, ¿también se presentan a las elecciones?

—No digas tonterías, marto, que sé muy bien de qué pie cojeas. Deberías venir a la manifestación. Quizás aprendas algo. Quieren desahuciar a una viuda de noventa y tantos años.

—¿La desahucian por impago?, es que las facturas hay que pagarlas, Mateo, y si no vas a poder pagar, pues no te comprometas.

Marto, marto, marto… —Mateo me mira muy serio— cuando se supo que volvías al pueblo de tu padre, algunos dijeron que era un error, un grandísimo error. Empiezo a pensar que se quedaron cortos. Me gustaría verte a ti en el lugar de esta vecina que van a desahuciar.

—A mí no me puede pasar eso, yo sé buscarme la vida.

—Estoy al corriente de cómo te buscas tú la vida, y por lo que yo sé tu vida la encuentras en el mismo sitio donde otros encuentran su ruina. No creas que no sé porqué los de Madrid te destinaron aquí.

Sus palabras me llegan hondo. Me quedo pensando si realmente lo sabrá, si sabrá todo lo que…, no, no creo que lo sepa. Le miro intentando ver su cara para sentir una intuición que me alumbre el pensamiento, pero desde que su madre me explicó qué hace Mateo cuando a veces se desnuda en el Ayuntamiento, muchas veces, cuando le miro, solo puedo verle desnudo, y eso no ayuda. No.

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© Víctor J. Sanz