Escribir es una herida abierta

Escribir es una herida abierta

Si no tienes tiempo para leer este texto, puedes escucharlo aquí:

Escribir es una herida abiertaReflexionar acerca de lo que es escribir es el cuento de nunca acabar. Se trata de una pregunta abierta. Y no es que siga sin respuesta, no. Es que tiene tantas respuestas como veces se ha formulado. Casi con toda seguridad, cada una de esas respuestas es tan verdadera como pueda serlo la propia pregunta o la necesidad de formularla. Así que, aquí va una reflexión más sobre lo que es escribir.

Estoy persuadido de que escribir es una herida abierta. Una herida por la que al escritor se le va la vida escribiendo, pero por la que aún se le va más vida si no escribe, pues eso le consume. El escritor es justamente eso, un morir sin escribir, un morir por escribir, un todo por y para las letras. Sí, escribir es una forma de vida, pero es más aún una forma de muerte. Y es una forma de muerte más penosa, si cabe, que laLeer más

Los finales en la ficción

Los finales en la ficción

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Los finales en la ficción. Los finales son, después de los principios, la parte más importante de un relato. Si es evidente que un relato debe tener un buen comienzo que enganche al lector y le incite a seguir leyendo, no es menos evidente que todo relato debe tener un final que enganche al lector, que le haga seguir pensando en la historia que acaba de leer y, sobre todo, que le incite a seguir leyendo más relatos del mismo autor.Los finales son, después de los principios, la parte más importante de un relato. Si es evidente que un relato debe tener un buen comienzo que enganche al lector y le incite a seguir leyendo, no es menos evidente que todo relato debe tener un final que enganche al lector, que le haga seguir pensando en la historia que acaba de leer y, sobre todo, que le incite a seguir leyendo más relatos del mismo autor.

Un buen final es aquel que, de alguna manera, por sutil que sea, está contenido, advertido o sugerido en el propio desarrollo del relato. Por lo que se podría decir que un buen final debe cerrar un círculo que empieza en algún punto del relato, incluso cuando se trate de un relato breve.

Los finales no pueden ser tan sorprendentes que puedan ser interpretados por el lector como un engaño. No pueden hacer sentir al lector como si acabara de llegar a una fiesta a la que no ha sido previamente invitado. Los finales inadvertidos tienen el mismo efecto sobre el lector que invitarle a una fiesta como si fuera de disfraces cuando es de etiqueta. Lo más probable es que el lector no vuelva a abrir la correspondencia del mismo remitente.

Entre las muchas cosas que un lector busca en un relato, nunca falta cierto grado de sorpresa. Es evidente la dificultad que entraña la misión de sorprender a alguien que quiere ser sorprendido y que, precisamente por eso, estará prevenido y alerta ante toda posible sorpresa. De ahí que los finales deben ser sinceros con el lector y darle lo que está esperando, el truco consiste en dárselo de una forma que no espera.

 © Víctor J. Sanz

Escribir sobre lo que se sabe

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Escribir sobre lo que se sabeSe suele decir que un escritor tiene que escribir sobre lo que sabe. Se suele decir pero no se suele entender correctamente esta expresión. Incluso se han llegado a decir verdaderas barbaridades al respecto, como por ejemplo que, si eso es así, nunca se podrían escribir relatos de fantasía, de ciencia ficción o, en general de cualquier género que requiera grandes dosis de imaginación.

Esto viene a demostrar que la expresión escribir sobre lo que se sabe no ha sido comprendida en toda su sencillez. Porque estamos ante una idea bien sencilla. El sentido más probable de esta frase quizás sea el de que un escritor solo puede, solo tiene acceso, a escribir sobre lo que sabe. Un escritor se ve frenado a las primeras de cambio cuando se lanza a escribir sobre algo que no conoce; la falta de detalles le delata en seguida, le hace entrar en un terreno resbaladizo que le impide seguir adelante.

Incluso cuando se trabaja en géneros como los mencionados de fantasía o ciencia ficción, el escritor está escribiendo sobre lo que sabe, que no es otra cosa que las personas, de eso es de lo que sabe y de eso es de lo que escribe. Pues ¿de qué otra cosa se escribe, sino de personas, cuando se narra una historia protagonizada por personas o seres asimilables, esto es, con una personalidad concreta?

Los personajes de cualquiera de los géneros mencionados no son sino simples vehículos, representaciones, portadores de rasgos humanos; y las relaciones entre ellos no son sino una representación de las relaciones entre humanos, y más concretamente entre los humanos contemporáneos al autor.

Incluso cuando hablamos de relatos ambientados en una una época histórica muy anterior, incluso cuando los personajes pudieran no ser trasuntos fácilmente identificables de los contemporáneos del autor, en cualquier caso estos siempre serán interpretados y juzgados según los arquetipos de esos contemporáneos, que es de lo que el autor sabe y de lo que el autor escribe.

Toda narración constituye, o debería constituir, un testimonio que el autor deja de su interpretación del mundo y de sus contemporáneos mediante la representación de sucesivas escenas ambientadas en mundos conocidos o no, pero que conforman un conjunto de valores sobre los que el escritor sabe y sobre los que además tiene algo que decir.

Conviene hacerse esta pregunta: ¿De qué escribe Tolkien en El señor de los anillos si no es de la condición humana interpretada desde los valores de su tiempo y proyectados y representados en un mundo fantástico?, ¿de qué escribe Orwell en 1984 si no es de los valores humanos que amenazan a sus contemporáneos con el totalitarismo? Ambos autores escriben sobre lo que saben, lo que los distingue es cómo lo cuentan y cómo lo ambientan en mundos inexistentes, sí, pero que a fuerza de ser visitados y definidos por su imaginación, conocen a la perfección.

Cada vez que oigo decir que un escritor debe escribir sobre lo que sabe pienso, ¿de qué otra cosa, sino de lo que sabe, iba a escribir un escritor?

© Víctor J. Sanz

Escribir a ciegas

Escribir a ciegas

Escribir a ciegasTengo por costumbre planificar las historias que escribo. Parto de una idea genérica, o de un personaje peculiar o de un contexto que exige a gritos contar su historia. Luego planifico el esqueleto de la historia, las distintas etapas que ha de cubrir. Por el camino lo voy habitando con personajes, con ubicaciones, con frases literales. Poco a poco la historia va tomando cuerpo. Llega el momento de dejarla reposar, llevar la cabeza a otra cosa, ocuparla con otros temas, cuanto más alejados de la historia mejor.

Al cabo de un tiempo suficiente —cada historia marca sus propias necesidades en este sentido—, retomo toda la información que dispuse. La releo, la apruebo o la repruebo y formo una nueva composición que, según las circunstancias y las dimensiones de la propia historia, quizás no requiera un segundo reposo. Cuando todo parece tener una coherencia, cuando todo lo que veo aparenta cierto mérito de ser contado, entonces y solo entonces, comienzo el trabajo de redacción de la historia.

Escribir a ciegas tiene sabor a escribir algo no destinado a ser leído, o al menos con ese espíritu se puede afrontar.

Estas guías de trabajo sirven a propósitos de producción muy concretos, pero no sirven para la producción de cualquier tipo de historia. Cuando la historia nace en el escritor, no siempre lo hace con los elementos suficientes como para planificarla siquiera someramente. Puede nacer en forma de frase que resulta subyugante, tremendamente atractiva, o mediante la contemplación de una imagen turbadora, inquietante. En ese momento, nace en la mente del escritor la necesidad de contar —casi de descubrir— la historia que subyace tras esa literal o tras esa imagen. Para quien está acostumbrado a un método de trabajo —perfectamente compatible con la inspiración—, escribir a ciegas es una experiencia tremendamente excitante. Creo que esa excitación se apoya sobre dos firmes pilares: de un lado la emoción del propio descubrimiento de la esencia de la historia, y de otro, —tal vez lo más excitante— de la ausencia de guías que, inevitablemente, se convierte en ese qué haríamos si nadie nos viera.

Escribir a ciegas tiene sabor a escribir algo no destinado a ser leído, o al menos con ese espíritu se puede afrontar, ya que si nadie vigila, si ninguna guía le dice al escritor por dónde ha de ir, será él mismo quien marque el camino a medida que lo vaya recorriendo, y tal vez lo haga por parajes alejados de todo lo que hasta ese momento pudiera haber previsto.

La literatura permite mayor cantidad y variedad de situaciones en las que utilizar los cliffhangers para suscitar el interés del lector.

Los cliffhangers, generando interés en el lector

La literatura permite mayor cantidad y variedad de situaciones en las que utilizar los cliffhangers para suscitar el interés del lector.Cliffhanger es un término de origen inglés cuya traducción literal vendría a ser “colgado de un acantilado”. Es un término utilizado en literatura para definir la técnica empleada por el autor para mantener al lector en vilo entre un capítulo y el siguiente o entre un volumen de una saga y el que le sigue.

Para dar lugar a un cliffhanger el autor recurre a la omisión o retardo de un dato importante para el desarrollo de la historia, como el nombre de un personaje —actor de un hecho ya explicado al lector o al espectador—; o el de una ubicación —por ejemplo el destino de un viaje que comienza al final de un capítulo y sigue o concluye en el capítulo siguiente. Pero también puede conseguirse este efecto simplemente narrando o mostrando una escena o una imagen para la que la mente del lector exige una explicación que la finalice.

“La literatura permite mayor cantidad y variedad de situaciones en las que utilizar los cliffhangers para suscitar el interés del lector”.

Uno de los cliffhangers —aunque  todavía no se le llamaba así— más antiguos y explícitos que pueden encontrarse en la literatura está en El Quijote. Tiene lugar entre los capítulos VIII y IX. De hecho el capítulo IX se titula “Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron” y comienza así: “Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes, tales que, si en lleno se acertaban, por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada; y que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba.”

El origen del término que conceptúa esta técnica para generar interés en el lector, se cree que se debe a la novela A pair of blue eyes [Un par de ojos azules], de Thomas Hardy, y publicada por entregas en la revista Tinsley’s Magazine entre 1872 y 1873. En uno de los capítulos, Hardy decidió dejar a uno de sus protagonistas literalmente colgado de un acantilado.

El uso de esta técnica se generalizó desde entonces en los relatos que llegaban hasta los lectores por entregas. Pero también en los productos televisivos que solían remarcar el uso de los cliffhangers con un “To be continued…” o el castellano “Continuará…”. Actualmente, el lector y el espectador están muy familiarizados con los cliffhangers, ya que se dan casi a diario en las series de televisión constituyendo uno de sus mayores, sino atractivos, sí al menos, puntos de interés para los espectadores.

En comparación con la literatura televisiva, el uso de los cliffhangers en literatura —aunque carece de la fuerza y de la carga informativa de las imágenes— se presta a mayor cantidad de situaciones, pero sobre todo a mayor variedad de expresiones. Sin ir más lejos, una sugerencia inteligente puede desencadenar en el lector un sinfín de reacciones que hagan más rica, entretenida y adictiva la lectura.

El uso de los signos de puntuación viene determinado por el sentido de las frases y es necesario usar los que en cada caso convengan y precisamente donde convengan.

La importancia de los signos de puntuación

El uso de los signos de puntuación viene determinado por el sentido de las frases y es necesario usar los que en cada caso convengan y precisamente donde convengan.Cuéntase de un señor que, por ignorancia o malicia, dejó al morir el siguiente escrito, falto de todo signo de puntuación:

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta al sastre nunca de ningún modo para los jesuitas todo lo dicho es mi deseo

Se dio lectura del documento a las personas aludidas en él, y cada cual se atribuía la preferencia. Mas a fin de resolver estas dudas, acordaron que cada una presentara el escrito corriente con los signos de puntuación cuya falta motivaba la discordia.

Y, en efecto, el sobrino Juan lo presentó de esta forma:

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan, no a mi hermano Luis. Tampoco, jamás, se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.

Como puede verse, el favorecido resultaba ser Juan.

Pero no conformándose el hermano Luis, este lo arregló así:

¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No: a mi hermano Luis. Tampoco, jamás, se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.

El sastre, a su vez, justificó su reclamación como sigue:

¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. Se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.

De este modo, el sastre intentó cobrar su cuenta; pero se interpusieron los jesuitas, reclamando toda la herencia, y sosteniendo que la verdadera interpretación del escrito era esta:

¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. ¿Se pagará la cuenta al sastre? Nunca, de ningún modo. Para los jesuitas todo. Lo dicho es mi deseo.

Esta lectura motivó gran escándalo entre los concurrentes y, para poner orden, acudió la autoridad. Esta consiguió restablecer la calma, y después de examinar el escrito, objeto de la cuestión, exclamó en tono severo:

-Señores: aquí se trata de cometer un fraude. El finado no ha testado y, por tanto, la herencia pertenece al Estado, según las leyes en vigor. Así lo prueba esta verdadera interpretación:

¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco. Jamás se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.

“En su virtud, y no resultando herederos para esta herencia, yo, el Juez …, etc., etc., me incauto de ella en nombre del Estado. Queda terminado este asunto”.

Conclusión: El uso de los signos de puntuación viene determinado por el sentido de las frases y es necesario usar los que en cada caso convengan y precisamente donde convengan.

 

Nota importante: Desconozco el autor de este texto, simplemente me limito a reproducirlo por el interés de su contenido. 

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.

Coger el tono

La redacción de un cuento, hasta la de los más cortos, puede llevar, y normalmente lleva, varias jornadas de trabajo. Qué no decir de las jornadas de trabajo que lleva la redacción de una novela, hasta la de las más cortas. Hay casos en los que se habla de años.

Pero, ¿qué pasa con el tono de la obra, el tono que se está utilizando, el tono del narrador, el tono de los diálogos, el tono general de la ambientación y la argumentación?

Cuando la obra está muy fresca en la mente del autor, muchos de sus elementos también lo están. Igual de frescos a su disposición. Pero no faltan ocasiones en que esto no se cumple. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas. No huelen igual, no saben igual, no suenan igual. El escritor vuelve atrás, un par de páginas, acaso hasta el principio del capítulo, para encontrar o, mejor dicho, para reencontrar el tono.

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.Es cierto que no siempre es posible este reencuentro, especialmente cuando hablamos de obras cuyo tema o protagonista exigen un tono determinado, de cierta profundidad para el que escritor no siempre está preparado, o para el que no siempre es posible reunir las condiciones óptimas. Si hablamos de una historia en la que se suceden con relativa rapidez un sinfín de acontecimientos, será más difícil reencontrarse con el tono cuando el escritor tenga el ánimo más apagado. O si hablamos de una historia en la que se profundiza sobre temas trascendentes, el reencuentro con el tono no será tan sencillo si disponemos de poco tiempo o si el ambiente no es el adecuado.

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.

Por otra parte, también se dan casos en los que es preciso tomar un poco de distancia para reconocer ese tono, como se aleja uno del bosque para calcular sus contornos. Esa distancia no tiene por qué ser física, ni tan siquiera lejos de las letras, pero sí, obligatoriamente de las letras que nos ocupan. Tal vez leer a otro autor, tal vez leer la prensa, o sencillamente salir a dar un paseo, nos puede proporcionar esa distancia clarificadora.

Este asunto del tono es muy importante porque si no se somete a un estrecho control puede derivar en una obra con altibajos poco atractivos para el lector. Por ejemplo, capítulos basados exclusivamente en diálogos entre capítulos basados exclusivamente en indicaciones del narrador; o pasajes con un aire ligero o hasta cómico entre pasajes profundos o hasta filosóficos. Podría incluso ocurrir que el personaje-narrador se tome la licencia de cambiar su opinión sobre algún personaje en concreto sin que éste último haya hecho nada para merecerlo.

El tono debe ser uniforme, pero tanto que no sea “uniformidad” lo que mejor lo defina, sino sencillez y naturalidad, casi invisibilidad.

Escribir es una forma de viajar

Escribir es una forma de viajar que puede, y debe, transportar al escritor al más lejano e inexplorado de los mundos interiores. El viaje es, para el escritor, una forma de vida, una forma de vivirla, una forma de verla venir, una forma, en definitiva, de ejercer su profesión.

Escribir es una forma de viajar

El escritor tiene una íntima y muy especial relación con los viajes: precisa de ellos (como del agua o del aire), los realiza (aún sin moverse del sitio), los describe (aún sin haberlos realizado), los fabrica para otros (incluidos personajes y lectores). El escritor es, a un tiempo, hijo y padre de los viajes, y por si fuera poco, es el propio viajero, el conductor del autobús, el revisor y el maquinista del tren, el piloto y la azafata del avión, el capitán y el sobrecargo del barco y hasta el polizón.

Aunque no es del todo imprescindible para llevar a cabo la tarea de la escritura, en ocasiones, el escritor ha de viajar físicamente lejos, cuanto más lejos mejor, mayor contraste podrá esperarle. Eso le permitirá tomar distancia con su mundo cotidiano, con su verdadera dimensión e identidad y ello le llevará con facilidad a conocer mejor su mundo más próximo y cotidiano, en el que ha de nadar y hasta bucear para desenmarañar sus historias y llevarlas hasta los demás.

Escribir es una forma de viajar que puede, y debe, transportar al escritor al más lejano e inexplorado de los mundos interiores.

La lejanía del viaje de un escritor no siempre le viene dada por una distancia física, sino que puede venirle dada por una distancia mental, pues todos los viajes son, en alguna medida, mentales. Si, por corto que sea, por cercano que se encuentre el destino, un viaje supone una ruptura mental con lo cotidiano, con un ritmo machacón y cansino de la realidad, con una exasperante regularidad, con una monotonía y monocromía mortales; para el escritor, el viaje será más que suficiente, porque puede llegar a compararse con un nuevo útero y una nueva luz al final.

Dice el escritor italiano Claudio Magris que “Escribir es una forma de viajar, y al contrario. En el viaje y en la escritura, el sujeto se separa de alguna cosa para descubrir otra, se aleja de una certitud para aproximarse a una meta todavía desconocida.”

Tener esa primera idea de la que surgirá una nueva historia equivale, en la mayoría de los casos a comprar un billete de ida a un mundo desconocido, y es desconocido porque es un mundo que habremos de pintar a medida que avanzamos hacia él, y ese es el propósito principal del viaje de escribir: descubrir esos mundos que están ahí y darles una forma y un cuerpo en el que habitar, un libro en el que vivir para ser conocidos por los lectores.

Escribir es una forma de viajar

Víctor J. Sanz

Escribir ciencia ficción

Escribir ciencia ficción, por Isaac Asimov
A menudo recibo una carta de algún joven afanoso, aspirante a escritor, que me pide algunas “sugerencias” sobre el arte de escribir ciencia ficción.

Escribir ciencia ficciónTengo la sensación de que estos jóvenes piensan que debe existir alguna fórmula mágica que los profesionales mantienen celosamente en secreto, pero que yo, como soy un tipo tan bueno, voy a revelar.

Lo siento, pero no hay tal cosa, no hay fórmula mágica, ni trucos secretos, ni atajos escondidos.

Lamento tener que decirle que es cosa de mucho trabajo durante largo tiempo. Si usted conoce algunas excepciones a esta regla, se trata precisamente de eso: de excepciones.

De todas maneras, hay algunos principios generales que, según mi modo de ver, podrían ser útiles. Son éstos:

Usted tiene que prepararse para una carrera de escritor exitoso de ciencia ficción de la misma manera que lo haría para cualquier otra profesión altamente especializada. Primeramente, tiene que aprender a usar sus herramientas, tal como un cirujano debe hacerlo con las suyas. La herramienta básica para cualquier escritor es su lengua, lo que significa que usted debe desarrollar un buen vocabulario y refrescar sus conocimientos de cosas tan prosaicas como la ortografía y la gramática.

El vocabulario está por encima de toda discusión, pero puede ser que usted piense que la ortografía y la gramática son cosas superfluas. Después de todo, si usted escribe una historia brillante y espléndida, seguramente el jefe de redacción estará encantado de corregir su ortografía y su gramática. ¡No es así! Él no lo hará.

Además, se lo dice un veterano, si su ortografía y su gramática son desastrosas, usted no puede escribir una historia brillante y espléndida. Quien no sabe usar la sierra y el martillo no fabrica muebles magníficos.

“A menudo recibo una carta de algún aspirante a escritor, que me pide algunas “sugerencias” sobre el arte de escribir ciencia ficción.”

Aun si usted fue aplicado en el colegio, desarrolló su vocabulario, sabe deletrear “sacrilegio” y “sobreseer” y nunca dice “entre usted y mí” o ” nunca no hice nada”, eso no basta. Están también la estructura sutil de la oración y la construcción estilística del párrafo. Está el entrelazamiento inteligente de la trama, el manejo de los diálogos y miles de otros enredos.

¿Cómo hace usted para aprender todo eso? ¿Lee libros sobre cómo escribir o asiste a clases sobre el tema o a conferencias? Todas estas cosas tienen valor inspirativo, seguro, pero no van a enseñarle lo que usted quiere saber realmente.

Lo que sí ha de enseñárselo es la lectura detenida de los maestros de la prosa. Esto no significa que usted se obligue durante años a quedarse dormido sobre los clásicos aburridos. Los buenos escritores son invariablemente fascinantes; ambas cosas van juntas. A mi juicio, los escritores de lengua inglesa que hacen el mejor uso de la palabra justa en el momento preciso y que arman sus oraciones y párrafos con la mayor habilidad y estilo son: Charles Dickens, Mark Twain, y P.G. Wodehouse. Léalos; también a otros, pero con atención. Representan su aula.

Observe lo que hacen y trate de explicarse por qué lo hacen. No sirve de nada que se lo explique otra persona. Hasta que usted mismo no lo vea, no hay nada que pueda ayudarlo.

Pero supongamos que a pesar de sus esfuerzos usted no termina de aprender. Bueno, puede ser que usted no sea escritor. No es una desgracia. Siempre le queda la posibilidad de dedicarse a alguna profesión ligeramente inferior, como la cirugía o la presidencia de Estados Unidos. No será lo mismo, por supuesto, pero no todos podemos ascender a las alturas.

En segundo lugar, para llegar a ser un escritor de ciencia ficción no basta con conocer la lengua, también hay que saber de ciencia. Puede que usted no quiera hacer mucho uso de la ciencia en sus historias, pero de todas maneras tendrá que conocerla, para que lo que utilice esté bien utilizado.

Esto no significa que usted tenga que ser un científico profesional o un egresado de una carrera científica. No necesita ir a la universidad. Pero sí significa que tiene que estar dispuesto a estudiar ciencia por su cuenta, si su educación formal fue débil en ese aspecto.

No es algo imposible. Uno de los mejores escritores de ciencia ficción “dura” es Fred Pohl, que ni siquiera terminó la secundaria. Por supuesto que hay muy poca gente que es tan brillante como Fred, pero usted puede escribir mucho peor que él y ser todavía bastante bueno.

Afortunadamente, ahora se publica mucha más ciencia de divulgación de buena calidad que en las generaciones anteriores, y usted puede aprender mucho, con bastante poco esfuerzo, si lee los ensayos de algunos autores de ciencia ficción como L. Sprague de Camp, Ben Bova y Poul Anderson, o incluso Isaac Asimov.

Más aun, los científicos profesionales están escribiendo ahora también eficazmente para el público, como lo testimonian los magníficos libros de Carl Sagan. Y siempre está la revista Scientific American.

En tercer lugar, aun si usted sabe ya bastante de ciencia y también aprendió a escribir, todavía no es seguro que pueda sacar algo coherente de ambas cosas a partir de sus borradores. Deberá convertirse en un lector diligente de la ciencia ficción misma para aprender las convenciones y los trucos del oficio, como, por ejemplo, entretejer el medio ambiente con la trama.

Cuando un escritor se acerca a una historia narrada o proyectada, no puede evitar pensar de vez en cuando "yo lo hubiera hecho así"

Yo lo hubiera hecho así

De la misma manera que un cocinero no puede dejar de pensar cómo habrán hecho la receta que está probando en otro restaurante, de la misma forma en que un entrenador de fútbol ve y analiza un partido de otro equipo, de la misma manera que un arquitecto contempla la planta de un edificio diseñado por otro arquitecto, de esa misma manera es que un escritor se acerca a una historia narrada por otro, ya novela, ya película. En estos casos, no es infrecuente el pensamiento yo lo hubiera hecho así.

Cuando un escritor se acerca a una historia narrada o proyectada, no puede evitar pensar de vez en cuando "yo lo hubiera hecho así"
Cuando un escritor se acerca a una historia narrada o proyectada, no puede evitar pensar de vez en cuando “yo lo hubiera hecho así”

En su libro “La bendita manía de contar”, Gabriel García Márquez dice: “Los novelistas no leemos novelas sino para saber cómo están escritas. Uno las voltea, las desatornilla, pone las piezas en orden, aísla un párrafo, lo estudia, y llega un momento en que puede decir: «Ah, sí, lo que hizo éste fue colocar al personaje aquí y trasladar esa situación para allá, porque necesitaba que más allá…» En otras palabras, uno abre bien los ojos, no se deja hipnotizar, trata de descubrir los trucos del mago

Uno no puede sustraerse a ese sentir, que ya llega a pasión, no de corregir, pero sí de recorrer el mismo camino que recorrió el autor, pero con ojos propios, enfrentarse uno mismo, por sus propios medios a las mismas dificultades hijas de esa misma idea madre, semilla de la historia narrada. El resultado, muchas veces es inevitable, yo lo hubiera hecho así.

Cuando un escritor se acerca a las historias narradas por otros, no es extraño que le surja el pensamiento “yo lo hubiera hecho así”

Ya digo, no con ánimo de corregir, salvo aquellas cosas imperdonables que hacen fea a una historia, como por ejemplo esa irritante falta de explicaciones de elementos sensibles a la historia y, sin los cuáles es imposible entenderla en su totalidad; o esas fallas de consistencia que llevan a un protagonista a no rebelarse contra una situación personal, a todas luces incoherente o injusta o, al menos, aparentemente remediable para la mayoría de las personas.

Acercarse a una historia ajena, lleva al escritor a coincidir y divergir a partes iguales con el autor, pero eso sí, matizando al máximo las coincidencias para evitar la desagradable e imperdonable sensación de plagio y, obviamente por el mismo motivo, maximizando también las divergencias, aunque si la historia es buena y está bien trazada, las divergencias difícilmente superarán el umbral de insignificante matiz.