10 mandamientos del protagonista

Atendiendo varias peticiones, publico nuevamente este artículo, publicado originalmente en diciembre de 2013, y dedicado a las obligaciones de todo protagonista que se precie de serlo. 

10 mandamientos del protagonista

Si los protagonistas de las narraciones de ficción tuvieran conciencia de sí mismos como entes individuales y además rigieran su vida por alguna religión parecida a la católica, estos podrían ser los 10 mandamientos del protagonista:

1.- Amarás tu pasado por encima de todas las cosas. Los personajes literarios deben tener un pasado, compuesto por experiencias y conocimientos, por costumbres y manías, por odios y amores…; y lo amarás por encima de todas las cosas ya que sobre él habrás de edificar tu presente y tu futuro en el relato. 

2.- No utilizarás nombres rimbombantes en vano. No tendrás un nombre tan rimbombante como para que sea lo único que, al final, el lector recuerde de la narración; a menos, claro está, que ese nombre venga motivado por algo absolutamente imprescindible y sea inherente a la historia.

3.- Santificarás lo extraordinario. Los personajes vulgares, corrientes, comunes, carecen de atractivo e interés. Por ejemplo, un oficinista, un gris oficinista, no podrá ser nunca un buen protagonista a menos que lo sea por otro motivo distinto al de su profesión. Pongamos por caso, que le acontezca un suceso singular, único, extraordinario; o que desarrolle (o se descubra) un extraño y maravilloso superpoder. En tal caso, el gris oficinista no será protagonista de la narración por su condición de oficinista, sino por ese suceso singular que le ocurre o presencia o por ese superpoder extraño y maravilloso que desarrolla y, un buen día, se descubre. En consecuencia, serás extraordinario en algo, destacarás en alguna faceta, aunque esta sea la obtención de sangre humana por métodos ilegales y fatales. 
10 mandamientos del protagonista

4.- Honrarás tu lengua. Te ceñirás a tu forma habitual de hablar, no utilizarás expresiones impropias de tu condición e identidad. No utilizarás expresiones chirriantes en tu idioma materno y no utilizarás términos que ni siquiera tú entiendes.

5.- No morirás. No morirás en presencia del lector. Incluso aquellos protagonistas que vayan a ser ajusticiados, o que sean suicidas, morirán después de la palabra FIN. Permanecerás vivo en la memoria del lector, que te recordará así eternamente.

6.- No cometerás actos impropios. De forma valiente o cobarde, inteligente o estúpida, esperanzada o abatida, no importa el cómo, pero te enfrentarás con todas las consecuencias a las barreras que te ponga delante tu autor. Debes comprender que ése y no otro es el motor de la narración en la que vives, con independencia de si consigues superar los obstáculos o no. No cometas el acto impropio de rehuir tu destino.

7.- No robarás. No robarás ni ocultarás al lector información imprescindible para comprender tu historia.

8.- No tendrás falsos antecedentes. No te mostrarás cambiante, voluble o incoherente con los antecedentes que de ti va conociendo el lector.

9.- No consentirás acciones ni diálogos impropios. Harás en todo momento lo único que te quepa hacer, porque una sola es la acción y una sola es la palabra óptima que corresponde a cada momento. Analizarás todas las opciones, todas las posibilidades, y actuarás o hablarás, en consecuencia, de esa única manera propia de ti. No harás ninguna cosa que tú mismo no harías en tu misma circunstancia.

10.- No codiciarás los rasgos ajenos. No caerás en la tentación de imitar los gestos o comportamientos del resto de personajes, porque confundirás al lector. Te abstendrás de utilizar sus mismos ademanes de la misma manera, sus mismas reacciones del mismo modo y sus mismas palabras con la misma entonación.

Siguiendo estos sencillos mandamientos, es probable que el protagonista esté más cerca de llegar a convertirse en un gran e inolvidable protagonista.

10 mandamientos del protagonista

© Víctor J. Sanz

¿Hasta donde son interpretables las bases de un concurso literario? >> Cuando la organización de un concurso literario redacta las bases de participación lo hace con la esperanza de proponer una fórmula interesante,

¿Hasta donde son interpretables las bases de un concurso literario?

¿Hasta donde son interpretables las bases de un concurso literario? >>

¿Hasta donde son interpretables las bases de un concurso literario? >>  Cuando la organización de un concurso literario redacta las bases de participación lo hace con la esperanza de proponer una fórmula interesante, Cuando la organización de un concurso literario redacta las bases de participación lo hace con la esperanza de proponer una fórmula interesante, equilibrada y con futuro. Después del género, se elige un formato, si es que no viene dado ya por otras circunstancias, se define una extensión y se describen el resto de características que deben cumplir y que darán homogeneidad a los trabajos presentados, de modo que todos ellos puedan competir en cierta igualdad de condiciones.

Como resulta lógico, en el documento de las bases no se pueden contemplar todas las variables ni todos los factores que intervienen, de ahí que en muchas bases se incluya una que viene a decir que para todo aquello no previsto en las bases, el jurado se reserva el derecho de interpretar las bases.

Hay convocantes que, quizás por experiencias anteriores que no desean repetir, se aseguran de que no participe ningún escritor fallecido; y hay otros, la mayoría, que no llegan a tanto y se limitan a indicar el número de páginas, el tipo de letra y como mucho, el interlineado. No faltan tampoco los que indican con precisión los márgenes, y los hay que hasta describen el número de líneas que debe tener cada página.

Cuando alguna de las circunstancias no previstas supone o puede suponer un problema o de cualquier otra manera exige una solución por parte del jurado, este debe deliberar y tomar decisiones acordes con el equilibrio, con la justicia y con espíritu del premio, y siempre razonadas y argumentadas.

Recientemente se ha fallado un concurso de novela de cuyo jurado formaba parte. Digo formaba porque dejé, y lo hice voluntariamente, de formar parte de ello. La razón es muy sencilla, en las bases se especificaba una extensión de las obras que la propia organización, en la fase final de la selección, incumplió de forma flagrante, arbitraria e irresponsable. Cerca de la mitad de las obras seleccionadas como finalistas excedían o no alcanzaban el rango de extensión de los trabajos especificado en las bases. Es muy difícil tomar la decisión de descalificar un trabajo al falten o el que exceda, por decir algo, en una o dos páginas los límites establecidos. Pero sin embargo, parece muy fácil descalificar obras que exceden de los límites hasta en 30, 40 ó 50 páginas. Esto, en una novela convencional podría considerarse hasta cierto punto anecdótico, pero dado que el objeto del concurso eran las novelas cortas de entre 60 y 80 páginas, resulta muy llamativo además de injusto para con los escritores cuyos trabajos sí cumplen las bases.

Además, y para quien no lo sepa, debe decirse que el planteamiento y la construcción de una novela corta difiere mucho del planteamiento y construcción de una novela larga o convencional. La profundidad de los personajes, la complejidad de la trama o el desarrollo de los conflictos narrativos no puede hacerse de la misma manera si uno tiene que ceñirse al rango establecido de 60-80 páginas que si uno puede trabajar tranquilamente y marcharse tranquilamente hasta las 200 ó 300 páginas. La novela corta, por ser corta, no es menos historia que una novela, pero sí hay que contarla de otra manera, eso es evidente. Por lo tanto, quien ha tenido que narar su historia con el máximo de 80 páginas, no ha participado en las mismas condiciones que aquel a quien se ha permitido hacerlo en hasta más de 120 páginas.

La seriedad de una organización convocante, de su jurado y el prestigio de su premio es ciertamente difícil de alcanzar y se requiere mucho trabajo y mucho tiempo para lograrlo, pero el objetivo se complica cuando es la propia organización la primera que incumple las bases que le exige cumplir a los participantes.

Algunos se estarán preguntando cómo es posible que suceda una cosa así. Pues es relativamente sencillo. Aunque algunos concursos lo especifican, lo más frecuente es que no se diga nada al respecto de los trucos que muchos escritores utilizan para acomodar sus obras escritas con anterioridad a la publicación de las bases, por ejemplo “tocando” el tamaño de la fuente (algunos incluso reducen o aumentan el tamaño de la fuente en medio punto, pensando en que nadie se dará cuenta); o “tocando” el interlineado (aunque esta es también muy evidente, no falta quien la “toca”); y otros muchos “tocan” los márgenes, algo sobre lo que no suele decirse nada en las bases. Sea cual sea la lógica a la que obedezca la decisión de un jurado, o de una única persona como es este caso, para resolver estas cuestiones, parece razonable exigir que, cuando menos, no constituya una traición a las bases exigidas a los participantes.

Cuando advertí a la organización del incumplimiento por casi la mitad de las obras finalistas de la base relativa a la extensión, por el uso de distintos trucos por parte de los participantes, la respuesta no pudo ser más desconcertante, ya que certificaba que en un concurso de novela corta de entre 60-80 páginas, una obra de 120 era susceptible de recibir el premio. Como no podía ser de otra manera, me negué a participar de semejante decisión.

Por muchas razones no viene al caso dar nombres y referencias concretas sobre el concurso en cuestión. Quien esté al tanto de mis trabajos y publicaciones ya lo sabe y no hace falta que se lo repita y quien no esté tan cercano a mis publicaciones tampoco necesita saberlo. Por otra parte, respeto profundamente el trabajo del resto de miembros del jurado que, como yo hice, dedicaron seis meses de su valioso tiempo a participar en la lectura de cientos de novelas y en las deliberaciones de un concurso que creían, como yo hice, que respetaría su propio espíritu y, sobre todo, que respetaría a todos los participantes, y no participantes, por igual.

 

¿Hasta donde son interpretables las bases de un concurso literario?

© Víctor J. Sanz

El escritor ha llegado a su localidad

¡Ha llegado a su localidad eeel escritor!

Escribir no es cosa fácil. Un@ no se levanta y se pone a escribir así como así, bueno, los escritores sí, aunque no todos. Incluso hay gente que madruga y mucho… ¡para escribir! Créanme. Pero también hay quienes remolonean en la cama, porque pueden. Otros remolonean sentados frente a su ordenador porque quieren —redes sociales creo que lo llaman—. También hay quienes a pesar de todos los estímulos exteriores se dejan seducir antes y mejor por el estímulo de escribir ficción, que no es nada despreciable. La periodista y escritora Teresa Viejo, por ejemplo, afirma que escribir ficción es el juego más perverso y adictivo que conoce. Para cada quien será de una manera, un sentimiento distinto, una necesidad diferente, pero hay quien se dedica a escribir, eso es seguro. Y, ¿para qué?, se preguntarán muchos, si no se lee tanto como se escribe. Como quiera que escribir es, en la mayoría de los escritores, además de un placer, una necesidad, se seguirá escribiendo, por más que exista o aumente incluso esa diferencia entre lo escrito y lo leído.

Pues créanme si les digo que además de luchar contra esa desaconsejable costumbre de no leer, los autores deben lidiar contra otra amenaza yo diría que hasta más peligrosa. Me refiero a la forma en que algunos escritores deciden comercializar sus creaciones, concretamente en la plataforma digital Amazon. Hay quienes lo hacen de una forma tan parecida al regalo que dan escalofríos. Y yo me pregunto, ¿en tan poco valoran el fruto de su trabajo intelectual?, ¿cómo pretender que el lector valore el trabajo del escritor si él mismo lo valora en tan poco?

Fuera ya de la oferta de lo que no es lectura propiamente dicha, es decir, fuera de los libros más vendidos, el cine, la TV, las redes sociales, las redes antisociales…; es tan grande la oferta de lectura a un precio “tan competitivo” que el lector tiene verdaderamente difícil discernir entre quienes publican a precios tan bajos como el valor de su obra y quienes lo hacen así pensando erróneamente que se trata de una buena estrategia e incluso dedican esfuerzos realmente grandes a difundir sus obras en las redes sociales bajo la fórmula “mi libro por solo  1 €uro“.

El escritor ha llegado a su localidad

Tal es la proliferación de este perfil de escritor que en tan poco valora el arte de la creación literaria, que me cuesta hercúleos esfuerzos creer que todavía ninguno de ellos haya lanzado abiertamente a explotar la técnica comercial del afilador, esto es, el volante en una mano y el megáfono en la otra, barrio por barrio, y pueblo por pueblo, anunciando sus libros, como el afilador anuncia sus servicios.

¡Ha llegado a su localidad, eeel escritor!, relatos, cuentos, novelas, poemas, ¡eeel escritor!

Quizás me equivoque y muchos ya hayan iniciado ese camino. Cuando lo hagan el lector estará de enhorabuena ya que gracias a ello tendrá más fácil discernir entre unos escritores y otros y así, elegir en conciencia. Lo que parece indudable, se mire como se mire, es que vender los libros al precio mínimo (sigo preguntándome qué pasaría si no hubiera un mínimo), no hace sino denigrar el oficio de escritor y, por extensión, a quienes nos empeñamos en hacer de él algo digno.

Víctor J. Sanz

Las buenas ideas siempre llegan

Las buenas ideas siempre llegan

Las buenas ideas siempre llegan >>

Cuando se escribe una historia —da igual si corta o larga— a veces ocurre que algo invisible impide su desarrollo a partir de un punto determinado. La causa puede ser un personaje que hace o dice —o que no hace o que no dice— algo que cambia por completo el curso del argumento y, por el momento nos pasa desapercibido. Puede tratarse se un mal enfoque del asunto a narrar. Ya sabemos que cada historia exige no solo su forma de ser contada, sino también su enfoque. Y este precisamente es un ejercicio muy recomendable para todo escritor antes de abordar la redacción de una historia: probar los distintos enfoques; pues es seguro que, de entre todos, solo habrá uno óptimo, uno que nos presente la historia de una forma “genial”.

Las buenas ideas siempre llegan

Esa historia que se atasca, que no avanza —ni retrocede—, queda moribunda encima de la mesa de trabajo, pero está más viva que nunca en la mente del escritor, donde está por un tiempo como en el programa de centrifugado de una lavadora. Bien, pues ese centrifugado no suele contribuir a que las ideas se aclaren. Por contra, suele convenir dejarlo estar, apartar la mirada de esa historia moribunda y esperar a que la idea llegue, porque las buenas ideas siempre llegan. Nadie garantiza que lo hagan pronto, pero si son buenas llegarán; solo hay que estar…, distraído. Sí, distraído, porque si la idea es buena, saldrá a la superficie en cualquier momento, aunque el ambiente no acompañe, aunque la actividad lleve la mente del escritor a tierras muy alejadas de la historia a la que pertenece; aunque todo esté en su contra (aparentemente) la idea que resuelva el atasco en la redacción llegará.

Por tanto, la recomendación es montar, cerca del escritorio de trabajo, un sanatorio para las historias convalecientes a la espera de que la cura que las devuelva  a la vida sea inventada.

Escribir a ciegas

Escribir a ciegas

Escribir a ciegasTengo por costumbre planificar las historias que escribo. Parto de una idea genérica, o de un personaje peculiar o de un contexto que exige a gritos contar su historia. Luego planifico el esqueleto de la historia, las distintas etapas que ha de cubrir. Por el camino lo voy habitando con personajes, con ubicaciones, con frases literales. Poco a poco la historia va tomando cuerpo. Llega el momento de dejarla reposar, llevar la cabeza a otra cosa, ocuparla con otros temas, cuanto más alejados de la historia mejor.

Al cabo de un tiempo suficiente —cada historia marca sus propias necesidades en este sentido—, retomo toda la información que dispuse. La releo, la apruebo o la repruebo y formo una nueva composición que, según las circunstancias y las dimensiones de la propia historia, quizás no requiera un segundo reposo. Cuando todo parece tener una coherencia, cuando todo lo que veo aparenta cierto mérito de ser contado, entonces y solo entonces, comienzo el trabajo de redacción de la historia.

Escribir a ciegas tiene sabor a escribir algo no destinado a ser leído, o al menos con ese espíritu se puede afrontar.

Estas guías de trabajo sirven a propósitos de producción muy concretos, pero no sirven para la producción de cualquier tipo de historia. Cuando la historia nace en el escritor, no siempre lo hace con los elementos suficientes como para planificarla siquiera someramente. Puede nacer en forma de frase que resulta subyugante, tremendamente atractiva, o mediante la contemplación de una imagen turbadora, inquietante. En ese momento, nace en la mente del escritor la necesidad de contar —casi de descubrir— la historia que subyace tras esa literal o tras esa imagen. Para quien está acostumbrado a un método de trabajo —perfectamente compatible con la inspiración—, escribir a ciegas es una experiencia tremendamente excitante. Creo que esa excitación se apoya sobre dos firmes pilares: de un lado la emoción del propio descubrimiento de la esencia de la historia, y de otro, —tal vez lo más excitante— de la ausencia de guías que, inevitablemente, se convierte en ese qué haríamos si nadie nos viera.

Escribir a ciegas tiene sabor a escribir algo no destinado a ser leído, o al menos con ese espíritu se puede afrontar, ya que si nadie vigila, si ninguna guía le dice al escritor por dónde ha de ir, será él mismo quien marque el camino a medida que lo vaya recorriendo, y tal vez lo haga por parajes alejados de todo lo que hasta ese momento pudiera haber previsto.

El uso de los signos de puntuación viene determinado por el sentido de las frases y es necesario usar los que en cada caso convengan y precisamente donde convengan.

La importancia de los signos de puntuación

El uso de los signos de puntuación viene determinado por el sentido de las frases y es necesario usar los que en cada caso convengan y precisamente donde convengan.Cuéntase de un señor que, por ignorancia o malicia, dejó al morir el siguiente escrito, falto de todo signo de puntuación:

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta al sastre nunca de ningún modo para los jesuitas todo lo dicho es mi deseo

Se dio lectura del documento a las personas aludidas en él, y cada cual se atribuía la preferencia. Mas a fin de resolver estas dudas, acordaron que cada una presentara el escrito corriente con los signos de puntuación cuya falta motivaba la discordia.

Y, en efecto, el sobrino Juan lo presentó de esta forma:

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan, no a mi hermano Luis. Tampoco, jamás, se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.

Como puede verse, el favorecido resultaba ser Juan.

Pero no conformándose el hermano Luis, este lo arregló así:

¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No: a mi hermano Luis. Tampoco, jamás, se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.

El sastre, a su vez, justificó su reclamación como sigue:

¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. Se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.

De este modo, el sastre intentó cobrar su cuenta; pero se interpusieron los jesuitas, reclamando toda la herencia, y sosteniendo que la verdadera interpretación del escrito era esta:

¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. ¿Se pagará la cuenta al sastre? Nunca, de ningún modo. Para los jesuitas todo. Lo dicho es mi deseo.

Esta lectura motivó gran escándalo entre los concurrentes y, para poner orden, acudió la autoridad. Esta consiguió restablecer la calma, y después de examinar el escrito, objeto de la cuestión, exclamó en tono severo:

-Señores: aquí se trata de cometer un fraude. El finado no ha testado y, por tanto, la herencia pertenece al Estado, según las leyes en vigor. Así lo prueba esta verdadera interpretación:

¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco. Jamás se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.

“En su virtud, y no resultando herederos para esta herencia, yo, el Juez …, etc., etc., me incauto de ella en nombre del Estado. Queda terminado este asunto”.

Conclusión: El uso de los signos de puntuación viene determinado por el sentido de las frases y es necesario usar los que en cada caso convengan y precisamente donde convengan.

 

Nota importante: Desconozco el autor de este texto, simplemente me limito a reproducirlo por el interés de su contenido. 

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.

Coger el tono

La redacción de un cuento, hasta la de los más cortos, puede llevar, y normalmente lleva, varias jornadas de trabajo. Qué no decir de las jornadas de trabajo que lleva la redacción de una novela, hasta la de las más cortas. Hay casos en los que se habla de años.

Pero, ¿qué pasa con el tono de la obra, el tono que se está utilizando, el tono del narrador, el tono de los diálogos, el tono general de la ambientación y la argumentación?

Cuando la obra está muy fresca en la mente del autor, muchos de sus elementos también lo están. Igual de frescos a su disposición. Pero no faltan ocasiones en que esto no se cumple. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas. No huelen igual, no saben igual, no suenan igual. El escritor vuelve atrás, un par de páginas, acaso hasta el principio del capítulo, para encontrar o, mejor dicho, para reencontrar el tono.

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.Es cierto que no siempre es posible este reencuentro, especialmente cuando hablamos de obras cuyo tema o protagonista exigen un tono determinado, de cierta profundidad para el que escritor no siempre está preparado, o para el que no siempre es posible reunir las condiciones óptimas. Si hablamos de una historia en la que se suceden con relativa rapidez un sinfín de acontecimientos, será más difícil reencontrarse con el tono cuando el escritor tenga el ánimo más apagado. O si hablamos de una historia en la que se profundiza sobre temas trascendentes, el reencuentro con el tono no será tan sencillo si disponemos de poco tiempo o si el ambiente no es el adecuado.

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.

Por otra parte, también se dan casos en los que es preciso tomar un poco de distancia para reconocer ese tono, como se aleja uno del bosque para calcular sus contornos. Esa distancia no tiene por qué ser física, ni tan siquiera lejos de las letras, pero sí, obligatoriamente de las letras que nos ocupan. Tal vez leer a otro autor, tal vez leer la prensa, o sencillamente salir a dar un paseo, nos puede proporcionar esa distancia clarificadora.

Este asunto del tono es muy importante porque si no se somete a un estrecho control puede derivar en una obra con altibajos poco atractivos para el lector. Por ejemplo, capítulos basados exclusivamente en diálogos entre capítulos basados exclusivamente en indicaciones del narrador; o pasajes con un aire ligero o hasta cómico entre pasajes profundos o hasta filosóficos. Podría incluso ocurrir que el personaje-narrador se tome la licencia de cambiar su opinión sobre algún personaje en concreto sin que éste último haya hecho nada para merecerlo.

El tono debe ser uniforme, pero tanto que no sea “uniformidad” lo que mejor lo defina, sino sencillez y naturalidad, casi invisibilidad.

Poco a poco, en el desarrollo de la historia en la que vive, el personaje literario deberá ir mostrándose al lector gracias al desarrollo del argumento o a las indicaciones del narrador, o a sus reacciones para con los demás personajes o ante los hechos que se vayan sucediendo.

El personaje literario debe ser como un iceberg

Poco a poco, en el desarrollo de la historia en la que vive, el personaje literario deberá ir mostrándose al lector gracias al desarrollo del argumento o a las indicaciones del narrador, o a sus reacciones para con los demás personajes o ante los hechos que se vayan sucediendo.Cualquier personaje literario, pero especialmente el protagonista de una novela, ha de suscitar interés en el lector por sí mismo, más allá del todo que ha de formar la obra en la que toma vida. Para ello, como decía en otro artículo, todo personaje literario debe tener un pasado, pero no solo de experiencias pasadas viven los personajes. Además, esas experiencias han de dejarles huella, han de marcar su personalidad, derivando en tintes de compleja simplicidad, o de sencilla profundidad, según se mire.

Mirado transversalmente, un personaje literario debería ser (los mejores lo son) como un iceberg. Del que apenas vemos una pequeña parte, pero no vemos, sino que solo sospechamos, la mayor parte de su complejidad.

Poco a poco, en el desarrollo de la historia en la que vive, el personaje literario deberá ir mostrándose al lector gracias al desarrollo del argumento o a las indicaciones del narrador, o a sus reacciones para con los demás personajes o ante los hechos que se vayan sucediendo.

Y tan profundo ha de ser ese iceberg, y tan bien trazado, que ni tan siquiera toda la novela sea capaz de mostrarlo en su totalidad. El personaje, si está bien trazado, ha de trascender la novela que le ha tocado vivir, y seguir vivo en la mente del lector. A ese logro contribuye de forma determinante la profundidad de que lo dotemos.

De esa profundidad que le damos al protagonista, surgirán las mejores y más “novelescas” frases y reacciones. ¿De qué otro modo podrían surgir, si no es de lo más profundo de un personaje bien preparado, bien vivido, bien experimentado.

En su equipaje de iceberg, el personaje ha de llevar también una gran dosis de misterio, no necesariamente misterioso, sino oculto, no desvelado, el misterio ya se lo pondrá el lector al enamorarse del personaje. Este asunto del misterio, de lo no desvelado sobre el personaje literario, es muy delicado, pues hay que caminar por un sendero muy estrecho entre el secretismo y el desnudo integral. En el término medio está el equilibrio de la magia.

El resto del equipaje bien pueden ser elementos que surjan en secuelas de la obra en cuestión, si es que el desarrollo del argumento lo permite y si es que la semilla del recuerdo del personaje en la mente del lector lo exige.

Deus Ex Machina

Deus ex machina, todavía

Cuando se está escribiendo una historia, por ejemplo una novela o un guión de cine o televisión, muchas veces se alcanzan situaciones embarazosas de forma no planificada. Son situaciones que hay que resolver de alguna manera, porque la alternativa es deshacer gran parte, por no decir todo, de lo tejido hasta el momento. En el teatro griego era frecuente recurrir a deidades que arreglaban esas situaciones difíciles, este recurso es conocido como Deus ex machina, es decir, «Dios saliendo de una máquina»; ¿quién se atrevería a cuestionar los actos de un dios? Sin embargo, actualmente, sin dioses ni máquinas, sigue siendo un recurso muy utilizado, demasiado utilizado por los autores que menos respetan a su público.

Deus Ex Machina
En el teatro griego era un recurso frecuente para resolver situaciones complicadas, puntos muertos de la historia. Dios saliendo de una máquina. Deus Ex Machina

Si como lectores, espectadores o público, prestamos un poco de atención, es casi seguro que detectaremos en no pocas historias (novelas, películas, series de TV…), más de un deus ex machina que viene, desde el mundo de lo absurdo, a darle curiosamente un toque de lógica al resto de la historia que nos están contando; desbaratando con ello todo esfuerzo precedente o consecuente de hacerla atractiva a la audiencia.

Deus ex machina es un calcetín zurcido en el talón que hace incómodo el caminar del público más liviano.

Aunque actualmente este recurso es utilizado, en contra de todo respeto por el público y en contra de todo gusto y de todo respeto por la literatura y el cine en sí; para mayor gloria de la taquilla, es esperanzador comprobar cómo resulta cada vez más difícil engañar al receptor.

¿Cuántas veces no nos sorprendemos ante un giro inesperado (e ilógico y hasta absurdo) en el desarrollo de la trama?

Levante la mano aquel que no haya dicho alguna vez “y esto, ¿a qué viene?

Alertan nuestra lógica, son el instrumento desafinado que arruina una sinfonía, veamos algunos ejemplos:

*El viejo personaje nuevo. Es un personaje no presentado anteriormente durante la historia que, sin venir muy a cuento, hace acto de presencia de forma abrupta y dice o hace algo, gracias a lo cuál, un conflicto aparentemente irresoluble queda limpiamente resuelto, explicado o disculpado. Suele ser este personaje un viejo conocido de otro u otros de los personajes y alguien que, al parecer, perdió todos los trenes anteriores para llegar a tiempo a la historia que nos están narrando.

*El dato escondido. Como mucho se suele presentar como justificadamente escondido y viene a explicar tal o cuál actitud del protagonista que resuelve el conflicto en el que se halla inmerso. No está en absoluto justificado haber escondido un dato tan importante. Es un error tan común como tan fácil de solucionar; sería suficiente con volver a un punto anterior y hacer, siquiera, una sutil mención a su existencia.

*La mochila sin fondo. El protagonista, de repente, tiene a su alcance tal o cuál herramienta o utensilio sin el cuál es imposible salir del atascadero, pero que nunca cargó en su mochila, o al menos lo hizo a espaldas del lector/espectador. Estamos viendo una película en la que el mundo está en peligro y sólo el protagonista lo puede salvar si dispusiera de dicha herramienta. Casualmente, el guionista, que pasaba por allí, se la echa en la mochila sin que ningún espectador de la sala se percate de ello.

*El personaje omnisciente. Esta fórmula es muy del gusto de los guionistas de cine y televisión actuales, que recurren a él de tal forma que cabría hacer una serie de TV cuyo protagonista fuera un escritor que no sabe tejer una historia sin uno de estos personajes. El personaje omnisciente tiene conocimiento absolutamente de todo lo que ha de conducirle al siguiente paso que exige el guión, pero además tiene conocimiento de ello con tal exactitud que llama la atención de cualquiera que esté un poco atento y debería llamarla de cualquiera que no lo estuviera. Lo detectamos tras una sencilla reflexión a la que sigue un comentario del tipo “Y éste, ¿cómo sabe esto o aquello?“.

El uso de este recurso vendría a ser, por tanto, una traición al lector/espectador, un menosprecio a su inteligencia. Deus ex machina es un calcetín zurcido en el talón, que hace incómodo el caminar del público más liviano.

Al descubrimiento de un Deux ex machina, sigue la lógica indignación del lector/espectador que muy posiblemente cierre el libro para siempre o cambie de canal hasta que termine el fraude. Esta indignación del receptor de la historia es un elemento tan lógico, que cuesta creer cómo el escritor o guionista que utiliza este recurso no se ha percatado de sus devastadores efectos y que tengamos que seguir hablando de Deus ex machina, todavía.

Deus ex machina, todavía

Víctor J. Sanz

Stephen-King

Siete consejos de Stephen King sobre escritura

Los consejos de los escritores de éxito son lecciones muy valiosas sobre la profesión, que todo escritor debe conocer. En esta ocasión, los consejos de Stephen King.

Consejos de Stephen King

1) Ve al grano.

No pierdas el tiempo de tus lectores con explicaciones sobre el trasfondo de la historia, largas introducciones o más largas anécdotas. Reduce el ruido. Reduce los balbuceos.Vete al grano antes de que el lector pierda la paciencia.

2) Escribe el borrador. Después déjalo descansar.

Escribe un borrador y a continuación déjalo reposar en un cajón durante unos meses antes de volver a leerlo. Después de esa lectura, todavía debes dejar reposar el manuscrito un par de días antes de empezar a corregirlo.

Este modo de trabajar  te permitirá alejarte de las ideas que tenías cuando empezaste a trabajar en la historia, lo que te dará una perspectiva más clara y objetiva del texto. Eso te facilitará corregir, añadir o cortar (incluso ser implacable) y dará como resultado un texto mejor.

Siete consejos de Stephen King
Stephen King

3) Reduce el texto.

Al revisar el texto es el momento de eliminar todas las palabras y frases superfluas. De este modo el mensaje ganará en claridad y seguramente en fuerza emotiva.

Eso sí, no elimines demasiado texto o puedes lograr el efecto contrario en su lugar. Lo ideal, como aprendí gracias a una carta de rechazo, es reducir el texto en torno a un 10%.

4) Que tu historia y personajes sean honestos y atraigan.

Por extraña que pueda ser la trama que presentes, no olvides que tus personajes tienen que ser creíbles, normales, reales.

Una de las claves para lograrlo es tener una voz y unos personajes honestos, con lado bueno y lado malo. Esto crea una fuerte conexión con el lector que puede identificarse con sus defectos, pasiones, miedos, debilidades y buenos momentos. Haz que tus personajes sean humanos.

Otra de las claves es mantener un estilo coloquial. Mantén la sencillez y usa un lenguaje que no sea innecesariamente complicado. Usa las palabras que primero te vengan a la mente.

5) No te preocupes demasiado por lo que puedan pensar los demás.

No debe importarte lo que digan tus conocidos, tu familia, tus lectores, los editores que rechazan tus obras o la crítica. Siéntate a tu escritorio cada día y escribe.

6) Lee mucho.

Cuando se lee siempre se cosecha algo. A veces puede ser un recordatorio de lo que sabes que deberías estar haciendo mientras escribes. A veces es una idea genial o simplemente la manera en que el escritor que lees construye la atmósfera de su historia. A veces es algo totalmente nuevo que te deja con la boca abierta. Y a veces se aprende lo que se debe evitar hacer. Casi siempre hay lecciones que podemos aprender.

Si quieres ser un mejor escritor tienes que leer mucho para obtener nuevas ideas, ampliar tus horizontes y profundizar en el conocimiento. Además, para evolucionar como escritor es necesario que mezcles influencias para ver qué pasa.

¿Cómo encontrar tiempo para leer más? Apaga la televisión. Aprovecha cada instante. Lleva siempre un libro encima.

7) Escribe mucho.

He dejado el consejo más importante para el final. Para llegar a ser un mejor escritor seguramente —aunque no suponga una sorpresa— necesitas escribir más. Muchos de los mejores en los diferentes campos —Bruce Springsteen, Michael Jordan o Tiger Woods— han ido más allá de los límites normales de la práctica. Y así han logrado resultados extraordinarios.

Pero  ¿qué hacer cuando no tengo ganas de escribir? Desde luego, aguardar la inspiración puede llegar a ser una larga espera.

Una buena manera de evitar esa falta de ganas es encontrar una solución eficaz para reducir la procrastinación. Es posible que tengas que probar varias antes de encontrar una que funcione contigo. Otra manera es, simplemente, ponerte a escribir. Cuando te acostumbres a hacerlo descubrirás que esa resistencia inicial se convierte en entusiasmo.

 

Siete consejos de Stephen King sobre escritura

Fuente: Sinjania.es