Enrique Cido, capítulo 10: Aquello de Madrid

Aquello de Madrid >>

No supe entender a mis compañeros de Madrid. Los últimos días que pasé allí, la mayoría de ellos los pasaron despidiéndose de mí como si me fuera a una guerra en la que casi con toda seguridad perdería la vida o me apresarían a las primeras de cambio. Tenía la sensación de que querían recordarme como me conocieron, algo así como si estuviera empezando a pudrirme ante sus propios ojos. Solo por ir al pueblo una temporada, pensaba yo. Aquel es un mundo difícil… Aquello no es para ti… Si alguna vez necesitas algo, me decía más de uno, como si me fueran a encerrar en una cárcel turca o algo peor. Tenía la impresión de que si hubiera tenido familia se habrían querido hacer cargo de ella, que no les faltara de nada, me imaginaba yo. También había compañeros, es cierto, que parecían decir todo lo contrario, mostrando envidia incluso. No lo decían, pero me miraban con un “después de la que has liado, qué suerte tienes, cabrón, ahora de vacaciones” que casi se podía tocar.
No lié una más gorda que la que habría liado cualquiera en mi lugar. Sin ojos mirando, nadie es un ladrón. Hasta que alguien abre la boca. Alguien que cree que merece algo más. Y cuando lo hace, ya no hay remedio, te llueven las etiquetas como granizos del quince arruinando una cosecha de frutales, que no hay donde ponerse a salvo. Casi, casi ni en Faisans. Suerte que tuve que algunos de mis compañeros no habían oído hablar del pueblo. Claro, cómo lo habrían de conocer, si apenas yo mismo me acuerdo de mis veranos aquí. Eso que gano, porque no me extrañaría nada que más de uno viniese a pisar la losa de la tumba de mi destierro para asegurarse de que está firmemente sujeta al suelo.
En las últimas jornadas he tenido que bajar un poco el pistón, la gente de aquí no acepta sobornos al mismo ritmo que yo soy capaz de ofrecerlos. Me miran por encima del hombro, como si estuvieran buscando la nave espacial que me ha traído hasta su planeta. Ellos no aceptan fácilmente mi dinero a cambio de sus tierras. Son sus tierras, sus árboles, sus cosechas, su herencia y, en algunos casos, la tierra bajo la que descansan sus antepasados, aunque nadie lo dice en un sentido literal, espero. No me imagino la cara de los morlacos de Michelingrado removiendo tierras para construir y teniendo que apartar ataúdes, con lo supersticiosa que es esa gente.
Así que hoy he terminado pronto y mientras volvía a casa de la señora Jacinta aún he sentido el tic de mis últimos días en Madrid de volver la vista atrás, no sé muy bien si esperando ver a alguien de algún juzgado en mi busca o qué, aunque me aseguraron en el Partido que eso no llegaría a ocurrir, que mucho antes de que “hubiera caso” dejaría de haber juez con ganas de abrir una causa contra mí, que con lo que yo había sido para el Partido que qué menos. Sí, mucho agradecimiento, pero llenar cuentas en Suiza te lo pagan con un destierro como este. No es que no esté a gusto en Faisans, es que no sé muy bien qué pinta un león en el campo, el lugar de un león es la selva de la ciudad, donde hay carne fresca con dinero fácil en los bolsillos.

Aquello de Madrid
Mientras volvía a paso lento, un paso propio de Faisans aunque no de mí, habré vuelto la vista dos o tres veces, el sonido de un motor impropio de un tractor o de una furgoneta parecía seguir mis pasos. Desde la ventana de mi habitación vigilo. Apago la luz y descorro un poco el visillo con bordados muy de moda hace un siglo. Pues no me equivocaba, un coche negro del que no he podido averiguar marca ni modelo se ha detenido a un par de puertas de la casa. Habrá permanecido allí un par de minutos. Luego alguien se ha acercado, aunque cayendo la tarde no he podido ver muchos detalles. Han bajado la ventanilla del acompañante y una mano ha recogido algo que le entregaba quien se acercó al coche, luego les ha despedido asintiendo, como si le hicieran algún encargo y el coche ha seguido la calle hasta perderse más allá de la plaza del pueblo. Quien les ha hecho la entrega se ha acercado hasta debajo de mi ventana y luego ha desaparecido. He pasado un rato pensando y con un gesto de extrañeza de esos que te sacan agujetas.
La potente voz de Jacinta me ha sacado de mis pensamientos tirándome de las orejas.
—¿Se puede saber dónde estabas, Mateo?, te estaba esperando, haz el favor de ayudarme con esto, que pesa como un demonio.
¡Joder!, me quedo pensando si no sería Mateo el que se ha acercado al coche negro. ¡Qué extraño todo esto!
Después me he tumbado en la cama a descansar un poco antes de cenar, pasado el choque de los primeros días ya llamo cama a este infierno de lanas caóticas.
Ese coche me ha dejado pensando en Madrid. Tampoco había visto un coche así en Madrid, me parecía más bien escapado del rodaje de alguna película española de la posguerra, pero me ha dejado pensando en Madrid, quizás porque allí no me hubiera llamado la atención. Pero, ¿quién usa hoy en día un coche negro como ese?
Creo que mañana intentaré hablar con el Secretario de Organización del Partido. No termino de adaptarme a esto, me siento raro aquí y para rematar la cosa, el dichoso coche negro me ha puesto hasta mal cuerpo, solo pensar que podría venir de los juzgados me ha acelerado las pulsaciones. Apuntaré en mi diario algunas de las cosas que le diré al Secretario, apenas queda un año y medio para las elecciones generales y al Partido nunca le han venido mal mis servicios en las campañas electorales, soy de lo mejorcito en ese campo.
He ido a coger el diario pero… no está, ¡no está!, ¡¡¡NO ESTÁ!!!
Mateo. El coche negro. Les entrega algo. Mateo. El diario. Mateo. El coche negro.¡El diario!
Repaso mentalmente lo que había escrito hasta ahora en el diario. No recuerdo nada demasiado importante, nada que pueda sorprender a quien me conoce. Un momento…, ¿no me habré dejado llevar en ningún momento por el subconsciente y habré anotado algo comprometido, algún nombre, algún lugar, algún encuentro, alguna fecha?
Pam, pam, pam.
—¡A cenar! —Solo Jacinta puede hacer que la puerta se mueva aun estando cerrada.
Bajo al comedor y busco desesperadamente a Mateo con la mirada. Cuando lo encuentro no disimula, me sostiene la mirada. Entonces yo sí lo evito a él. Pero decido atacar de frente, no puedo esperar.
—A mí no me gustan los coches negros, ¿a ti te gustan los coches negros, Mateo?
—Pero ¿qué dices? —Dice Jacinta mirándome con preocupación.
Mateo calla, me mira y parece sonreír levemente, con una levedad inversamente proporcional a la inquietud que me provoca.
—Te vas a abrasar los morros… —me advierte Jacinta sobre el puré de guisantes— Que lo acabo de retirar del fuego.
Mis labios palpitan con fuerza pero menos que mis ojos, que temerosos buscan en Mateo más gestos que analizar que confirmen mis sospechas.

Enrique Cido, capítulo 9: Noticias de Michelingrado >> Hace un par de días volví a saber de Michelingrado, uno de sus gorilas vino a verme. Traía una invitación para una reunión de trabajo con Alexei. Sería en su casa, naturalmente, pues todo

Enrique Cido, capítulo 9: Noticias de Michelingrado

Enrique Cido, capítulo 9: Noticias de Michelingrado >>

Hace un par de días volví a tener noticias de Michelingrado, uno de sus gorilas vino a verme. Traía una invitación para una reunión de trabajo con Alexei. Sería en su casa, naturalmente, pues todo lo que allí se podía llamar negocio fuera no recibiría el mismo nombre.

Hoy ha tenido lugar esa reunión. Cuando he llegado a su casa ha apartado el felpudo rojo por si se me ocurría volver a escupir sobre él. Solo él podía escupir sobre el símbolo de la Unión Soviética. Me lo había dejado muy claro. Su argumento era indiscutible: ninguna otra familia en su país había sido tan perjudicada, por un sistema que pretendía la utópica igualdad social, como la suya, que durante siglos habían estado explotando y esclavizando a sus compatriotas. Todos en el mismo carro de la patria, unos arriba viviendo y otros abajo tirando.

He ido sin Timoteo que, al parecer, ya se fía de mí lo suficiente como para enviarme solo a ver al ruso.

Por supervivencia social me he tenido que empujar no sé si dos o tres whiskies, por la mañana no sé contar muy bien.

La reunión de trabajo era para tratar un asunto inmobiliario, ¿qué si no? Según parece, un paisano del pueblo vecino tiene unas tierras “marravillosas” para construir sobre ellas un complejo turístico para rusos adinerados, verdaderamente “marravillosas”, Alexei ha insistido mucho en ello. Y ese paleto solo tiene naranjos —decía con desprecio— no me gusta el zumo de naranja. Y a ti tampoco. —añadía buscando mi complicidad. He asentido rápidamente, claro. Me gusta el zumo de naranja, muchísimo, pero a partir de hoy llevaré mucho cuidado de beberlo delante de él o de sus gorilas.

Alexei me ha mostrado una faceta que no le podía imaginar, en absoluto. Se ha mostrado cauto, me ha dicho que ya está cansado de ir por ahí teniendo que decir lo que le gusta y lo que no, quién le gusta y quién no; y qué tierras quiere comprar y cuales no. Me ha dicho que quiere lavar su imagen y que yo tengo mucho que decir en eso.
Cuando nos hemos despedido me ha soltado un misterioso “Tendrás noticias suyas y sabrás lo que tienes que hacer” He venido todo el camino pensando en que, al no dominar el idioma, quizás habría querido decir “noticias nuestras”, refiriéndose a ellos mismos. Por la tarde he salido de dudas. Efectivamente se refería a “noticias suyas”, del paisano. Me ha quedado claro cuando ha entrado por la puerta del despacho, retorciendo la boina como si quisiera exprimirla como sus naranjas. Señor Enrique…soy Natalio y tengo que hablar con usted.

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Se ha colado en el despacho y se ha sentado a mi lado muy azorado. Me ha soltado una parrafada sobre sus naranjos y la tierra donde están, que han pertenecido a su familia por generaciones. Que qué se ha creído el ruso ese, que la suya siempre ha sido tierra de naranjos y ‘Perdigones’ —nombre con el que, al parecer, se conoce en la zona a su familia—. Que él tiene ya sesenta años y que nunca había visto semejante desfachatez y que se morirá en sus tierras, como lo hizo su padre y su abuelo y el abuelo de su padre y el padre de su abuelo, que era el mismo —me aclara—. Que le ha dicho el ruso que se las quiere comprar, que le interesaba hacerlo y que si no se fiaba de él que hablase conmigo. Que usted sabrá aconsejarme.

Le he aconsejado como mejor he sabido. Los años de experiencia en estas negociaciones se dejan ver ahora de nuevo. Me he sorprendido a mí mismo.
Media hora después Natalio el perdigón ha salido del despacho convencido de que la venta de sus tierras al ruso es la mejor de las opciones, de que sesenta años son muchos para el campo, de que ya es hora de que descanse y viva la vida; y de un montón de cosas que se me han ido ocurriendo sobre la marcha.
He estado a punto de sentirme mal por ello, pero se me ha pasado enseguida pensando en la recompensa con que Alexei premia este tipo de servicios.

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Enrique Cido, capítulo 8: Cualquier tiempo pasado

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Cualquier tiempo pasado

Hoy me han despertado muy temprano, más incluso que de costumbre, que ya es decir. La madre de Mateo, la señora Jacinta, parece llevar horas despierta. No para de hablar y se mueve rápida como un torbellino dejando a su paso un reguero de orden y limpieza. Su esfuerzo me hace sudar a mí más que a ella misma. Dejo de mirarla.

Con muchas más consonantes que vocales, he alcanzado a preguntarle el motivo de tal trajín mañanero. Que hoy es el día de la inauguración, que hay que ir, que van todos, que si no, luego hablarán. Que hay que ir, ¡ea! No tengo ni idea de lo que me está hablando. A esas alturas, y por muy dormido que esté, ya llevo en Faisans el tiempo suficiente como para estar sobre aviso de cualquier acontecimiento que pueda generar entre mis vecinos tal excitación y tal obligación de acudir. Que si estará don Gumersindo, el cura. Y don Timoteo, bueno, que a ese pájaro ya le conozco el piar. Que si vendrá “el mulo”, y… ¿”El mulo”? Que si ¡acabáramos!, que si no conozco al “mulo”, que todos le conocen, que si unos más que otros, que si unos de cerca y otros de lejos, que si unos por delante y otros por detrás, que si unos tarde y otros temprano. Las explicaciones de Jacinta no me aclaran gran cosa. Sigo sin saber quién es “el mulo”, pero no me inquieta porque estoy seguro de que no me voy a quedar sin saberlo. En un pueblo como Faisans, de apenas mil quinientos habitantes, un secreto es una noticia que conocen todos menos uno, y dado que el tal “mulo” no me toca en nada, no hay duda de que tal secreto pasará por mis oídos quiera o no. Lo que ellos no saben es que pasará por mis oídos, sí, pero de largo, no tengo necesidad de tener en la cabeza las mismas cosas que tienen ellos, porque tengo la sospecha de que eso me conduciría a una vida semejante a la que llevan ellos, y eso no entra en mis planes.

Dos horas más tarde, cuando el descomunal bolo alimenticio del desayuno que me ha servido Jacinta empieza a encontrar acomodo en la barriga, he conocido al mulo. Nadie me lo ha dicho. No ha hecho falta. Poco después lo he comprendido. He visto sus cejas. Y el pelo de su bigote. ¡Oh!, sí, su bigote. Parece estar hecho de pelos de mulo, yertos, desobedientes, como la metralla de un cartucho de caza a medio explotar. Con el tricornio en lo alto de la cabeza tapándole gran parte de una odiosa extensión de pelo animal, el sargento de la Guardia Civil viene muy estirado, como si no hubiera separado la percha de la camisa antes de ponérsela. Con él, efectivamente viene don Gumersindo y el alcalde, tal y como vaticinó Jacinta.

Todos los del pueblo estábamos convocados ante las puertas de una casa encalada, cuya entrada estaba al final de tres escalones desiguales y, encima de la puerta, pintadas con pintura negra y sin molde, tres letras: BAR.

Está en la plaza del pueblo, casi enfrente de la tasca Manolo, cuyo parroquiano de cuatro patas aún persigue mis ensaladas en sueños.

Eso explica que estemos todos menos el propio Manolo.

Ha colocado una cinta de tela azul brillante de lado a lado de la puerta del BAR. Timoteo pronuncia unas palabras, que todos aplauden. “El mulo” carraspea, y todos dejan de aplaudir. Después, el padre Gumersindo pronuncia una oración pidiendo que Dios bendiga este local y a su dueño y alguna que otra bendición más que no entiendo muy bien y, por último, Timoteo corta la cinta y todos aplauden. Menos Manolo, que se da la vuelta y se mete en su tasca, mascullando en etrusco. Esa sensación mía de que estaba viajando en el tiempo tres o cuatro décadas atrás, la veo ahora, no solo confirmada, sino también reforzada. Ahora pienso más bien en seis o siete décadas atrás. Casi recién terminada la guerra. Y me parece ver herrumbre material y humana por todas partes. Empiezo a dudar de las palabras que tanto repetía mi padre: Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si me mimetizo bien en este entorno, en poco tiempo conseguiré pasar completamente inadvertido para cualquiera que pudiera venir a buscarme desde algún juzgado de Madrid.

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Enrique Cido, capítulo 7: Suiza está en Europa, yo estoy en Europa

Enrique Cido, capítulo 7: Suiza está en Europa, yo estoy en Europa

Enrique Cido, capítulo 7: Suiza está en Europa, yo estoy en Europa >>

 (Este es un relato de ficción cuya coincidencia con la realidad es puro parecido. No, este es un relato parecido, cuya ficción es pura realidad. No, tampoco es eso lo que quería decir)

Enrique Cido, capítulo 7: Suiza está en Europa, yo estoy en EuropaSuiza es un país de Europa y, sin embargo no está en Europa a nivel político. Este es, para los nuestros, uno de sus principales atractivos. Suiza está en Europa, yo estoy en Europa. Estas palabras de un alto cargo de mi actual partido me vienen a la cabeza cuando veo en la prensa los anuncios de la campaña electoral a las elecciones europeas.

Yo habré estado en Suiza un par de veces, tres a lo sumo. Salvo esquiar, casi todo lo que ofrece Suiza se puede hacer por Internet y a mí no me gusta mucho esquiar. Sí, te da acceso a relaciones muy interesantes y en un entorno también muy interesante, pero no es lo mío, yo sé cómo hacer negocios sin tener que pasar frío y sin tener que quitarme la humedad de los huesos pegado a la chimenea como si fuera un pimiento puesto a secar.

Poco antes de venir a Faisans se habló en el último comité de la posibilidad de incluirme en las listas a las elecciones europeas. Muchos en el comité y yo el primero no lo veíamos muy buena idea, aunque no por el mismo motivo, eso es evidente. ¿Qué iba a hacer yo en Suiza?, ¿abrir una cuenta en un banco de allí como muchos de mis compañeros?, no; eso ya lo hice una de las veces que fui. Por lo demás, Suiza no me interesa, aquí en España también tenemos quesos y chocolates, y vacas y relojes, y mejores. También en España hablamos varios idiomas, aunque eso sí, aquí los tenemos mucho más controlados, gracias a Dios y no como allí, que para hablar con tu vecino tienes que saber otro idioma. Aquí todos hablamos español, como debe ser. Y el que no quiera, ya sabe dónde está la frontera. España debe ser para los españoles.

Mientras dejaba volar mis pensamientos no me daba cuenta de que los tenía anquilosados, los pensamientos, digo. Ese discurso involuntario que acabo de soltarme, me parece ahora no solo anacrónico y estúpidamente mecánico, sino casi en blanco y negro. Mi propia voz mental me sonaba como esas cintas antiguas en las que se oye, como un riachuelo extinguiéndose, la voz de alguna figura relevante de épocas pasadas y lejanas. Hay que ser más práctico que todo eso. Las fronteras están ahí porque tienen que estar en alguna parte, pero la única frontera real que hay entre los hombres, la única que funciona y mantiene a cada uno en su sitio es la frontera del dinero. Ese es mi país. Ni Suizas ni Españas, ni quesos, ni chocolates ni leches.

Hace algún tiempo, cuando estaba más activo en la sede nacional del partido en Madrid, Suiza era una de las palabras más utilizadas por mis compañeros. Al menos el concepto “Suiza”, porque lo cierto es que, después de la frase que recordaba al principio, nunca se la oí pronunciar a nadie más en la sede. Sin embargo el concepto se percibía en el ambiente, rezumaba por las puertas de los despachos, por las paredes del ascensor, por la barra de la cafetería y por las columnas del aparcamiento subterráneo. Se oían expresiones como ir a esquiar, ir a dar de comer a las vacas, comprarse un reloj, hacerse una fondue, hacer alpinismo, ir a comprar un piolé; y otras que ya no recuerdo. Uno podía estar seguro de que todas y cada una de las veces que oía algo semejante, el trasfondo de la conversación tenía más que ver con bancos y cuentas que con ninguna otra cosa. La red tejida entre los compañeros era fuerte. Unos avalaban a otros y otros avalaban a unos. El silencio y la discreción eran obligados. Por suerte puede escapar de todo aquello. Mis cuentas allí, por lo menos las que ellos conocían, las cerré de inmediato, cuando pasó todo aquello que me trajo a Faisans.

Leo el programa de mi partido para las europeas y no puedo por menos que reírme y con ganas. No acierto a adivinar el tiempo que tardaron en sacarle al candidato una foto como la que acompaña al programa y en la que no se ríe ni un poquito. Si cumpliéramos todo lo que decimos, muchos nos arruinaríamos, así que no quiero ni pensar en qué situación dejaríamos a quienes nos ponen en una situación económica tan desahogada. Mateo me mira desde el otro lado de la mesa. Está haciendo una pancarta para no se qué desahucios. Disimulo pasando algunas páginas y, por suerte, me doy de bruces con la tira cómica, aprovecho y se la cuento a Mateo del tirón. No le hace gracia. Ninguna. Y es normal, porque no tiene ninguna gracia, ahora que lo pienso. Me mira con una ceja levantada y yo disimulo. Para salir del paso, le pregunto.

—¿Qué pintas? —Mateo coge la pancarta y le da la vuelta para que la vea. Puedo leer “Stop Desahucios”.— ¿Esos quiénes son?, ¿también se presentan a las elecciones?

—No digas tonterías, marto, que sé muy bien de qué pie cojeas. Deberías venir a la manifestación. Quizás aprendas algo. Quieren desahuciar a una viuda de noventa y tantos años.

—¿La desahucian por impago?, es que las facturas hay que pagarlas, Mateo, y si no vas a poder pagar, pues no te comprometas.

Marto, marto, marto… —Mateo me mira muy serio— cuando se supo que volvías al pueblo de tu padre, algunos dijeron que era un error, un grandísimo error. Empiezo a pensar que se quedaron cortos. Me gustaría verte a ti en el lugar de esta vecina que van a desahuciar.

—A mí no me puede pasar eso, yo sé buscarme la vida.

—Estoy al corriente de cómo te buscas tú la vida, y por lo que yo sé tu vida la encuentras en el mismo sitio donde otros encuentran su ruina. No creas que no sé porqué los de Madrid te destinaron aquí.

Sus palabras me llegan hondo. Me quedo pensando si realmente lo sabrá, si sabrá todo lo que…, no, no creo que lo sepa. Le miro intentando ver su cara para sentir una intuición que me alumbre el pensamiento, pero desde que su madre me explicó qué hace Mateo cuando a veces se desnuda en el Ayuntamiento, muchas veces, cuando le miro, solo puedo verle desnudo, y eso no ayuda. No.

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Enrique Cido, capítulo 6: Tomar un camino >> Hoy ha sido un día muy largo: reuniones, visitas, peticiones, encargos, regalos. El alcalde ha sabido presentarme ante los vecinos como alguien que

Enrique Cido, capítulo 6: Tomar un camino

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Enrique Cido, capítulo 6: Tomar un camino >> Hoy ha sido un día muy largo: reuniones, visitas, peticiones, encargos, regalos. El alcalde ha sabido presentarme ante los vecinos como alguien queHoy ha sido un día muy largo: reuniones, visitas, peticiones, encargos, regalos. El alcalde ha sabido presentarme ante los vecinos como alguien que ha venido a salvarles de aún no saben qué pero por lo que le están muy agradecidos. Admiro su habilidad gestionando personas y sentimientos. Una habilidad así ha de ser innata, porque resulta evidente que no puede adquirirse en ningún programa formativo.

Decido entregarme a lo que empezaron siendo cartas no enviadas al Secretario de Organización, pero que hoy ya considero mi diario porque a buen seguro sí escuchará todo cuanto tenga que decirle.

Desde que estoy en Faisans he recibido una avalancha de informaciones y de sensaciones tan enorme que apenas si he tenido tiempo de reflexionar sobre todo ello. No puedo evitar verme a mí mismo como si fuera un extraño. Un extraño en Faisans y, curiosamente, un extraño ya en Madrid. A pesar de que solo he pasado aquí unos pocos días y no ha habido tiempo material para que se advierta una marcada influencia en mi forma de pensar o de actuar, sospecho que esos cambios se operarán luego, más adelante, cuando crezca en mí la semilla que el contacto con este otro mundo ha dejado en mi interior. No es mucho lo que he visto, no es mucho lo que he oído, pero sí ha sido lo suficientemente impactante como para que no deje de darle vueltas. Estoy alojado en una casa particular, viviendo con un concejal de la oposición —de quien el alcalde me aconseja distanciarme— y su madre, quien ya me ha aclarado por fin qué es lo que Mateo hace desnudo en el Ayuntamiento antes de los plenos y que, por puro pudor —quién me ha visto y quien me ve— no explicaré aquí por ahora. Además de lo de mi alojamiento, me he convertido, aún antes siquiera de venir en la esperanza de unos, en los temores de otros y, por si fuera poco, en el socio comercial —por decirlo de alguna manera— de un enorme ruso de quien sospecho que no valora tanto la vida humana como pueda hacerlo yo.

Es como si el mundo se hubiese detenido desde mi llegada a Faisans, y no me refiero a esa inquietante sensación de estar viajando en el tiempo unas décadas hacia atrás; sino a que las prisas de la vida de la ciudad han perdido todo el sentido, si es que tenían alguno. Aquí las cosas van más despacio, cuando van. No es fácil acostumbrarse a eso. Me recuerdo a mí mismo embutido en un traje carísimo, embutido en un coche y este embutido en uno de esos atascos que son el colesterol que mata a las ciudades; haciendo sonar la bocina, gritando al de delante y a los de los lados, buscando aparcamiento, evitando al policía y a los peatones que cruzan cuando deben. ¡Qué ridículo! Entonces no me podía imaginar, ni por serendipia, cómo sería la vida en una localidad más pequeña, tan pequeña. Me hubiera parecido de lo más ridículo, sin lugar a dudas, ni tan siquiera imaginarme caminar por las calles de Faisans. En un sitio como este, oírte el corazón no solo es posible, sino que además tiene sentido.

No dejo de darle vueltas a los sucesos que precipitaron, no mi venida a Faisans, sino más bien mi huida de Madrid. Hasta que las aguas se calmen, me decían en el partido. Ignoro si algún día se calmará semejante diluvio. Ignoro siquiera si quiero que llegue a calmarse. Ellos me pusieron al frente de aquello con un solo objetivo y el premio por cumplirlo es un destino de tercera, según su escala de valores. De cara a la galería han extirpado un tumor de corrupción en el seno del partido, pero de puertas adentro entre solo unos pocos han fileteado el tumor y se han dado un banquete. No tienen ni idea de que un destino de tercera como este puede ser una bendición que te pone los pies en la tierra. Me siento como el niño al que sus padres castigan ante sus amistades, obligándole a comer una comida que no le gusta y el chico descubre en esa comida la que puede llegar a convertirse en una de sus preferidas. Si alguien del partido leyera esta carta tal vez pensaría que Faisans me ha ablandado. Nada más lejos. Estar aquí solo me ha abierto los ojos, me ha ayudado a perfilar el concepto de amistad, que para mí se ha confirmado como un país que ha perdido muchos habitantes, casi toda su población y en el que solo quedo yo; yo y un montón de dinero que está esperando a que alguien lo apadrine. En Faisans, cuando alguien está enrabietado o enfurecido por algo dice que está para tomar un camino. Yo no estoy enrabietado o enfurecido con nadie, pero también estoy listo para tomar un camino. Mañana me ocuparé de eso. Ahora a descansar inmóvil en el nicho de lana. Su tacto y su rigidez me obligan a desechar la idea de comprar una caja fuerte para lo que vaya viniendo, ahora estoy seguro de que no encontraré caja más fuerte que este colchón. Buenas noches.

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El primer pleno

Enrique Cido, capítulo 5: El primer pleno

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El primer plenoA nuestra vuelta de Michelingrado, Timoteo venía mirándome como si ya fuera uno más de un club al que no tenía constancia alguna de pertenecer. A menos, claro está, que conocer a aquel enorme ruso haya supuesto una suerte de ingreso en tal club. Lo cierto es que poca cosa hemos hablado con el ruso, recalificación era lo único que le pidió a mi “currículum”. Para eso al fin y al cabo he venido a Faisans. Si es con él con quien tengo que hacer negocios, por mí no hay problemas, el dinero no tiene nacionalidad, es una nacionalidad en sí mismo, y por suerte yo tengo esa nacionalidad y Alexei, que así se llama el capo de Michelingrado, es un compatriota estupendo. Formaremos un equipo muy efectivo. Él seleccionará los terrenos comprándolos, yo los recalificaré, él construirá en ellos lo que sea y además traerá los clientes que lo adquirirán sin rechistar, normalmente otros rusos compatriotas también del país dinero. Después, de las ganancias obtenidas, Alexei nos dará a Timoteo y a mí nuestra parte y al pueblo de Faisans…, las gracias, porque si algo parece tener Alexei es que es un tipo agradecido, asegura Timoteo. En estos momentos aún no soy capaz de dimensionar lo que puede suponer esta relación durante mi estancia en Faisans.
Cuando Timoteo me ha dejado cerca de casa de Jacinta y Mateo me ha dicho algo: Marto pequeño, podría perdonarte si me fallas a mí, pero si fallas al pueblo de Faisans no te lo perdonaré jamás. Tienes un compromiso con los vecinos y tienes que cumplirlo. Después se ha ido como si tuviera prisa, embutiendo la furgoneta en un callejón cercano a su casa. Evidentemente creo que se refiere a mi compromiso de traer a Faisans el progreso, que para algo lo prometió en las últimas elecciones y yo he venido a cumplir aquellas promesas.
Antes de acostarme he escrito una segunda carta al Secretario de Organización. Una carta bien distinta a la primera, por cierto. A la vista de su proceder en las últimas horas, estaba claro que interpreté mal a Timoteo, no es que fuera impermeable a los cambios, simplemente se trataba de contárselos en un lenguaje que pudiera entender. Eso para mí es como un amanecer en plena noche, en esa misma noche que se me cerró encima de improviso en la primera impresión que me formé sobre mi situación en Faisans. Ahora la cosa es bien distinta, el nuevo perfil de Timoteo y haber conocido a Alexei abren las perspectivas de negocio de par en par. Así se lo hago saber en la carta. Todo lo demás queda en un segundo plano. Me ahorro el comentario sobre Jacinta, que ha subido a arroparme después de cenar. Al Secretario General no le hacía falta saberlo. Estoy persuadido de que tan solo debo informar de las cosas que me puedan suponer algún tipo de beneficio y por el momento no se me ocurre una situación que propicie que informe del comportamiento maternal de Jacinta.
Antes de apagar la luz he hecho un nuevo intento de conectarme a internet… Internet, vaya palabra más extraña en este entorno y en estas circunstancias. No puedo encajar bien del todo no estar en Internet y mucho menos no echarlo de menos. Empiezo a convencerme a mí mismo de que he retrocedido en el tiempo cuarenta o cincuenta años. Si por entonces todo se hacía sin Internet, no veo por qué iba a necesitar yo ahora tener acceso a la red de redes.
Nada más amanecer he recordado que hoy va a tener lugar el primer pleno del Ayuntamiento de Faisans al que asistiré. Me he desencajado del nicho de lana áspera en que he convertido el colchón y me he desentumecido. Parece que ya voy acostumbrándome. Cuando mi padre decía que a todo se acostumbra uno, podía estar pensando en un todo mucho más amplio de lo que yo habría imaginado.
He entrado por primera vez en el salón donde se celebran los plenos, me ha parecido con toda nitidez que entraba en la biblioteca de un convento abandonado, a pesar de que nunca he entrado en ningún convento abandonado. Sinceramente, me lo había imaginado de otra manera. Esperaba más gente, pero todo ha sido tan…, familiar. Estábamos Timoteo, el alcalde; Dimas, encargado del área de Agricultura e Industria; Tomás, Sanidad y Servicios Sociales; Cosme, que es el tesorero y yo. Poco antes de entrar al pleno, le he preguntado a Timoteo por el partido al que pertenecen ellos tres. Me lo ha dicho claramente: a ninguno, ellos no se meten en política, hacen esto por la gente. Le he mirado en silencio sin comprender del todo el interés de alguien por estar en política sino es por estar en política.
Solo nos falta Mateo, mi compañero de despacho y concejal de Educación, Cultura, Festejos y mil cosas más. Cuando el alcalde se ha fijado en su silla vacía ha hecho una mueca de disgusto, pero leve, pero de disgusto. Ignoro si es lo corriente por faltar a la hora señalada o por tratarse del concejal de un partido de la oposición, así que he preferido esperar como hacen los demás. Allí donde fueres, haz lo que vieres, como decía mi padre. Yo también pertenecí en su día al mismo partido que Mateo. Pero esa gente no era lo mío, se preocupaban de verdad por las personas, no sé adónde pretenden llegar, las personas no son rentables, no dan dinero, a menos que se les convenza para que se separen de él por voluntad propia; si no, la gente no es rentable. Pasé por ese partido, pero también pasé por otros —fueron años sin rumbo— hasta que di con este partido, donde verdaderamente entienden de negocios, que es lo mío. Yo no entiendo de política, pero sí de negocios y en este partido hay verdaderos genios de los negocios, por eso me gusta: sus ideales son los negocios y los míos también.
Por fin, el alcalde ha decidido que ha llegado el momento de llamar a Mateo, el pleno no se puede retrasar más. Utiliza para ello un viejo interfono.
—Mateo, te estamos esperando.
—¡Ah! Hola, Timoteo.
—Y bien…
—Voy enseguida, me visto y subo en un minuto.
Como quiera que nadie ha hecho el más mínimo gesto de extrañeza absoluta, yo he reprimido el mío y en su lugar me he lanzado violentamente a pensar si Mateo ha dicho lo que creo que ha dicho. Han sido unos momentos muy difíciles para mí. Tan solo deseaba que si, como decía, estaba desnudo, no se encontrara en mi —en nuestro— despacho y, en último término, si lo estaba y se encontraba en él de esa manera, que estuviera lo más lejos posible de mi silla.
He deseado con todas mis fuerzas que algo del exterior me rescatara del ruidoso pensamiento que me acosa desde lo del interfono. Hay que tener cuidado con lo que se desea, qué sabio era mi padre. El deseado rescate ha venido de la mano —de las palabras— de Dimas, el hombre mayor a quien me han presentado como responsable del área de Agricultura e Industria. No dejaba de mirarme de arriba abajo. Me ha estado observando de arriba abajo y luego ha hecho una mueca que, vista de reojo, me da mucho que pensar. Luego ha vuelto a darme un repaso de arriba abajo.
—¿Tú eres palomero?
—¿Qué?
Se acerca más a mí y me repite la pregunta en voz más baja, lo que me preocupa más aún.
—Que si eres palomero.
No estoy muy seguro de lo que quiere decir Dimas con eso, pero sin embargo sí que estoy muy seguro de lo que quiero contestarle.
—No. No, yo no… —le digo apartándome de él sutilmente.
Después de unos segundos de silencio en los que fui incapaz de retener la mirada de Dimas en mis ojos, sino que fue a recorrerme nuevamente el cuerpo de arriba abajo, volvió a hablar.
—Pues tu padre si lo era.
A mis espaldas pude oír unos pasos que me han servido para no volver a mirar a los ojos a Dimas.
—Ya estoy aquí. Perdón. Estaba…
—Sí, Mateo, sí. Ya lo sabemos, ya sabemos dónde estabas y qué estabas haciendo.
—Siempre igual, Mateo, hay que joderse —protestó Tomás— Eres un cerdo.
Cosme, el tesorero, sigue embebido en sus papeles. Lleva unos manguitos de contable antiguo y de cuando en cuando mira con desconfianza. Mi sensación de haber retrocedido en el tiempo varias décadas es cada vez más intensa. Probablemente estoy protagonizando el primer viaje en el tiempo de la historia, estaré atento a nuevas señales.
—Vamos, que no tenemos todo el día —ordena el alcalde.
El orden del día…, mis oídos me traicionan, aunque esas eran las palabras que espera oír, no han sido las que Timoteo ha pronunciado.
—Como ya sabéis, este es un pleno especial.
—Sí, especial y puñetero —protesta Dimas— Así que ya puedes aviar pronto las cosas, que el veterinario me viene a las doce a ver a la Juanica, que la tengo mala. Así que si para entonces no hemos terminado, yo me voy. Avisado quedas.
—Todos conocéis ya a marto pequeño —dice Timoteo ladeando la cabeza hacia mí— Y sabéis a qué ha venido. —Mateo ha levantado la mano como si se estuviera ahogando y el alcalde hace una mueca de desdén, suelta todo el aire que había cogido para soltar su arenga y le cede la palabra.
—Gracias, alcalde. —Mateo se levanta y me pone la vista encima mientras sigue hablando— Todos sabemos a qué ha venido marto pequeño —no me resulta agradable que también él, un hombre más o menos de mi edad, me llame así; hace que yo pareciera un crío estúpido—, lo sabemos muy bien y no nos gusta —remata.
—Habla por ti —le interrumpe Timoteo.
—Por mí hablo y por todos los ciudadanos de Faisans —nunca hubiera dicho que en aquel pequeño conglomerado de casas vivían los 1.437 que decían las estadísticas oficiales—. Hablo por todos ellos cuando digo que no nos gusta a qué viene marto pequeño. ¿Acaso crees, Timoteo, que no sabemos qué hizo este en Madrid? —Timoteo me reprime con un gesto mi natural reacción de protesta.
—Esto no es Madrid —tercia Timoteo—. Madrid está lleno de tiburones y aquí no pasamos de salmonetes. Pensando precisamente en nuestros vecinos hemos pedido a Madrid a alguien que dinamice la economía del pueblo.
—¡Joder, Timoteo!, tú ni entiendes de economía ni sabes lo que significa ‘dinamizar’, ¿lleva aquí solamente un par de días y ya hablas como él?
—Puede ser que yo no sepa de economía—responde Timoteo muy digno— pero él sí sabe y para eso está aquí, para mejorar la economía del pueblo.
Como si estuvieran en otra dimensión, Tomás y Dimas andan enzarzados en su propia discusión: uno, que si tórtolas; el otro que si columbas; sin prestar atención a la que mantienen Mateo y el alcalde. Y Cosme parece estar vigilando en silencio cada uno de nuestros movimientos, como haría un buitre esperando a que su víctima moribunda se muriese de una vez.
El resto del pleno ha transcurrido en lo que en Faisans debe ser la más absoluta normalidad; una normalidad a la que no me queda más remedio que acostumbrarme lo antes posible. La falta de costumbre me hace ver como algo extraño que las negociaciones de los votos se hagan durante el propio pleno y no en los despachos o en un bar cercano unos días antes. La forma de Timoteo de preguntar por el voto tampoco entra dentro de mis cánones. Decido dejar a un lado mis cánones, creo que me irá mejor.
Al final, cuando nos levantamos para irnos, Dimas vuelve a mirarme y, haciendo un gesto de decepción, repite Pues tu padre si era palomero. Le respondo con un gesto de circunstancias, como cuando te encuentras con un pariente al que no ves desde hace años y a quien se supone debes reconocer. Me voy del Ayuntamiento pensando si yo también seré palomero.

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Enrique Cido, capítulo 4: Viaje a Michelingrado

Viaje a Michelingrado

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La segunda noche sobre ese colchón de lana del infierno ha sido mejor que la primera. Las primeras noches en camas extrañas siempre son las peores, luego uno se hace a todo. No hay lana, por dura o áspera que sea, a la que uno no pueda acostumbrarse. Antes de dormir me hice una especie de nicho en el centro del agresivo colchón. Me imaginé como un perrito caliente en medio de un mullido pan, solo que no era pan ni mullido. Supongo que eso me ayudaría a conciliar el sueño. Eso y haber escrito la carta. 

Cuando volví a la casa por la noche venía contrariado por todo lo que había podido ver durante el día, en contraposición, claro está, a todo lo que había imaginado que vería. No había contado con un alcalde como Timoteo, tan impermeable a los cambios, así se lo decía al Secretario de Organización del Partido en mi carta. Tampoco había contado con que mi despacho habría de estar compartido y mucho menos con un concejal de la oposición, uno de esos radicales que solo hablan de cultura y de derechos sociales. Anoche empecé a pensar que esta salida al asunto de Madrid no era sino un castigo para mí. Mis planes de alcanzar cuanto antes un estatus desde el que poder ingresar quinientos euros por hora parecen difuminarse.

Escribí la carta como resultado de pensar y repensar cómo plantearía yo mi, digamos, incomodidad en Faisans. Dudé si enviar un correo electrónico, pero mientras esperaba conexión entre el lugar más alejado de la civilización en el espacio: el satélite y el más alejado de la civilización en la Tierra: Faisans; tuve ocasión de releerlo y lo encontré muy frío. También descarté una conversación telefónica: no encontré apropiado asaltar a alguien casi a medianoche y contarle todos mis problemas y pretender además que me escuchar. Así que decidí escribir una carta ¡a mano!, casi por sometimiento a esa poderosa sensación que le atrapaba a uno en Faisans de haber viajado cincuenta años atrás en el tiempo. Al menos, el hecho de escribirla me alivió en cierto grado la incomodidad que fui acumulando durante el día. He decidido dejarla en el cajón durante unos días; cuando tenga más información de todo lo que me espera valoraré si enviarla a Madrid o si llevarla yo mismo junto con mi renuncia.

Después de uno de los desayunos de Jacinta uno se enfrenta a un nuevo día con ánimos hasta para las cargas más pesadas. Aún no he tenido ocasión de probar su comida, pero viendo las proporciones del desayuno entiendo mejor las siestas de Mateo sobre la mesa del despacho. Normal.

He salido con tiempo suficiente para reunirme con el alcalde en la puerta de su casa. No termina de convencerme eso de vernos así, parece que estuviéramos haciendo algo malo. Aunque eso que dice de ir a ver a los que realmente mandan aquí en Faisans no me hace albergar buenos pensamientos. Me tiene intrigado eso de Michelingrado. Me suena a ruso o algo así. Tengo entendido que por toda la costa se han establecido los nuevos ricos rusos, gente que hizo su fortuna, según algunos, de formas poco o nada legales.

A pesar de haberse puesto traje, Timoteo sigue pareciendo un aficionado a electricista venido a menos. Hoy parece que se ha levantado de buen humor, confío en que no sea por el traje, aunque cualquiera sabe. Por mi parte, con evitar los molestos reflejos que emite su tela ya tengo bastante. Timoteo ya no me mira como si fuera tonto o como si tuviera algo que perdonarme, me mira más bien como si estuviera a punto de darme una clase magistral

Le pregunto qué es Michelingrado. Me mira de reojo como si me encontrara culpable de no saberlo; lo hace mientras coloca el espejo retrovisor de su furgoneta. Mal se me tiene que dar si antes de un mes no le pongo al volante de un todoterreno. Qué menos para un alcalde, me digo. Una sola recalificación de terrenos da mucho de sí. El alcalde no contesta y yo desisto de preguntar más.

Hemos salido del pueblo y siguiendo camino hacia la costa, hemos superado una suave colina desde la que se ve el mar. El paisaje no cambia mucho, pero se abre de par en par. Se ven viñedos, naranjos, limones. A la vista de esto, Faisans me parece más todavía el resultado de un severo aislamiento.

Llegamos a lo que parece una urbanización de lujo. Para llegar a esa conclusión me baso en lo que me sugiere un cartel en caracteres rusos que hay a la entrada. El cartel muestra un lujoso chalet, una joven sonriente en bikini sujetando una copa y una cifra alarmante en euros.

Bienvenido a Michelingrado, me dice el alcalde; pero me previene de que no lo diga delante de ellos, que son muy sensibles. No hemos recorrido ni cien metros cuando un par de matones nos salen al paso impidiéndonos continuar. Se asoman y parecen reconocer a Timoteo, por radio avisan de su llegada bla, bla, bla, Timoteo, bla, bla. Timoteo sonríe. Los grandullones se hacen a un lado y nos indican que podemos seguir. Mientras avanzamos intento verles por el retrovisor de mi lado. Son realmente enormes y por su gesto no parecen tener muchos amigos por voluntad propia.

Nos paramos ante un impresionante chalet que se me sale del ángulo de visión por los dos lados. Bien. Esta gente es la que puede poner a Faisans en la primera división de los municipios españoles. Para mi sorpresa sale a recibirnos un enorme ruso, casi más ancho que alto. Luce una camisa abierta con aspiraciones de hawaiana pero de un gusto nunca aprobado allí. De una gruesa cadena dorada cuelga sobre su pecho un medallón donde caben los nombres de todos los rusos caídos por la patria. Sus características físicas dan pleno sentido al apodo con el que se conoce en Faisans a esta urbanización.

Nos invita a entrar, pero antes debemos limpiarnos los zapatos sobre un felpudo rojo con una hoz y un martillo. Él también lo hace, después de nosotros, y luego escupe sobre el felpudo. Maldice el comunismo y nos sonríe abiertamente. Por empatizar, yo también escupo sobre el felpudo. No parece gustarle, grita algo en ruso y al poco aparece una mujer del servicio que se lleva el felpudo, según me explica Timoteo, a lavar.

Todo lo que hay en la casa confirma que el ruso tiene dinero, y que lo tiene en cantidades inversamente proporcionales a su gusto en la decoración. Columnas griegas y las pieles de guepardo enmarcan la zona de los sofás. Sobre la mesa un extraño cenicero. Se da cuenta de que me quedo mirándolo y me dice que está hecho de cuerno de rinoceronte blanco.

—¿Quién es este? —Pregunta el ruso mirándome y olisqueándome con el hocico. Sus maneras me confirman que cuando quiso hacer la carrera diplomática no quedaban plazas.

Timoteo le explica que soy experto en urbanismo y al ruso se le enciende la mirada. Me pregunta si sé lo que es una recalificación. Claro que lo sé, le digo. Ahora se le enciende una sonrisa de diente de oro. Hago un esfuerzo y sonrío también. Si alguien en Faisans y sus contornos me puede poner en la senda de ganar quinientos euros por hora, es ese ruso descomunal. Michelingrado; después de todo tienen sentido del humor en Faisans.

 

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Entrevista con el alcalde

Enrique Cido, capítulo 3: Entrevista con el alcalde

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Amanece en Faisans, es una bendición. Cualquier cosa después de ese colchón de lana es una bendición. Un amanecer en calzoncillos en el mismísimo Polo Sur hubiera sido una bendición. La lana apelotonada dentro del colchón, desplazando mis costillas a lugares ya ocupados anteriormente por órganos vitales, me ha retrotraído a la niñez. A esas edades los recuerdos se almacenan entre algodones de azúcar, incluso recuerdos como ese. Me desperezo casi con violencia, necesito cada costilla en su sitio lo antes posible.

Ese olor a cabra no perdona ni el fresco de la mañana. Jacinta, la casera, que sí sabe bien cómo son las puertas de las casas de Faisans la aporrea con fuerza. Me trae el desayuno: huevos fritos con jamón, algo de panceta, unas pocas migas, un vaso de leche recién hervida —otra vez la niñez—, un buen pedazo de pan, mantequilla y miel. Todo ello en lo que aquí se tiene por una ración individual. Es gente recia la de Faisans.

Se da la circunstancia de que Jacinta, a quien tengo por mi casera y no porque lo sea, es al mismo tiempo la madre de Mateo, mi compañero de despacho, por llamarlo de alguna manera, a él y al despacho. Digo que la tengo por mi casera porque en cuanto llegué a su casa, la única de todo el pueblo en la que conseguí alojamiento — y gracias a la intermediación de Mateo—, le prometí que se lo pagaría todo religiosamente. Le hizo gracia lo de religiosamente, decía que no me veía a mí muy religioso. Intenté explicarle, una sola vez, que no era más que una frase hecha; desistí.

Esta mañana tengo que verme con el alcalde. Me han dado su dirección: No tié pierde, a l’espalda la Casa-la-Cultura. A la’spalda misma. Mientras voy en busca de la Casa de la Cultura me pregunto por el uso que le darán. No debe tener pierde porque el pueblo es muy pequeño. Al cabo de algunas esquinas me encuentro fuera del pueblo, ya no hay casas. Me vuelvo y pregunto al primero que me encuentro, es un guardiacivil. No muy convencido sobre dónde queda la Casa de la Cultura me ofrece como alternativa indicarme dónde queda la Casa de Agricultura. Rechazo amablemente su ofrecimiento. Caminando por entre las estrechas calles del pueblo llego hasta una casa de una sola planta y pulcramente encalada. Sobre su enorme puerta de madera se puede leer “Casa de la …ltura”. El tiempo y quizás el desuso han convertido la Casa de la Cultura en la Casa de la casi Cultura, por apenas dos letras. Curioso, me asomo a una de las ventanas para ver si veo algo, me hago a un lado para dejar pasar un poco de luz, pero ni la luz quiere entrar ahí. Lo dejo para más tarde.

A la’spalda misma de la Casa de la Cultura no hay ninguna casa. Una de tres, o la dirección que me han dado no es correcta, o no la he entendido bien —esto es posible— o esto no es la casa de la Cultura —esto es lo más posible—. El alcalde me dijo que nos viéramos en su casa, que en el Ayuntamiento las paredes oían. Antes de que pueda pensar sobre cómo encontrar al alcalde, un paisano me aborda. ¡Eh!, nuevo, sí tú, el de Madrid, me dice. Que si me he caído de la cama. Debe pensar que en Madrid no se madruga. Le digo que busco al alcalde. Después de mirarme raro y soltar una carcajada, me dice que dónde lo voy a encontrar si no es en su casa, a la’spalda misma de…, no diga más, de la Casa de la Cultura, concluyo su explicación. Me dice que a esa hora él no tiene ganas de bromas, que si ya lo sabía que para qué pregunto. Le señalo la “Casa de la …ltura” y suelta otra carcajada. No, hombre, me dice, esa es la Casa de Agricultura. Por lo visto, Madrid no da p’a tanto, no te enteras ¡eh!. No parece percibir mi gesto de desagrado por su comentario y sacude la cabeza mientras me mira compasivo. Algo en mi interior me recomienda paciencia. La Casa de la Cultura es aquella otra de allí, pues a la’spalda misma lo encontrará. Se aleja de mí meneando aún la cabeza. Poco a poco intentaré entender a la gente de Faisans, debo integrarme lo antes y lo mejor posible, por lo menos hasta que escampe la tormenta que me alejó de Madrid a toda prisa.

Siguiendo las simples indicaciones del paisano no tardo en dar con lo que parece la casa del alcalde. Es una casa sencilla, demasiado humilde para un alcalde creo yo.  Será una de las primeras cosas que cambie con mi gestión. En la puerta hay una escalera de tijera que se levanta hasta por encima de la puerta. Encima de ella se sostiene milagrosamente un hombre corpulento. Anda enredado entre unos cables y prefiero no molestarle.

—¡María!, dale a los plomos, a ver si va ahora.

—¡Ya va! —Grita una mujer desde dentro de la casa.

—Disculpe —ahora que ya va, me atrevo a interrumpir al hombre la escalera— ¿dónde podría encontrar al alcalde?

El hombre me mira antes de bajar por la escalera temblona.

—Por lo visto, Madrid no da p’a tanto, ¡eh! —Me dedica una mirada condescendiente— Soy Timoteo, el alcalde y tú, no me lo digas, un lince no eres, ¿no? —Asumo su comentario en la esperanza de entender algún día por qué debería haber diferenciado a un paisano de otro. Por el momento, todos me parecen iguales.

—Soy Enrique Cido, su nuevo asesor inmobiliario. —Ahora su mirada ya no es de una inocente condescendencia sino que tiene algo de perdón y de desagrado.— Me envía el…

—Sí, lo sé, te envía el partido. Habrán pensado los señoritos que me hace falta ayuda para llevar mi pueblo.

Intento explicarle que no se trata de que lo esté haciendo mal, sino de que hay que hacer cosas nuevas para las que necesitará ayuda. Cosas grandes que engrandecerán al pueblo de Faisans. Cosas que impulsarán económicamente al pueblo.

—¿Qué es eso de impulsar económicamente el pueblo? Aquí la gente tiene lo que necesita, a nadie le falta nada. Dime, marto pequeño, ¿para qué crees tú que este pueblo necesita un auditorio?, ¿quién crees que vendrá aquí a dar un concierto?, es más ¿quién crees tú que irá a ver ese concierto?, entre personas y cabras difícilmente podríamos llenar las gradas de que hablas.  —Empiezo a pensar que mi trabajo aquí no empieza de cero, sino mucho más abajo. Los relojes se me paran mientras el alcalde sigue su perorata: que si su gente, que si las casas, que si las cabras, que si esos señoritos de Madrid, que si aquí quien manda es…— Entonces, ¿mañana vienes a buscarme a la misma hora?

—¿Para qué? —Le digo desorientado.

—¿Cómo que para qué? —Suelta una sonora carcajada tras la que me prometo a mí mismo estar más atento cuando me hable— Ya te lo he dicho, mañana iremos a ver a los que mandan aquí. Mañana iremos a Michelingrado.

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Enrique Cido, capítulo 2: Despacho para dos

Enrique Cido, capítulo 2, Despacho para dos >>

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He comido en Tasca Manolo. Confirmando mis sospechas no todos sus parroquianos tenían dos patas, me ha costado lo mío mantener alejada de mi ensalada a una cabra de la que se hacía acompañar un cliente. No le va a comer, me decía el dueño con sonrisa mellada. La cabra no parecía interesada en mí tanto como en mi ensalada, desde luego. La comida me ha recordado, aunque muy de lejos, a la que hacía mi madre, que en paz descanse. Una comida muy de la tierra, de mi niñez. Aún no había terminado de comer cuando se ha puesto en marcha lo que parecía ser “la partida”, que consistía en un ensordecedor desfile de fichas de dominó sobre la mesa de formica con esqueleto metálico. Poco después de que comenzara, las voces de los jugadores me hicieron añorar con vehemencia el ensordecedor desfile de fichas de dominó sobre la mesa. Uno de ellos era especialmente vocinglero y sus valoraciones del juego provocaban incesantemente a los demás. No te pongas tonto, le decían, que ya sabes que aquí somos todos iguales. En cualquier caso, mañana buscaré un sitio menos…, buscaré un sitio más…, en fin, buscaré otro sitio donde solo pazcan humanos y no conozcan el dominó. La cabra es la única que se ha dado cuenta de que me he marchado y lo ha celebrado sobre los restos de mi ensalada.

Después de comer acosado por la cabra envidiosa, he ido a ver al cura, don Gumersindo me han dicho que se llama, pobre. Estaba muy atareado con los preparativos de una boda que, me dice, tiene para el sábado. Los novios estaban en la sacristía con él y le han entregado algo de dinero que Gumersindo ha guardado en el cajón de la mesa. Cuando han salido, me ha mirado de arriba abajo, le he dejado ver la esquina de las noticias verdes con ceros que traía para él y enseguida ha reaccionado: yo te conozco, tú no eres el de la… He intentado decirle que soy el hijo de Venancio el “marto”, pero los ceros de mis noticias han producido interferencias en las comunicaciones. Mi padre era conocido como “el marto” y toda nuestra familia como “los martos” porque varias abuelas atrás, una de ellas se llamaba Marta. A decir verdad, no sé si el párroco habrá reconocido en mí a uno de los “martos”, pero el caso es que, como si fuera un prestidigitador, al cabo de un rato, las noticias con ceros habían pasado de mi agencia a la suya sin apenas darme cuenta. Se ha colocado de espaldas al altar para contar mejor los billetes y luego me ha despachado sin muchas contemplaciones. Espero que sea tan bueno perdonando pecadillos como recibiendo las buenas noticias.

Cuando he ido al ayuntamiento para presentarme al alcalde, no he visto a casi nadie allí, me ha dado la sensación de estar entrando a hurtadillas en una casa familiar un tanto grande y deshabitada. De una de las puertas me llegaba un ruido que, en un principio, no he sabido identificar. A ratos sonaba como un taladro con percutor, a ratos como un secador de pelo en posición tornado tropical. A medida que me he ido acercando lo he comprendido: la comida de la Tasca Manolo produce digestiones pesadas. Empiezo a pensar que hubiera estado mejor compartir mi comida con esa cabra, ella tiene mejor estómago que yo. La habitación de la que sale ese ronquido, producto sin duda del telurismo, es una habitación pequeña y más bien estrecha. Está ocupada casi por completo por una mesa y una silla en cada extremo, porque de otra manera no cabrían. Al fondo hay unas estanterías desvencijadas y algunos trastos sin orden ni concierto, como si hubieran sido amontonados allí por una riada.

Como ese hombre era la única persona que parecía estar allí a esa hora y como nada perdían mis oídos si cesaba su ronquido, he atizado bien fuerte la puerta con los nudillos intentando despertarlo. Nada. Las puertas de Faisans nada tienen que ver con las de Madrid, tienen más en común con lo que en Madrid conocemos como paredes. Se me ha escapado un berrido que ha despertado al hombre roncador. Ahora sí. Hola, soy Enrique Cido… el nuevo asesor de… Le ha tomado casi un minuto de silencio pastoso dejar de mirarme como si formara parte de su sueño. Después ha bajado los pies de la mesa y se ha aclarado la voz.

 —Soy Mateo…, concejal de Cultura. —Ha dicho por fin.

 —Yo soy Enrique, el nuevo asesor de urbanismo.

 —¡Ah!, sí. Enrique Cido, el hijo de Venancio el “marto”, el alcalde ya me dijo. —Mateo me ha mirado con complicidad, como buscando en mí a un amigo de la infancia por recordar. No lo iba a encontrar. Yo solo venía en verano y en Faisans en verano había demasiada gente como para acordarse de todos. Yo no me acuerdo de él.

 —Dígame, ¿dónde puedo encontrarle?, al alcalde quiero decir.

 —¿El alcalde?, a estas horas estará en Manolo jugando la partida.

 —Comprendo ¿Usted no sabrá por casualidad cuál es mi despacho? —Mateo ha resoplado y se ha incorporado en la silla.

 —Es este —me dice extendiendo el brazo y mostrándome la enorme extensión del cubículo.

 —No entiendo, si es mi despacho, ¿qué hace usted en él…, y durmiendo…, y con los pies encima de la mesa? —Le he preguntado, como preguntan los abogados su pregunta ganadora.

 —Porque también es mi despacho. —He sonreído para anticiparme al descubrimiento de la broma, pero su confusión por mi sonrisa me ha hecho temerme lo peor.  Mateo se ha levantado y se ha cambiado de silla.— Ese es tu sitio —Me dice señalando el sitio que acaba de dejar libre, desde donde había estado durmiendo con los pies encima de la mesa. En el centro de la mesa hay un ordenador, un bloc de notas y un bote con bolígrafos que conocieron mejores tiempos. Enseguida he comprendido que esas van a ser nuestras únicas herramientas de trabajo. Mi objetivo de ganar 500 euros por hora se ha marchado a años luz de donde yo creía que estaba.

 Mateo me ha dedicado una especie de sonrisa amable de bienvenida, nada consoladora, por otra parte. Yo le he dedicado un gesto de cortesía que ha estado luchando con mi absoluto desconcierto por salir a la superficie.

 En cuanto al alcalde, algo me dice que el trabajo de asesoramiento va a ser un poco distinto a como lo había prefigurado en mi cabeza. Primero tengo que rescatar al alcalde, o lo que quede de él, de esas catacumbas de fichas de dominó y ruidos prehumanos.

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Enrique Cido, capítulo 1

Enrique Cido, capítulo 1: Llegada a Faisans

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Enrique Cido, capítulo 1

Mi nombre es Enrique Cido y acabo de llegar a Faisans, el pueblo en el que nació mi padre, muy cerca ya del Mediterráneo. No venía aquí desde que era un niño, cuando venía con mi padre. Me he sentido un poco raro, la verdad, ya no soy un niño y él, bueno, ya no está. Cuando me subí al autobús en Madrid no estaba muy seguro de lo que me encontraría, pero mi intuición no se ha desviado mucho. Me he encontrado un pueblo pequeño, quizás más de lo que yo recordaba, de pequeño las cosas siempre parecen más grandes. Apenas tiene infraestructuras y la señal de final de municipio casi se puede ver desde la señal de Benvinguts a Faisans. No se equivocaba el Secretario de Organización del Partido cuando me dijo que aquí había mucho por hacer, y tampoco se ha equivocado eligiendo a la persona que ha de hacerlo. Giro trescientos sesenta grados sobre mis pies y ya veo surgir un polideportivo de la era alta, donde mi padre aventó las mieses cuando era joven; veo surgir un auditorio de la era baja, donde mi padre jugaba al fútbol cuando era un crío. Las eras sirvieron en el pasado para trillar las mieses, pero ahora que el cereal ya no produce casi beneficio, me ocuparé de que todo eso se modernice, y de paso nos ahorramos algunas subvenciones que, por lo que me han dicho, a la gente de aquí le gusta mucho las subvenciones. Ya veo fluir corrientes de dinero por Faisans, y ese es un río en el que me gusta bañarme, tengo que admitirlo. Cada vez estoy más convencido de que el Partido no se ha equivocado eligiéndome y además, ya no podía estar mucho más tiempo en Madrid, pero esa es otra historia que espero que escampe pronto. Ahora que lo pienso, también veo un residencial de lujo con campo de golf. Eso traerá dinero a Faisans y, por supuesto, a mí.

Hace rato ya que el autobús se ha marchado de la plaza y, cuando he querido darme cuenta, me he visto solo en mitad de la calle. Desde el murete que flanquea los escalones que conducen a la iglesia, unos chavales me miran y se ríen. Al párroco iré a verle más tarde, traigo noticias para él, buenas noticias, noticias con algunos ceros, eso siempre perdona los pecadillos. Por ahora iré a comer algo, me ha entrado hambre con el viaje. En uno de los laterales de la plaza hay una tasca, sí he leído bien. No leía esa palabra desde hace años. Tasca Manolo, se llama. Desde fuera tengo la sensación de que no todos sus habitantes tienen solo dos piernas. Pregunto y al parecer no hay ninguna otra opción para comer en el pueblo. Considero desde ya la posibilidad de promover el negocio de la hostelería en Faisans. Pero por el momento Tasca Manolo es mi mejor opción. Qué dura es la vida en política.

© Víctor J. Sanz