Enrique Cido, capítulo 8: Cualquier tiempo pasado

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Cualquier tiempo pasado

Hoy me han despertado muy temprano, más incluso que de costumbre, que ya es decir. La madre de Mateo, la señora Jacinta, parece llevar horas despierta. No para de hablar y se mueve rápida como un torbellino dejando a su paso un reguero de orden y limpieza. Su esfuerzo me hace sudar a mí más que a ella misma. Dejo de mirarla.

Con muchas más consonantes que vocales, he alcanzado a preguntarle el motivo de tal trajín mañanero. Que hoy es el día de la inauguración, que hay que ir, que van todos, que si no, luego hablarán. Que hay que ir, ¡ea! No tengo ni idea de lo que me está hablando. A esas alturas, y por muy dormido que esté, ya llevo en Faisans el tiempo suficiente como para estar sobre aviso de cualquier acontecimiento que pueda generar entre mis vecinos tal excitación y tal obligación de acudir. Que si estará don Gumersindo, el cura. Y don Timoteo, bueno, que a ese pájaro ya le conozco el piar. Que si vendrá “el mulo”, y… ¿”El mulo”? Que si ¡acabáramos!, que si no conozco al “mulo”, que todos le conocen, que si unos más que otros, que si unos de cerca y otros de lejos, que si unos por delante y otros por detrás, que si unos tarde y otros temprano. Las explicaciones de Jacinta no me aclaran gran cosa. Sigo sin saber quién es “el mulo”, pero no me inquieta porque estoy seguro de que no me voy a quedar sin saberlo. En un pueblo como Faisans, de apenas mil quinientos habitantes, un secreto es una noticia que conocen todos menos uno, y dado que el tal “mulo” no me toca en nada, no hay duda de que tal secreto pasará por mis oídos quiera o no. Lo que ellos no saben es que pasará por mis oídos, sí, pero de largo, no tengo necesidad de tener en la cabeza las mismas cosas que tienen ellos, porque tengo la sospecha de que eso me conduciría a una vida semejante a la que llevan ellos, y eso no entra en mis planes.

Dos horas más tarde, cuando el descomunal bolo alimenticio del desayuno que me ha servido Jacinta empieza a encontrar acomodo en la barriga, he conocido al mulo. Nadie me lo ha dicho. No ha hecho falta. Poco después lo he comprendido. He visto sus cejas. Y el pelo de su bigote. ¡Oh!, sí, su bigote. Parece estar hecho de pelos de mulo, yertos, desobedientes, como la metralla de un cartucho de caza a medio explotar. Con el tricornio en lo alto de la cabeza tapándole gran parte de una odiosa extensión de pelo animal, el sargento de la Guardia Civil viene muy estirado, como si no hubiera separado la percha de la camisa antes de ponérsela. Con él, efectivamente viene don Gumersindo y el alcalde, tal y como vaticinó Jacinta.

Todos los del pueblo estábamos convocados ante las puertas de una casa encalada, cuya entrada estaba al final de tres escalones desiguales y, encima de la puerta, pintadas con pintura negra y sin molde, tres letras: BAR.

Está en la plaza del pueblo, casi enfrente de la tasca Manolo, cuyo parroquiano de cuatro patas aún persigue mis ensaladas en sueños.

Eso explica que estemos todos menos el propio Manolo.

Ha colocado una cinta de tela azul brillante de lado a lado de la puerta del BAR. Timoteo pronuncia unas palabras, que todos aplauden. “El mulo” carraspea, y todos dejan de aplaudir. Después, el padre Gumersindo pronuncia una oración pidiendo que Dios bendiga este local y a su dueño y alguna que otra bendición más que no entiendo muy bien y, por último, Timoteo corta la cinta y todos aplauden. Menos Manolo, que se da la vuelta y se mete en su tasca, mascullando en etrusco. Esa sensación mía de que estaba viajando en el tiempo tres o cuatro décadas atrás, la veo ahora, no solo confirmada, sino también reforzada. Ahora pienso más bien en seis o siete décadas atrás. Casi recién terminada la guerra. Y me parece ver herrumbre material y humana por todas partes. Empiezo a dudar de las palabras que tanto repetía mi padre: Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si me mimetizo bien en este entorno, en poco tiempo conseguiré pasar completamente inadvertido para cualquiera que pudiera venir a buscarme desde algún juzgado de Madrid.

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© Víctor J. Sanz