Enrique Cido, capítulo 9: Noticias de Michelingrado >> Hace un par de días volví a saber de Michelingrado, uno de sus gorilas vino a verme. Traía una invitación para una reunión de trabajo con Alexei. Sería en su casa, naturalmente, pues todo

Enrique Cido, capítulo 9: Noticias de Michelingrado

Enrique Cido, capítulo 9: Noticias de Michelingrado >>

Hace un par de días volví a tener noticias de Michelingrado, uno de sus gorilas vino a verme. Traía una invitación para una reunión de trabajo con Alexei. Sería en su casa, naturalmente, pues todo lo que allí se podía llamar negocio fuera no recibiría el mismo nombre.

Hoy ha tenido lugar esa reunión. Cuando he llegado a su casa ha apartado el felpudo rojo por si se me ocurría volver a escupir sobre él. Solo él podía escupir sobre el símbolo de la Unión Soviética. Me lo había dejado muy claro. Su argumento era indiscutible: ninguna otra familia en su país había sido tan perjudicada, por un sistema que pretendía la utópica igualdad social, como la suya, que durante siglos habían estado explotando y esclavizando a sus compatriotas. Todos en el mismo carro de la patria, unos arriba viviendo y otros abajo tirando.

He ido sin Timoteo que, al parecer, ya se fía de mí lo suficiente como para enviarme solo a ver al ruso.

Por supervivencia social me he tenido que empujar no sé si dos o tres whiskies, por la mañana no sé contar muy bien.

La reunión de trabajo era para tratar un asunto inmobiliario, ¿qué si no? Según parece, un paisano del pueblo vecino tiene unas tierras “marravillosas” para construir sobre ellas un complejo turístico para rusos adinerados, verdaderamente “marravillosas”, Alexei ha insistido mucho en ello. Y ese paleto solo tiene naranjos —decía con desprecio— no me gusta el zumo de naranja. Y a ti tampoco. —añadía buscando mi complicidad. He asentido rápidamente, claro. Me gusta el zumo de naranja, muchísimo, pero a partir de hoy llevaré mucho cuidado de beberlo delante de él o de sus gorilas.

Alexei me ha mostrado una faceta que no le podía imaginar, en absoluto. Se ha mostrado cauto, me ha dicho que ya está cansado de ir por ahí teniendo que decir lo que le gusta y lo que no, quién le gusta y quién no; y qué tierras quiere comprar y cuales no. Me ha dicho que quiere lavar su imagen y que yo tengo mucho que decir en eso.
Cuando nos hemos despedido me ha soltado un misterioso “Tendrás noticias suyas y sabrás lo que tienes que hacer” He venido todo el camino pensando en que, al no dominar el idioma, quizás habría querido decir “noticias nuestras”, refiriéndose a ellos mismos. Por la tarde he salido de dudas. Efectivamente se refería a “noticias suyas”, del paisano. Me ha quedado claro cuando ha entrado por la puerta del despacho, retorciendo la boina como si quisiera exprimirla como sus naranjas. Señor Enrique…soy Natalio y tengo que hablar con usted.

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Se ha colado en el despacho y se ha sentado a mi lado muy azorado. Me ha soltado una parrafada sobre sus naranjos y la tierra donde están, que han pertenecido a su familia por generaciones. Que qué se ha creído el ruso ese, que la suya siempre ha sido tierra de naranjos y ‘Perdigones’ —nombre con el que, al parecer, se conoce en la zona a su familia—. Que él tiene ya sesenta años y que nunca había visto semejante desfachatez y que se morirá en sus tierras, como lo hizo su padre y su abuelo y el abuelo de su padre y el padre de su abuelo, que era el mismo —me aclara—. Que le ha dicho el ruso que se las quiere comprar, que le interesaba hacerlo y que si no se fiaba de él que hablase conmigo. Que usted sabrá aconsejarme.

Le he aconsejado como mejor he sabido. Los años de experiencia en estas negociaciones se dejan ver ahora de nuevo. Me he sorprendido a mí mismo.
Media hora después Natalio el perdigón ha salido del despacho convencido de que la venta de sus tierras al ruso es la mejor de las opciones, de que sesenta años son muchos para el campo, de que ya es hora de que descanse y viva la vida; y de un montón de cosas que se me han ido ocurriendo sobre la marcha.
He estado a punto de sentirme mal por ello, pero se me ha pasado enseguida pensando en la recompensa con que Alexei premia este tipo de servicios.

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© Víctor J. Sanz