Formas de presentar los personajes de tu novela: Lo que dice

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Formas de presentar los personajes de tu novela: Lo que diceContinuamos la serie de artículos dedicados a las distintas formas que un escritor tiene de presentar a los personajes de su novela, con esta segunda entrega: lo que dice.

Esta es una de las formas aparentemente más fáciles de presentar a nuestros personajes. Es fácil solo en apariencia, y no porque sea difícil trazar un diálogo apropiado para el personaje en cuestión, sino precisamente porque es relativamente sencillo hacerlo y mostrar con ello detalles de nuestro personaje de los que no debemos desentendernos.

Prácticamente cada palabra que pongamos en boca de nuestro personaje llevará de alguna manera los genes de la personalidad que le imprimamos. Su forma de referirse a algo en concreto, su forma de dirigirse a los demás personajes o su forma de pedir o preguntar las cosas a los desconocidos pueden llevar consigo un buen número de detalles acerca de la personalidad del personaje.

Correrá de nuestra cuenta vigilar el tono y el vocabulario empleado por el personaje, para que contribuya a su descripción y no a distraer la atención del lector en asuntos menos importantes que el propio personaje y que el relato en sí.

Antes de lanzarnos a la redacción de nuestra novela haremos bien en estudiar a fondo el personaje -todos los personajes principales- que vamos a desarrollar, para asignarle un tono y un vocabulario específico e inequívocamente identificativo, que deberá certificarse a lo largo de toda la obra, excepción hecha, naturalmente, de aquellos casos en que los personajes experimenten cambios sustanciales que deban reflejarse en sus diálogos, así como en otros aspectos de su viaje por la novela.

Por lo que se refiere al verbo de nuestro personaje, a mayor cantidad de diálogo más luz arrojaremos sobre su trasfondo psicológico, por lo que es importante medir este factor para evitar deslumbrar al lector, pero también para evitar dejarle a oscuras.

Es importante señalar que, sea cual sea el desarrollo que tengamos previsto para nuestro personaje, así como la carga de diálogos de los cuáles le haremos protagonista, su primera intervención frente al lector marcará, y no poco, la idea que de él y su personalidad se vaya haciendo. Esto nos obligará a tratar con la máxima atención sus primeras intervenciones dialogadas para enfocarlas a la posición que resulte de mayor interés y conveniencia para el conjunto del relato.

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© Víctor J. Sanz

Escribir sobre lo que se sabe

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Escribir sobre lo que se sabeSe suele decir que un escritor tiene que escribir sobre lo que sabe. Se suele decir pero no se suele entender correctamente esta expresión. Incluso se han llegado a decir verdaderas barbaridades al respecto, como por ejemplo que, si eso es así, nunca se podrían escribir relatos de fantasía, de ciencia ficción o, en general de cualquier género que requiera grandes dosis de imaginación.

Esto viene a demostrar que la expresión escribir sobre lo que se sabe no ha sido comprendida en toda su sencillez. Porque estamos ante una idea bien sencilla. El sentido más probable de esta frase quizás sea el de que un escritor solo puede, solo tiene acceso, a escribir sobre lo que sabe. Un escritor se ve frenado a las primeras de cambio cuando se lanza a escribir sobre algo que no conoce; la falta de detalles le delata en seguida, le hace entrar en un terreno resbaladizo que le impide seguir adelante.

Incluso cuando se trabaja en géneros como los mencionados de fantasía o ciencia ficción, el escritor está escribiendo sobre lo que sabe, que no es otra cosa que las personas, de eso es de lo que sabe y de eso es de lo que escribe. Pues ¿de qué otra cosa se escribe, sino de personas, cuando se narra una historia protagonizada por personas o seres asimilables, esto es, con una personalidad concreta?

Los personajes de cualquiera de los géneros mencionados no son sino simples vehículos, representaciones, portadores de rasgos humanos; y las relaciones entre ellos no son sino una representación de las relaciones entre humanos, y más concretamente entre los humanos contemporáneos al autor.

Incluso cuando hablamos de relatos ambientados en una una época histórica muy anterior, incluso cuando los personajes pudieran no ser trasuntos fácilmente identificables de los contemporáneos del autor, en cualquier caso estos siempre serán interpretados y juzgados según los arquetipos de esos contemporáneos, que es de lo que el autor sabe y de lo que el autor escribe.

Toda narración constituye, o debería constituir, un testimonio que el autor deja de su interpretación del mundo y de sus contemporáneos mediante la representación de sucesivas escenas ambientadas en mundos conocidos o no, pero que conforman un conjunto de valores sobre los que el escritor sabe y sobre los que además tiene algo que decir.

Conviene hacerse esta pregunta: ¿De qué escribe Tolkien en El señor de los anillos si no es de la condición humana interpretada desde los valores de su tiempo y proyectados y representados en un mundo fantástico?, ¿de qué escribe Orwell en 1984 si no es de los valores humanos que amenazan a sus contemporáneos con el totalitarismo? Ambos autores escriben sobre lo que saben, lo que los distingue es cómo lo cuentan y cómo lo ambientan en mundos inexistentes, sí, pero que a fuerza de ser visitados y definidos por su imaginación, conocen a la perfección.

Cada vez que oigo decir que un escritor debe escribir sobre lo que sabe pienso, ¿de qué otra cosa, sino de lo que sabe, iba a escribir un escritor?

© Víctor J. Sanz

El narrador omnisciente: el guía del museo

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El narrador omniscienteEn la escritura de ficción, una de las cosas más difíciles de hacer que parezca fácil es crear una voz narradora nítida, única e intransferible. Cuando se trabaja con un narrador omnisciente, si el autor no le presta la debida atención es muy probable que su voz termine siendo muy similar a la de alguno de los protagonistas, llegando a utilizar incluso las mismas expresiones y giros idiomáticos.

Esto, evidentemente, no es lo que el lector espera. La del narrador omnisciente debe ser una voz en quien el lector pueda depositar su confianza. Debe ser, por tanto, una voz objetiva y libre de sentimientos que sirva al lector como medida de todos los hechos que tengan lugar en la narración. De este modo, solo de este modo, se le podrá transmitir al lector de forma efectiva toda la información que conforma el relato. En esta función, podríamos comparar la voz del narrador omnisciente con la voz del guía del museo que, con ese tono objetivo y nada sospechoso de albergar sentimientos, ni mucho menos de participar de un orgullo exagerado que le lleve a hablar de sí mismo bajo ninguna circunstancia, destaca para el lector los episodios más interesantes y jugosos de un relato, como el guía del museo lo haría de un cuadro.

Escritor, cada vez que sospeches que tu narrador omnisciente no te está quedando como debería, o simplemente por pasarle un control de calidad a su voz, piensa por un momento en ponerla en boca del guía de un museo, muy pronto comprobarás qué tipo de léxico no le es propio (vulgarismos, expresiones peculiares privativas de los personajes, construcciones que deriven en cacofonías…) y podrás eliminarlo antes de que le cause un daño irreparable a tu obra. Aquello que no te suene propio en la voz del guía de un museo tampoco habrá de serlo en la voz de tu narrador omnisciente. Así que, nunca hagas decir a tu narrador aquello que nunca creerías haber oído al guía del museo.

El narrador omnisciente: el guía del museo

© Víctor J.Sanz

Presentación del libro: “El escritor, anatomía de un oficio”

Os presento mi nuevo libro: “El escritor, anatomía de un oficio“.

En él se reúnen un total de 107 artículos, 50 de los cuáles han sido seleccionados de entre los publicados en este mismo blog y en La Esfera Cultural. Los 57 artículos restantes han sido redactados de forma exclusiva para la edición del libro y no serán publicados en este blog.

El libro está dirigido a todos aquellas personas que se interesan por la literatura desde su propia concepción; y especialmente a quienes la practican o la quieren practicar y se encuentran en alguna de sus fases con problemas que no saben resolver. 

En el libro se ofrecen consejos, se hablan de técnicas y sus consecuencias y efectos en el texto, se proponen ejercicios y se hacen unas cuantas reflexiones sobre el oficio.

El libro “El escritor, anatomía de un oficio”, ofrece consejos para el escritor que le ayudarán a mejorar los resultados de su trabajo.

Se hace un repaso pormenorizado de los fantasmas del escritor y de sus miedos y ansiedades, pero sobre todo, de cómo afrontar todo ello con alguna garantía de éxito.

Este trabajo está dividido en 7 unidades entre las que destacan la dedicada a la trama, la dedicada al personaje o la dedicada al fomento de la creatividad.

Además, un capítulo entero está dedicado a los trabajos de posproducción de una novela, para ayudar al escritor a estar un poco más cerca de un producto final de calidad, digno del lector más exigente.

Este libro no contiene fórmulas mágicas que convierten a la gente en escritor. Pero sí que puede despertar ese escritor que yace dormido en muchos de nosotros.

Está disponible en formato digital, en Amazon:

(https://www.amazon.es/dp/B00ILCPUDQ)

Espero que os resulte útil y ameno.

El escritor, anatomía de un oficio. El libro "El escritor, anatomía de un oficio", ofrece consejos para el escritor que le ayudarán a afrontar los problemas que pueden estar afectando a su trabajo.

Escribir para vender

Escribir para vender. Se equivocan quienes focalizan todos los esfuerzos de los escritores noveles en la idea de que hay que escribir lo que sea y como sea para vender.Soy consciente de que lo que sigue puede no gustar a muchos, pero creo que debo escribir al respecto de esa corriente actual, verdadero vendaval diría yo, de gente que, literalmente, escriben como sea y lo que sea para vender, con tal de vender, y lo hacen literalmente, no confundir, por favor, con “literariamente”, son términos distintos y muy distantes en este ejemplo.

Y no solo existe gente que escribe lo que sea (o les escriben lo que sea) con tal de vender. Ya hemos visto que el título más vendido es el firmado por esa gran literata conocida como Belén Esteban, que incluso ha conseguido que gente a la que nos importa un pimiento lo que haga, terminemos aunque no queramos, hablando de ella. No solo existe este tipo de gente que hacen lo que sea para vender, existe una verdadera legión de personas que piensan que en su interior se esconde un maestro de la literatura al que solo le falta un poco de pulimento y frotar y frotar hasta que salga el genio que llevan dentro. Y frotan y frotan, y no dejan de frotar. Y cuando están en ello, incluso cuando han tirado la toalla, aparece alguien, o se cruzan con alguien, o les asalta alguien en las redes sociales con la bandera de la venta, coreado con cánticos que prometen ventas, escribe lo que sea, que ya lo venderemos. Vende, vende, vende,  escribe y vende parecen decir. Venderás tu libro, prometen.

Vivimos una época en la que proliferan pretendidos genios de la escritura que han sido convencidos de que lo son por gentes que les han metido en la cabeza la idea de que todo lo que se escribe se puede vender, de que todo vale en la escritura si es para vender. 

Creo que fue el gran Jardiel Poncela quien dijo que “cada español tiene al menos una comedia escrita y guardada en el cajón de su mesilla”, pero ¿de verdad que hay tanta gente que cree que esa comedia (valga obra o novela en este contexto) es de primera?, ¿que es publicable?, incluso ¿que es vendible?

Desde luego, cada uno es libre de creer lo que quiera y de dejarse engañar como prefiera, pero aunque fuera cierto que se todo se puede vender, yo me pregunto, ¿para eso se escribe hoy en día?, ¿para vender?, ¿como sea?, ¿a costa de lo que sea? Por supuesto que está bien ingresar algún dinero por el trabajo de crear, no lo pongo en duda, pero si el objetivo primero (por no decir único) es vender el resultado del trabajo, éste estará supeditado a condiciones de partida que limitarán, y no poco, su posible calidad.

No falta quien dice y defiende sin rubor: “la cuestión es vender, aunque la obra no contenga nada de literatura”. Flaco favor hace esta gente al asunto de la escritura, al asunto de la literatura, al asunto, en fin, del arte.

¿Se vende el arte?, sí, sin duda. ¿Deja de ser arte porque se venda?, en absoluto. Pero mucho más allá de la estadística y de la lógica, parece más que evidente que no todas las comedias que “los españoles guardan en sus mesillas” son obras maestras, ni todo lo que se escribe es vendible, ni todo lo que se vende es interesante o útil (no hablemos ya de literatura).

En todo esto, lo peor es que no hay pudor ninguno en mezclar literatura que nació con el objetivo y la aspiración de convertirse (o mantenerse) en arte con escritura que nació con el objetivo de la venta.

La absoluta necesidad de contar historias

La absoluta necesidad de contar historias

La necesidad y, en algunos casos, la ansiedad por contar historias, no es algo de carácter solemne, ni con mucho. Esa necesidad es, por contra, algo mucho más mundano, es algo mucho más cotidiano que no requiere de ocasiones especiales ni de circunstancias protocolarias. Quien tiene la necesidad de contar historias la tiene como tiene hambre o sed, como éstas por su condición humana, aquella por su condición de escritor. Incluso me atrevería a decir que quien tiene esa necesidad la ejercita, la satisface hasta sin querer, sin darse cuenta.

Ahora bien, una cosa es la necesidad, su sentimiento y su satisfacción, y otra es su origen, su composición, su metamorfosis. Tal vez el origen primero sea una necesidad absoluta de negar la realidad, de sustituirla por otra realidad más plausible, más sazonada, más justa, más bella acaso.

¿Será tal vez la necesidad del mentiroso?

Dice el escritor José Luis Correa:

“Por definición los escritores somos mentirosos, creamos ficción alrededor de un crimen. Recurres a recuerdos de infancia o historias cercanas pero la gente no se las cree. Sin embargo, articulas una gran mentira y a todos les parece que tiene visos de realidad.”

Resulta curioso comprobar cómo la historia de ficción que intentas narrar puede llega a ser incluso más creíble que una historia real, cuando todas sus piezas, por falsas que sean, forman un todo cohesionado, una verdad creíble. Parafraseando una de las citas más famosas del cine, a un escritor le cabría decir: “He imaginado cosas que vosotros no creeríais”, y es esa capacidad de imaginación la que constituye la base, el cimiento sobre el que se practica y se satisface la edificante tarea de contar historias.

¿Será la de contar historias, tal vez la necesidad del soñador?, ¿es el soñador un contador nato de historias?, ¿es acaso el escritor un soñador nato?

La necesidad de contar historias puede ser una de las más altas expresiones de resistencia a la realidad, de resistencia a esa realidad que deja en nada a las personas, que las hace vulnerables…, mortales. De ser así, tal vez la necesidad de contar historias tal vez tenga que ver con la necesidad de alcanzar la inmortalidad, quien sabe. 

¿Será, después de todo, la mayor de las necesidades?

Se pregunta Gabriel García Márquez:

“¿Qué clase de misterio es ese que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, de frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?”

Si sientes de forma nítida, rotunda y absoluta esa necesidad de contar historias, si siempre la has sentido así, naciste escritor.

 

La absoluta necesidad de contar historias

Víctor J. Sanz

El escritor debe conocer el pasado de sus personajes literarios

Los personajes literarios tienen un pasado

Durante los trabajos previos a la materialización de una historia en el papel, como decíamos en Concepción y anatomía de un personaje literario, hay escritores que trazan una biografía completa de sus personajes antes de su primera aparición en escena. Esto no es una manía de escritor, sino que es, como mucho, una manía por hacer las cosas bien. Lo mejor que puede hacer un escritor es conocer a sus personajes, y una muy buena forma de hacerlo es conociendo todos los detalles de sus personajes literarios.

Un escritor debe conocer con detalle el pasado de sus personajes literarios
Un escritor debe conocer con detalle el pasado de sus personajes

Los personajes literarios tienen un pasado y el escritor tiene la obligación de conocerlo.

Cuando el escritor conoce a sus personajes a fondo, es improbable que les haga comportarse como estúpidos, o de forma incoherente o absurda, lo que dejaría una fea cicatriz en el conjunto de la historia en la que viven esos personajes y, por tanto, altísimas probabilidades de que la novela perdiera mucha sangre y muriese para siempre en manos del lector.

Cuando el escritor conoce a sus personajes a fondo, es harto improbable que les haga hablar con un lenguaje impropio de ellos, chirriante o completamente fuera de lugar. Más de uno se habrá visto en la situación de preguntar a sus personajes: “Pero, ¿qué te pasa?, ¿por qué hablas así?” esbozando una sonrisa triste mientras arruga otra hoja más de papel.

Es muy recomendable trazar con precisión cada detalle de sus vidas hasta, como quien dice, el momento justo de comenzar la acción. Ello nos proporcionará un repertorio de recursos que utilizar en prácticamente todas las situaciones en las que se nos ocurra colocar a nuestros personajes.

Además, si lo hacemos así, arrancaremos cada historia con una inercia en la actitud y el comportamiento de nuestros personajes que solo puede resultar beneficiosa para el desarrollo de la propia historia.

En caso de no trazar su pasado y desconocer por completo la vida de nuestros personajes, avanzaremos por un estrecho sendero a cuyos márgenes esperan, sedientos de sangre, los monstruos de todo escritor: el atasco, la incoherencia argumental o estructural y otros más oscuros, cuyo ataque suele desembocar en un desánimo crónico, la caída en picado de la autoestima y la sensación de haber perdido para siempre todos y cada uno de los minutos dedicados a la creación de esa historia. Si cualquiera de estos monstruos nos hinca el diente, el riesgo de abandono de la historia es inminente, y aparece entonces en el horizonte la palabra FRACASO. Pues, con todo, aún quedan escritores que no saben que una historia abortada no es un fracaso, sino los cimientos de aprendizaje de futuros éxitos.

Tiene, pues, el escritor, la obligación de dotar a sus personajes de un sinfín de pequeños detalles que le decoren y complementen, dándole una apariencia ante el lector, sino de real, al menos de creíble.

La simple elección del nombre del personaje tal y como hubiera ocurrido en caso de que el personaje fuera una persona real; o la presencia latente de esa terrible experiencia de su pasado que le da empaque y presencia ante los demás personajes y ante el propio lector, son solo dos ejemplos de los datos que un escritor debe conocer de sus personajes literarios.

Otro ejemplo, generar en el lector la sola sospecha de que el personaje guarda celosamente un terrible secreto de su pasado, le puede incitar a enamorarse del personaje o a odiarle, dos de los combustibles más efectivos de cualquier personaje; en este caso, la obligación del escritor sería la de conocer cada pelo y cada señal de cómo ocurrió aquella terrible experiencia, su contexto, la implicación de otros personajes (aparezcan o no en la propia historia) y, por supuesto, la huella psicológica que dejó en el personaje en forma de sentimientos, ya de venganza, ya de dolor, ya de aprensión, ya de superación.

Resumiendo, el resultado de un buen conocimiento de su pasado nos proporcionará unos personajes literarios singulares, que el lector podrá percibir como reales o al menos creíbles, si conseguimos que cada detalle que les caracteriza sea tan real… que pase desapercibido; y que, finalmente, le resultarán al lector adorables, odiosos o misteriosos.

Todo ello aportará a nuestra historia la consistencia mínima que garantizará que el lector estará deseando zambullirse en la mismísima historia para enfrentarse a nuestros personajes o para ponerse de su lado.

Los personajes literarios tienen un pasado

Víctor J. Sanz

Anatomía del personaje

Concepción y anatomía del personaje literario

Hay escritores que tienen por costumbre trazar una biografía completa de sus personajes antes incluso de comenzar a escribir la primera línea de su historia, y otros, sin embargo apenas reúnen algunas anotaciones desordenadas e inconexas sobre sus personajes. Ambas fórmulas definen la anatomía del personaje literario.

Un personaje es la expresión analítica, la expresión resumida de una persona. Es el poso, la síntesis, el rescoldo que una persona, posiblemente real, deja en el cuaderno de notas o en la memoria de un escritor. Éste tiene, a partir de ello, la inconmensurable y delicada tarea de acometer el diseño y de leer el nunca redactado manual de instrucciones de montaje del personaje.

Los responsables de la anatomía del personaje literario son el propio escritor y, muchas veces, el propio personaje

Anatomía del personaje literario
La lección de anatomía del Dr. Tulp
Rembrandt
Ámsterdam – 1632

En el diseño de la anatomía del personaje literario, la complejidad de ésta debe ser suficiente como para soportar, como para servir de contenedor de, todas las experiencias por las que, en la historia narrada, habrá de pasar. Dotar de ese contenido, de ese entramado de personalidad, al personaje, es la tarea.

Durante la construcción del personaje, no faltarán momentos en los que el escritor haya de sentirse necesariamente como una especie de doctor Frankenstein, con la mesa de operaciones repleta de piezas (sin vida) de distintas personas reales, con las que ir montando su personaje, con las que darle vida. Rasgos, voces, facciones, frases, costumbres, manías, cicatrices…

Al escritor británico Angus Wilson, los personajes se le revelaban cuando la gente le hablaba. Tomaba rasgos, gestos, dejes, voces, semblantes…, de distintas personas reales y las mezclaba y, afirmaba: “a partir de tales mezclas puedo crear personajes“.

En el caso de Aldous Huxley, sus personajes están basados, “inevitablemente, en personas conocidas”, aunque para él “los personajes novelescos son muy simplificados; son mucho menos complejos que las personas reales”.

En todos los casos, en la anatomía del personaje literario es requerido dedicar importantes esfuerzos al diseño, a la creación de su mundo interior, el mundo que dirá más cosas del personaje que todas las descripciones que el escritor pueda acumular durante la novela. Déle el escritor al personaje un pasado que recordar, que temer, que ocultar o al que enfrentarse, plantéele conflictos que forjen su personalidad y déle un tiempo para poner en orden su vida o para alcanzar sus objetivos y conseguir sus ambiciones. Acompáñelo de enemigos y aliados, sitúelo frente a obstáculos gigantescos, estréchele los caminos, inunde su piso y échele un salvavidas invisible, sométale a dilemas trascendentales, vívale!

El escritor, una vez que le haya insuflado un halo de vida a su personaje, y una vez dispuesto el resto de elementos en su escenario vital; deberá dejar al personaje deambular por su imaginación, que es su mundo, deberá dejarle que se enfrente a sus miedos, a los conflictos que se le avecinan, debe dejarle, en definitiva, que crezca, que se haga mayor. Y mientras tanto, tomar buena nota de sus reacciones, pues habrán de constituir el mejor material literario de que disponga el escritor en su tarea de transmitir fielmente al lector la esencia del personaje creado. Esto proceso ocurre en ocasiones tan literalmente así que, los responsables de la anatomía del personaje literario son el propio escritor y, muchas veces, el propio personaje, que llega incluso a sorprender a su propio creador, mostrando facetas necesarias para su propia existencia a las que el escritor no ha podido anticiparse durante su concepción.

En definitiva, después de que el personaje rompa a llorar nada más nacer, dejadle que escuche, que observe, que analice su mundo, que se sorprenda como un niño, que evoque su memoria. Dejad al personaje que se mire las manos y se reconozca. Dejad al personaje que sienta, que se sienta vivo… y vivirá…, y viviréis. Porque, escribir es estar siempre al borde de la vida.

Concepción y anatomía del personaje literario
Víctor J. Sanz

ingredientes para una novela

Ingredientes para una novela

Es prácticamente imposible determinar un fórmula mágica que tenga como resultado, no ya una novela de éxito, sino simplemente una novela potable. Como mucho cabe intentar determinar qué ingredientes no pueden faltar en la receta, son los ingredientes para una novela.

A diferencia de una receta de cocina, la receta de una novela no es reproducible siempre de la misma manera y con los mismos resultados, pues dependerá de cada cocinero que la desarrolle y del momento en que lo haga. Ahora bien, aunque solo sea a modo de aproximación, si podemos intentar esbozar los ingredientes que no pueden faltar en la receta.

Ingredientes para una novela

  • Uno o varios personajes peculiares.

Aunque la más maravillosa de las historias también puede acoger personajes “normales”, en una buena historia no pueden faltar uno o varios personajes peculiares, que aún no siéndolo de fondo sí al menos lo sean como resultado de enfrentarse con acontecimientos excepcionales en su vida o en su entorno.

ingredientes para una novela
ingredientes para una novela
  • Uno o varios conflictos que desarrollar

El conflicto es la base principal de una novela, es el pan de la pizza, es el arroz de la paella, es el alma de la historia. Sin conflicto no se genera interés en el lector, sin un gran dilema al que someter al protagonista es imposible avanzar. El conflicto es el ingrediente catalizador que después de haber obligado al protagonista a elegir un camino de entre dos o más, permanece inalterado en su esencia, mostrándose como un dilema para el propio lector. El éxito de la receta se podrá medir por el poso que el conflicto haya dejado en el lector, que a su vez conllevará al natural sentimiento de simpatía u odio del lector por el protagonista.

  •   Un telón de fondo apropiado

Toda historia ha de estar enmarcada en un escenario, ante un telón de fondo que la enmarque, y no solo espacial o geográficamente, sino incluso temporalmente. Ese escenario permitirá al escritor mostrar sus capacidades descriptivas, esas capacidades que trascienden la psicología del personaje y se adentran en otros lugares comunes con el lector, a los que se puede acceder, no solo mediante el conocimiento preciso de un lugar concreto, sino con la descripción mínima y suficiente de algunas pequeñeces, de objetos insignificantes tal vez, que den un toque de sabor a la receta, una especie de especias, de hierbas aromáticas, que le indiquen al lector ciertos matices en los que debe enmarcar mentalmente la historia.

  • Un emulsionante

El arte, la gracia con la que, el cocinero que es el escritor, ha de mezclar y dosificar los ingredientes y marcar los tempos, resultará fundamental de cara a ese resultado final. La receta no estaría completa pues, si un estilo atractivo, un estilo cuidado, coherente, pero al mismo tiempo rico en matices, que cuide del interés del lector cuando el ciclo de la acción baje por necesidades del guión. Un estilo atractivo mantiene el interés del lector, incluso si los demás ingredientes no han sabido utilizarse de forma óptima.

  • Un buen tempo

Fuera ya de la categoría de ingredientes, resulta fundamental el concepto del ritmo. Hay ciertos estudios literarios que aseguran irónicamente que una novela debe comenzar con un hecho de suma trascendencia y que a partir de ahí el ritmo ha de ir in crescendo, lo que resulta ciertamente inviable, por no decir, del todo imposible y hasta inconveniente, diría. Una buena historia precisa de momentos altos y momentos bajos. De momentos críticos que mantienen al lector en ese constante “solo un página más, a ver qué pasa” y momentos bajos en los que el lector sufrirá los efectos de los momentos críticos expuestos anteriormente, manifestándose en él los sentimientos de empatía o de rechazo para con los protagonistas de la historia que tiene entre manos, en función de qué camino hayan elegido en sus dilemas. No existirán pues, momentos pico, sin los momentos valle. Ambos son necesarios y complementarios, el arte está en saber secuenciarlos adecuadamente para atrapar el lector en el mundo de la historia narrada.

 

Ingredientes para una novela

Víctor J. Sanz

¿Para quién escribe un escritor?

¿Para quién escribe un escritor?

Dice mi amigo el escritor Álvaro Díaz que, en primer lugar, habría que definir qué es ser escritor, y se apoya en dos visiones bien diferentes, una la de la sociedad que considera que escritor es aquel cuyo nombre es el que aparece en los libros más vendidos, y otra, la del propio escritor, que considera que ser escritor, consiste sencillamente en eso, en escribir. Bien, pero ¿para quién escribe un escritor?

¿para quién escribe un escritor?

¿Para quién escribe un escritor?
¿Para quién escribe un escritor?

Por orden de cantidad, los destinatarios del trabajo de un escritor suelen ser: ellos mismos, un público muy concreto y definido y, por último, el gran público.

Quien escribe para sí, tendrá como mucho un lector, y no siempre tendrá ganas de leer lo escrito, y si, por contra, siempre tiene ganas y tiempo, entonces ese escritor-lector tiene un serio problema de personalidad, lo que puede llevar a pensar que se trata de un verdadero escritor, para agravar más aún la confusión.

Quien escribe para un público muy concreto y definido, puede que tenga asegurado cierto número de lectores, pero también los tendrá asegurados en unos contornos tan estrechos que podrían olerse los unos a otros.

Quien escribe para el gran público debe seguir ciertas normas en cuanto al estilo, la estructura, la extensión e incluso en cuanto al título, que difícilmente podrá seguir manteniendo la etiqueta de escritor, a no ser que sea lo que la Sociedad entiende por escritor, es decir, el nombre que aparece en los libros que más se venden. Lo que pone al verdadero escritor en el brete de tener que emular a reputados autores de la talla de Sergio Ramos (escritor del Real Madrid Club de Fútbol), o de cualquiera de estos “escritores“. Y pensar que no aproveché yo aquel gol que metí en un partido amistoso para colgarme la etiqueta de futbolista, o aquella otra vez que presenté una conferencia y no me llamé presentador. ¡Qué de ocasiones perdidas!

Hemos visto tres formas distintas de errar con la elección del público destinatario de un libro.

Pudiera ser que el asunto radique en estructurar el trabajo de la escritura en sus distintas fases. Una fórmula podría ser escribir a solas, leer en público y corregir delante de un profesor de lengua y literatura. El crítico no entra en esta fórmula, pues ya vendrá él mismo si quiere.

Escritor es quien escribe literatura. Escritor es aquel autor literario a quien se le conocen lectores. Incluso, estirando un poco el concepto, escritor es aquel que vende libros en cuyo interior ha depositado algo de literatura. Y esta es una reválida que debe aprobarse con cada libro, con cada proyecto que se afronta.

Dice el escritor Andy García que “Un escritor, nunca piensa que su nueva obra es una joya literaria, por mucho que se lo digan, y la alaben, sino, pensará que ésta, siempre pudiera haber sido mejorable. Ahí, es donde radica el oficio de un escritor.”

Borges dice: “escribo como un desahogo. No creo en el valor de lo que escribo pero sí en el placer de escribir”

Ahí queda la pregunta para una reflexión, ¿para quién escribe un escritor?

Víctor J. Sanz