El escritor ha llegado a su localidad

¡Ha llegado a su localidad eeel escritor!

Escribir no es cosa fácil. Un@ no se levanta y se pone a escribir así como así, bueno, los escritores sí, aunque no todos. Incluso hay gente que madruga y mucho… ¡para escribir! Créanme. Pero también hay quienes remolonean en la cama, porque pueden. Otros remolonean sentados frente a su ordenador porque quieren —redes sociales creo que lo llaman—. También hay quienes a pesar de todos los estímulos exteriores se dejan seducir antes y mejor por el estímulo de escribir ficción, que no es nada despreciable. La periodista y escritora Teresa Viejo, por ejemplo, afirma que escribir ficción es el juego más perverso y adictivo que conoce. Para cada quien será de una manera, un sentimiento distinto, una necesidad diferente, pero hay quien se dedica a escribir, eso es seguro. Y, ¿para qué?, se preguntarán muchos, si no se lee tanto como se escribe. Como quiera que escribir es, en la mayoría de los escritores, además de un placer, una necesidad, se seguirá escribiendo, por más que exista o aumente incluso esa diferencia entre lo escrito y lo leído.

Pues créanme si les digo que además de luchar contra esa desaconsejable costumbre de no leer, los autores deben lidiar contra otra amenaza yo diría que hasta más peligrosa. Me refiero a la forma en que algunos escritores deciden comercializar sus creaciones, concretamente en la plataforma digital Amazon. Hay quienes lo hacen de una forma tan parecida al regalo que dan escalofríos. Y yo me pregunto, ¿en tan poco valoran el fruto de su trabajo intelectual?, ¿cómo pretender que el lector valore el trabajo del escritor si él mismo lo valora en tan poco?

Fuera ya de la oferta de lo que no es lectura propiamente dicha, es decir, fuera de los libros más vendidos, el cine, la TV, las redes sociales, las redes antisociales…; es tan grande la oferta de lectura a un precio “tan competitivo” que el lector tiene verdaderamente difícil discernir entre quienes publican a precios tan bajos como el valor de su obra y quienes lo hacen así pensando erróneamente que se trata de una buena estrategia e incluso dedican esfuerzos realmente grandes a difundir sus obras en las redes sociales bajo la fórmula “mi libro por solo  1 €uro“.

El escritor ha llegado a su localidad

Tal es la proliferación de este perfil de escritor que en tan poco valora el arte de la creación literaria, que me cuesta hercúleos esfuerzos creer que todavía ninguno de ellos haya lanzado abiertamente a explotar la técnica comercial del afilador, esto es, el volante en una mano y el megáfono en la otra, barrio por barrio, y pueblo por pueblo, anunciando sus libros, como el afilador anuncia sus servicios.

¡Ha llegado a su localidad, eeel escritor!, relatos, cuentos, novelas, poemas, ¡eeel escritor!

Quizás me equivoque y muchos ya hayan iniciado ese camino. Cuando lo hagan el lector estará de enhorabuena ya que gracias a ello tendrá más fácil discernir entre unos escritores y otros y así, elegir en conciencia. Lo que parece indudable, se mire como se mire, es que vender los libros al precio mínimo (sigo preguntándome qué pasaría si no hubiera un mínimo), no hace sino denigrar el oficio de escritor y, por extensión, a quienes nos empeñamos en hacer de él algo digno.

Víctor J. Sanz

Enrique Cido, capítulo 4: Viaje a Michelingrado

Viaje a Michelingrado

Enrique Cido, capítulo 4: Viaje a Michelingrado >>

La segunda noche sobre ese colchón de lana del infierno ha sido mejor que la primera. Las primeras noches en camas extrañas siempre son las peores, luego uno se hace a todo. No hay lana, por dura o áspera que sea, a la que uno no pueda acostumbrarse. Antes de dormir me hice una especie de nicho en el centro del agresivo colchón. Me imaginé como un perrito caliente en medio de un mullido pan, solo que no era pan ni mullido. Supongo que eso me ayudaría a conciliar el sueño. Eso y haber escrito la carta. 

Cuando volví a la casa por la noche venía contrariado por todo lo que había podido ver durante el día, en contraposición, claro está, a todo lo que había imaginado que vería. No había contado con un alcalde como Timoteo, tan impermeable a los cambios, así se lo decía al Secretario de Organización del Partido en mi carta. Tampoco había contado con que mi despacho habría de estar compartido y mucho menos con un concejal de la oposición, uno de esos radicales que solo hablan de cultura y de derechos sociales. Anoche empecé a pensar que esta salida al asunto de Madrid no era sino un castigo para mí. Mis planes de alcanzar cuanto antes un estatus desde el que poder ingresar quinientos euros por hora parecen difuminarse.

Escribí la carta como resultado de pensar y repensar cómo plantearía yo mi, digamos, incomodidad en Faisans. Dudé si enviar un correo electrónico, pero mientras esperaba conexión entre el lugar más alejado de la civilización en el espacio: el satélite y el más alejado de la civilización en la Tierra: Faisans; tuve ocasión de releerlo y lo encontré muy frío. También descarté una conversación telefónica: no encontré apropiado asaltar a alguien casi a medianoche y contarle todos mis problemas y pretender además que me escuchar. Así que decidí escribir una carta ¡a mano!, casi por sometimiento a esa poderosa sensación que le atrapaba a uno en Faisans de haber viajado cincuenta años atrás en el tiempo. Al menos, el hecho de escribirla me alivió en cierto grado la incomodidad que fui acumulando durante el día. He decidido dejarla en el cajón durante unos días; cuando tenga más información de todo lo que me espera valoraré si enviarla a Madrid o si llevarla yo mismo junto con mi renuncia.

Después de uno de los desayunos de Jacinta uno se enfrenta a un nuevo día con ánimos hasta para las cargas más pesadas. Aún no he tenido ocasión de probar su comida, pero viendo las proporciones del desayuno entiendo mejor las siestas de Mateo sobre la mesa del despacho. Normal.

He salido con tiempo suficiente para reunirme con el alcalde en la puerta de su casa. No termina de convencerme eso de vernos así, parece que estuviéramos haciendo algo malo. Aunque eso que dice de ir a ver a los que realmente mandan aquí en Faisans no me hace albergar buenos pensamientos. Me tiene intrigado eso de Michelingrado. Me suena a ruso o algo así. Tengo entendido que por toda la costa se han establecido los nuevos ricos rusos, gente que hizo su fortuna, según algunos, de formas poco o nada legales.

A pesar de haberse puesto traje, Timoteo sigue pareciendo un aficionado a electricista venido a menos. Hoy parece que se ha levantado de buen humor, confío en que no sea por el traje, aunque cualquiera sabe. Por mi parte, con evitar los molestos reflejos que emite su tela ya tengo bastante. Timoteo ya no me mira como si fuera tonto o como si tuviera algo que perdonarme, me mira más bien como si estuviera a punto de darme una clase magistral

Le pregunto qué es Michelingrado. Me mira de reojo como si me encontrara culpable de no saberlo; lo hace mientras coloca el espejo retrovisor de su furgoneta. Mal se me tiene que dar si antes de un mes no le pongo al volante de un todoterreno. Qué menos para un alcalde, me digo. Una sola recalificación de terrenos da mucho de sí. El alcalde no contesta y yo desisto de preguntar más.

Hemos salido del pueblo y siguiendo camino hacia la costa, hemos superado una suave colina desde la que se ve el mar. El paisaje no cambia mucho, pero se abre de par en par. Se ven viñedos, naranjos, limones. A la vista de esto, Faisans me parece más todavía el resultado de un severo aislamiento.

Llegamos a lo que parece una urbanización de lujo. Para llegar a esa conclusión me baso en lo que me sugiere un cartel en caracteres rusos que hay a la entrada. El cartel muestra un lujoso chalet, una joven sonriente en bikini sujetando una copa y una cifra alarmante en euros.

Bienvenido a Michelingrado, me dice el alcalde; pero me previene de que no lo diga delante de ellos, que son muy sensibles. No hemos recorrido ni cien metros cuando un par de matones nos salen al paso impidiéndonos continuar. Se asoman y parecen reconocer a Timoteo, por radio avisan de su llegada bla, bla, bla, Timoteo, bla, bla. Timoteo sonríe. Los grandullones se hacen a un lado y nos indican que podemos seguir. Mientras avanzamos intento verles por el retrovisor de mi lado. Son realmente enormes y por su gesto no parecen tener muchos amigos por voluntad propia.

Nos paramos ante un impresionante chalet que se me sale del ángulo de visión por los dos lados. Bien. Esta gente es la que puede poner a Faisans en la primera división de los municipios españoles. Para mi sorpresa sale a recibirnos un enorme ruso, casi más ancho que alto. Luce una camisa abierta con aspiraciones de hawaiana pero de un gusto nunca aprobado allí. De una gruesa cadena dorada cuelga sobre su pecho un medallón donde caben los nombres de todos los rusos caídos por la patria. Sus características físicas dan pleno sentido al apodo con el que se conoce en Faisans a esta urbanización.

Nos invita a entrar, pero antes debemos limpiarnos los zapatos sobre un felpudo rojo con una hoz y un martillo. Él también lo hace, después de nosotros, y luego escupe sobre el felpudo. Maldice el comunismo y nos sonríe abiertamente. Por empatizar, yo también escupo sobre el felpudo. No parece gustarle, grita algo en ruso y al poco aparece una mujer del servicio que se lleva el felpudo, según me explica Timoteo, a lavar.

Todo lo que hay en la casa confirma que el ruso tiene dinero, y que lo tiene en cantidades inversamente proporcionales a su gusto en la decoración. Columnas griegas y las pieles de guepardo enmarcan la zona de los sofás. Sobre la mesa un extraño cenicero. Se da cuenta de que me quedo mirándolo y me dice que está hecho de cuerno de rinoceronte blanco.

—¿Quién es este? —Pregunta el ruso mirándome y olisqueándome con el hocico. Sus maneras me confirman que cuando quiso hacer la carrera diplomática no quedaban plazas.

Timoteo le explica que soy experto en urbanismo y al ruso se le enciende la mirada. Me pregunta si sé lo que es una recalificación. Claro que lo sé, le digo. Ahora se le enciende una sonrisa de diente de oro. Hago un esfuerzo y sonrío también. Si alguien en Faisans y sus contornos me puede poner en la senda de ganar quinientos euros por hora, es ese ruso descomunal. Michelingrado; después de todo tienen sentido del humor en Faisans.

 

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© Víctor J. Sanz

"El escritor, anatomía de un oficio" Nº 1 en ventas en el Día del libro

“El escritor, anatomía de un oficio” Nº 1 en ventas en el Día del Libro

El libro “El escritor, anatomía de un oficio” es hoy, Día del Libro, el número 1 en ventas en su sección >>

“El escritor, anatomía de un oficio” está siendo recomendado por distintas escuelas de escritores.

"El escritor, anatomía de un oficio" Nº 1 en ventas en el Día del libro
“El escritor, anatomía de un oficio” Nº 1 en ventas en el Día del libro

El libro “El escritor, anatomía de un oficio” es un estudio pormenorizado de todos los aspectos que afectan al desempeño del oficio de escritor. Se analiza todo lo relacionado con la escritura de ficción, su planteamiento, su desarrollo y, por supuesto su corrección. Ofrece un estudio detallado de aspectos tan fundamentales en la escritura de ficción como la trama o la construcción del personaje.

La obra recoge un total de 107 artículos con:

  1. Consejos sobre redacción de ficción
  2. Análisis de técnicas literarias
  3. Análisis estructurales de las obras de ficción
  4. Análisis sobre el personaje
  5. Análisis sobre la trama
  6. Análisis sobre los errores comunes y cómo evitarlos
  7. Ejercicios prácticos
  8. Ejercicios de escritura creativa
  9. Ejercicios antibloqueo
  10. Recursos para escritores
  11. Batería de recomendaciones sobre la posproducción de una novela
  12. Reflexiones sobre el oficio de escritor
  13. y mucho más…

Quienes lo han leído lo han encontrado útil y práctico. Si estás interesad@ en escribir ficción, si es tu pasión pero tienes dudas, inseguridades o simplemente no has tenido oportunidad de acercarte mucho a este mundo como te hubiera gustado, este libro te ofrece la oportunidad de hacer incursiones en asuntos muy concretos que pueden encarrilar tus letras de forma segura.

Que nadie se engañe, este libro no contiene fórmulas mágicas que conviertan a nadie en escritor. A escribir no se puede enseñar, pero sí se puede aprender, este libro te ayuda a aprender a escribir ficción. Si tú también estás interesado, puedes saber más de él aquí.

Como muestra de ello, consulta este artículo donde podrás calibrar si el contenido del libro te puede interesar.

¡Gracias!

10 consejos para escribir ficción

10 consejos para escribir ficción

10 consejos para escribir ficción >>

Escribir ficción requiere de unas condiciones especiales sin las cuales es casi imposible conseguir hasta el más pequeño éxito. ¿Qué se necesita para escribir ficción?

1. Una idea

Si no tienes una idea, no te preocupes, mientras llega, lee, haz ejercicios de escritura, practica los diálogos, escribe un diario…, finalmente la idea llegará. Cuando lo haga, ábrele la puerta y deja que elija el sitio más cómodo, si prosa, prosa; si verso, verso… No es tu idea, sino que tú eres su escritor. No la has elegido, te ha elegido ella a ti.

2. Un estilo propio

 No busques tu estilo entre tus escritores favoritos. El estilo es “implagiable”, no se puede copiar sin ser descubierto de inmediato. No busques tu estilo fuera de ti, pues nadie puede escribir como tú.

3. Empatía

Solo teniendo acceso a un alto grado de empatía podrás trasladar al lector los sentimientos más altos y más íntimos de tus personajes. En ello radica su credibilidad (y la tuya) y el interés que despiertes en el lector. Para construir personajes “increíbles” tienes que hacerlos creíbles. Si no tienes empatía, no te preocupes, siempre encontrarás hueco como guionista en algunas series de televisión.

4. Aislamiento

Aislamiento no significa soledad, puedes escribir en la cafetería, por ejemplo; pero aíslate de todos los ladrones de tiempo, especialmente de las redes sociales. Por cada tuit ingenioso que publiques, Dios borra de tu novela una de sus mejores frases.

5. Algo que enseñar

Es imprescindible que el texto contenga alguna enseñanza, siquiera sutil, pero al mismo tiempo quien escribe debe aprender algo de lo escrito; el texto debe constituir una transformación en ambas partes: escritor y lector. Sin este conocimiento, sin esa transformación la escritura no tendrá gran valor.

6. Libertad

Es muy recomendable escribir en absoluta libertad, pues de la libertad nace el mejor arte. Si estás sujeto a fechas, a un tema, a una extensión, a Dios sabe qué promesa, condición, opinión o deuda…, el resultado de tu escritura se resentirá. Por ejemplo, si tienes comprometida una fecha de entrega, lo mejor es organizarse, esto te ayudará a evitar sentarte a escribir como obligación. La escritura ha de ser una elección.

7. Cuida el verbo

Habrás de cuidar la palabra. Para cada ocasión existe una palabra perfecta, no dejes de buscarla hasta que la encuentres. Haz que tus personajes hablen con propiedad, si hacen el ridículo, todos sabrán que tú estás detrás. No utilices palabras muy rebuscadas, eso no hace mejor tu escritura. Mejores palabras no siempre hacen mejores textos. Hay ocasiones en que utilizar dos adjetivos para el mismo sustantivo puede estar justificado, pero cuando siempre utilizas dos y hasta tres, el lector se va a dar cuenta muy pronto de que tienes un serio problema al escribir.

8. No te enrolles

Si tu objetivo es contar una historia, limítate a eso: cuenta una historia. Lo que puedas escribir en dos líneas, no lo escribas en cinco.

9. FIN es el comienzo de todo

Escribir la palabra FIN es solo el comienzo del trabajo. Una vez terminada la redacción de tu texto de ficción, has de repasarlo tantas veces como sea necesario. No tengas miedo de meter la tijera, de limar y de pulir todo aquello que sea susceptible de ser mejorado. Puede que no te agrade esta tarea, pero el lector sí te lo agradecerá.

10. Escucha al lector

Escucha a tus lectores. Aunque ellos no sepan cómo arreglarlo, sí que saben qué has hecho mal. Esto te ayudará a prevenir los mismos errores en futuros textos.

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10 consejos para escribir ficción © Víctor J. Sanz

 

Entrevista con el alcalde

Enrique Cido, capítulo 3: Entrevista con el alcalde

Enrique Cido, capítulo 3: Entrevista con el alcaldeEnrique Cido, capítulo 3: Entrevista con el alcalde >>

Amanece en Faisans, es una bendición. Cualquier cosa después de ese colchón de lana es una bendición. Un amanecer en calzoncillos en el mismísimo Polo Sur hubiera sido una bendición. La lana apelotonada dentro del colchón, desplazando mis costillas a lugares ya ocupados anteriormente por órganos vitales, me ha retrotraído a la niñez. A esas edades los recuerdos se almacenan entre algodones de azúcar, incluso recuerdos como ese. Me desperezo casi con violencia, necesito cada costilla en su sitio lo antes posible.

Ese olor a cabra no perdona ni el fresco de la mañana. Jacinta, la casera, que sí sabe bien cómo son las puertas de las casas de Faisans la aporrea con fuerza. Me trae el desayuno: huevos fritos con jamón, algo de panceta, unas pocas migas, un vaso de leche recién hervida —otra vez la niñez—, un buen pedazo de pan, mantequilla y miel. Todo ello en lo que aquí se tiene por una ración individual. Es gente recia la de Faisans.

Se da la circunstancia de que Jacinta, a quien tengo por mi casera y no porque lo sea, es al mismo tiempo la madre de Mateo, mi compañero de despacho, por llamarlo de alguna manera, a él y al despacho. Digo que la tengo por mi casera porque en cuanto llegué a su casa, la única de todo el pueblo en la que conseguí alojamiento — y gracias a la intermediación de Mateo—, le prometí que se lo pagaría todo religiosamente. Le hizo gracia lo de religiosamente, decía que no me veía a mí muy religioso. Intenté explicarle, una sola vez, que no era más que una frase hecha; desistí.

Esta mañana tengo que verme con el alcalde. Me han dado su dirección: No tié pierde, a l’espalda la Casa-la-Cultura. A la’spalda misma. Mientras voy en busca de la Casa de la Cultura me pregunto por el uso que le darán. No debe tener pierde porque el pueblo es muy pequeño. Al cabo de algunas esquinas me encuentro fuera del pueblo, ya no hay casas. Me vuelvo y pregunto al primero que me encuentro, es un guardiacivil. No muy convencido sobre dónde queda la Casa de la Cultura me ofrece como alternativa indicarme dónde queda la Casa de Agricultura. Rechazo amablemente su ofrecimiento. Caminando por entre las estrechas calles del pueblo llego hasta una casa de una sola planta y pulcramente encalada. Sobre su enorme puerta de madera se puede leer “Casa de la …ltura”. El tiempo y quizás el desuso han convertido la Casa de la Cultura en la Casa de la casi Cultura, por apenas dos letras. Curioso, me asomo a una de las ventanas para ver si veo algo, me hago a un lado para dejar pasar un poco de luz, pero ni la luz quiere entrar ahí. Lo dejo para más tarde.

A la’spalda misma de la Casa de la Cultura no hay ninguna casa. Una de tres, o la dirección que me han dado no es correcta, o no la he entendido bien —esto es posible— o esto no es la casa de la Cultura —esto es lo más posible—. El alcalde me dijo que nos viéramos en su casa, que en el Ayuntamiento las paredes oían. Antes de que pueda pensar sobre cómo encontrar al alcalde, un paisano me aborda. ¡Eh!, nuevo, sí tú, el de Madrid, me dice. Que si me he caído de la cama. Debe pensar que en Madrid no se madruga. Le digo que busco al alcalde. Después de mirarme raro y soltar una carcajada, me dice que dónde lo voy a encontrar si no es en su casa, a la’spalda misma de…, no diga más, de la Casa de la Cultura, concluyo su explicación. Me dice que a esa hora él no tiene ganas de bromas, que si ya lo sabía que para qué pregunto. Le señalo la “Casa de la …ltura” y suelta otra carcajada. No, hombre, me dice, esa es la Casa de Agricultura. Por lo visto, Madrid no da p’a tanto, no te enteras ¡eh!. No parece percibir mi gesto de desagrado por su comentario y sacude la cabeza mientras me mira compasivo. Algo en mi interior me recomienda paciencia. La Casa de la Cultura es aquella otra de allí, pues a la’spalda misma lo encontrará. Se aleja de mí meneando aún la cabeza. Poco a poco intentaré entender a la gente de Faisans, debo integrarme lo antes y lo mejor posible, por lo menos hasta que escampe la tormenta que me alejó de Madrid a toda prisa.

Siguiendo las simples indicaciones del paisano no tardo en dar con lo que parece la casa del alcalde. Es una casa sencilla, demasiado humilde para un alcalde creo yo.  Será una de las primeras cosas que cambie con mi gestión. En la puerta hay una escalera de tijera que se levanta hasta por encima de la puerta. Encima de ella se sostiene milagrosamente un hombre corpulento. Anda enredado entre unos cables y prefiero no molestarle.

—¡María!, dale a los plomos, a ver si va ahora.

—¡Ya va! —Grita una mujer desde dentro de la casa.

—Disculpe —ahora que ya va, me atrevo a interrumpir al hombre la escalera— ¿dónde podría encontrar al alcalde?

El hombre me mira antes de bajar por la escalera temblona.

—Por lo visto, Madrid no da p’a tanto, ¡eh! —Me dedica una mirada condescendiente— Soy Timoteo, el alcalde y tú, no me lo digas, un lince no eres, ¿no? —Asumo su comentario en la esperanza de entender algún día por qué debería haber diferenciado a un paisano de otro. Por el momento, todos me parecen iguales.

—Soy Enrique Cido, su nuevo asesor inmobiliario. —Ahora su mirada ya no es de una inocente condescendencia sino que tiene algo de perdón y de desagrado.— Me envía el…

—Sí, lo sé, te envía el partido. Habrán pensado los señoritos que me hace falta ayuda para llevar mi pueblo.

Intento explicarle que no se trata de que lo esté haciendo mal, sino de que hay que hacer cosas nuevas para las que necesitará ayuda. Cosas grandes que engrandecerán al pueblo de Faisans. Cosas que impulsarán económicamente al pueblo.

—¿Qué es eso de impulsar económicamente el pueblo? Aquí la gente tiene lo que necesita, a nadie le falta nada. Dime, marto pequeño, ¿para qué crees tú que este pueblo necesita un auditorio?, ¿quién crees que vendrá aquí a dar un concierto?, es más ¿quién crees tú que irá a ver ese concierto?, entre personas y cabras difícilmente podríamos llenar las gradas de que hablas.  —Empiezo a pensar que mi trabajo aquí no empieza de cero, sino mucho más abajo. Los relojes se me paran mientras el alcalde sigue su perorata: que si su gente, que si las casas, que si las cabras, que si esos señoritos de Madrid, que si aquí quien manda es…— Entonces, ¿mañana vienes a buscarme a la misma hora?

—¿Para qué? —Le digo desorientado.

—¿Cómo que para qué? —Suelta una sonora carcajada tras la que me prometo a mí mismo estar más atento cuando me hable— Ya te lo he dicho, mañana iremos a ver a los que mandan aquí. Mañana iremos a Michelingrado.

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© Víctor J. Sanz

Las novelas deshilachadas

Las novelas deshilachadas

Las novelas deshilachadas, por Víctor J. Sanz >>

Las novelas deshilachadasCuando empezamos a leer una novela somos todo ojos, oídos, olfato y tacto. Gusto no, conozco a muy pocas personas que no tendrían reparos en aplicar este sentido a los libros, pero alguna conozco. A pesar de todo, cuando un libro nos gusta, preferimos utilizar el verbo “devorar” para referirnos a la forma asalvajada y ansiosa en que lo leemos. Desde la primera página, especialmente la primera, prestamos atención a cada detalle que el autor nos ofrece, porque por el momento no sabemos sabemos si tendrá o no trascendencia en la historia. Almacenamos cuidadosamente los nombres de los protagonistas, de los lugares, de los objetos que se nombran, porque creemos que si se nombran será por algo… Almacenamos fechas, diálogos, gestos, relaciones…, todo puede ser importante, aún no lo sabemos.

Con el paso de las páginas, de manera inevitable, algunos de esos elementos se nos van quedando en el tintero. Bien porque vamos comprendiendo cuáles eran importantes y cuáles solo para ambientar; bien porque la historia “se ha ido” aparentemente tan lejos de ellos que no esperamos que vuelva pronto o, el peor de los casos, porque el escritor se ha olvidado de ellos. Hay veces en que los escritores ofrecen una información muy detallada de algo a lo que, como lectores, empezamos a dar importancia, tanta como le da el autor en su narración, pero luego, luego se queda en nada porque surge lo que es verdaderamente importante, lo que de verdad nos va a llevar al meollo de la historia.

Estos hilos discontinuados por el autor le hacen perder a la trama fuerza y vistosidad; pero además genera en el lector una duda constante sobre el resto de hilos expuestos en la trama. Los núcleos narrativos donde se encuentran estos hilos sin continuidad son los que Howard Mittelmark llama los tumores benignos, porque se pueden quitar por completo sin que la novela sufra pérdida alguna, antes al contrario, ganará mucho con su ausencia.

Así que ya sabéis, autores, no tengáis miedo de meter el bisturí, vuestra novela lo agradecerá, pero sobre todo lo agradecerán los lectores.

Las novelas deshilachadas

Las novelas deshilachadas © Víctor J. Sanz

Enrique Cido, capítulo 2: Despacho para dos

Enrique Cido, capítulo 2, Despacho para dos >>

Enrique Cido, capítulo 2, Despacho para dos >>

He comido en Tasca Manolo. Confirmando mis sospechas no todos sus parroquianos tenían dos patas, me ha costado lo mío mantener alejada de mi ensalada a una cabra de la que se hacía acompañar un cliente. No le va a comer, me decía el dueño con sonrisa mellada. La cabra no parecía interesada en mí tanto como en mi ensalada, desde luego. La comida me ha recordado, aunque muy de lejos, a la que hacía mi madre, que en paz descanse. Una comida muy de la tierra, de mi niñez. Aún no había terminado de comer cuando se ha puesto en marcha lo que parecía ser “la partida”, que consistía en un ensordecedor desfile de fichas de dominó sobre la mesa de formica con esqueleto metálico. Poco después de que comenzara, las voces de los jugadores me hicieron añorar con vehemencia el ensordecedor desfile de fichas de dominó sobre la mesa. Uno de ellos era especialmente vocinglero y sus valoraciones del juego provocaban incesantemente a los demás. No te pongas tonto, le decían, que ya sabes que aquí somos todos iguales. En cualquier caso, mañana buscaré un sitio menos…, buscaré un sitio más…, en fin, buscaré otro sitio donde solo pazcan humanos y no conozcan el dominó. La cabra es la única que se ha dado cuenta de que me he marchado y lo ha celebrado sobre los restos de mi ensalada.

Después de comer acosado por la cabra envidiosa, he ido a ver al cura, don Gumersindo me han dicho que se llama, pobre. Estaba muy atareado con los preparativos de una boda que, me dice, tiene para el sábado. Los novios estaban en la sacristía con él y le han entregado algo de dinero que Gumersindo ha guardado en el cajón de la mesa. Cuando han salido, me ha mirado de arriba abajo, le he dejado ver la esquina de las noticias verdes con ceros que traía para él y enseguida ha reaccionado: yo te conozco, tú no eres el de la… He intentado decirle que soy el hijo de Venancio el “marto”, pero los ceros de mis noticias han producido interferencias en las comunicaciones. Mi padre era conocido como “el marto” y toda nuestra familia como “los martos” porque varias abuelas atrás, una de ellas se llamaba Marta. A decir verdad, no sé si el párroco habrá reconocido en mí a uno de los “martos”, pero el caso es que, como si fuera un prestidigitador, al cabo de un rato, las noticias con ceros habían pasado de mi agencia a la suya sin apenas darme cuenta. Se ha colocado de espaldas al altar para contar mejor los billetes y luego me ha despachado sin muchas contemplaciones. Espero que sea tan bueno perdonando pecadillos como recibiendo las buenas noticias.

Cuando he ido al ayuntamiento para presentarme al alcalde, no he visto a casi nadie allí, me ha dado la sensación de estar entrando a hurtadillas en una casa familiar un tanto grande y deshabitada. De una de las puertas me llegaba un ruido que, en un principio, no he sabido identificar. A ratos sonaba como un taladro con percutor, a ratos como un secador de pelo en posición tornado tropical. A medida que me he ido acercando lo he comprendido: la comida de la Tasca Manolo produce digestiones pesadas. Empiezo a pensar que hubiera estado mejor compartir mi comida con esa cabra, ella tiene mejor estómago que yo. La habitación de la que sale ese ronquido, producto sin duda del telurismo, es una habitación pequeña y más bien estrecha. Está ocupada casi por completo por una mesa y una silla en cada extremo, porque de otra manera no cabrían. Al fondo hay unas estanterías desvencijadas y algunos trastos sin orden ni concierto, como si hubieran sido amontonados allí por una riada.

Como ese hombre era la única persona que parecía estar allí a esa hora y como nada perdían mis oídos si cesaba su ronquido, he atizado bien fuerte la puerta con los nudillos intentando despertarlo. Nada. Las puertas de Faisans nada tienen que ver con las de Madrid, tienen más en común con lo que en Madrid conocemos como paredes. Se me ha escapado un berrido que ha despertado al hombre roncador. Ahora sí. Hola, soy Enrique Cido… el nuevo asesor de… Le ha tomado casi un minuto de silencio pastoso dejar de mirarme como si formara parte de su sueño. Después ha bajado los pies de la mesa y se ha aclarado la voz.

 —Soy Mateo…, concejal de Cultura. —Ha dicho por fin.

 —Yo soy Enrique, el nuevo asesor de urbanismo.

 —¡Ah!, sí. Enrique Cido, el hijo de Venancio el “marto”, el alcalde ya me dijo. —Mateo me ha mirado con complicidad, como buscando en mí a un amigo de la infancia por recordar. No lo iba a encontrar. Yo solo venía en verano y en Faisans en verano había demasiada gente como para acordarse de todos. Yo no me acuerdo de él.

 —Dígame, ¿dónde puedo encontrarle?, al alcalde quiero decir.

 —¿El alcalde?, a estas horas estará en Manolo jugando la partida.

 —Comprendo ¿Usted no sabrá por casualidad cuál es mi despacho? —Mateo ha resoplado y se ha incorporado en la silla.

 —Es este —me dice extendiendo el brazo y mostrándome la enorme extensión del cubículo.

 —No entiendo, si es mi despacho, ¿qué hace usted en él…, y durmiendo…, y con los pies encima de la mesa? —Le he preguntado, como preguntan los abogados su pregunta ganadora.

 —Porque también es mi despacho. —He sonreído para anticiparme al descubrimiento de la broma, pero su confusión por mi sonrisa me ha hecho temerme lo peor.  Mateo se ha levantado y se ha cambiado de silla.— Ese es tu sitio —Me dice señalando el sitio que acaba de dejar libre, desde donde había estado durmiendo con los pies encima de la mesa. En el centro de la mesa hay un ordenador, un bloc de notas y un bote con bolígrafos que conocieron mejores tiempos. Enseguida he comprendido que esas van a ser nuestras únicas herramientas de trabajo. Mi objetivo de ganar 500 euros por hora se ha marchado a años luz de donde yo creía que estaba.

 Mateo me ha dedicado una especie de sonrisa amable de bienvenida, nada consoladora, por otra parte. Yo le he dedicado un gesto de cortesía que ha estado luchando con mi absoluto desconcierto por salir a la superficie.

 En cuanto al alcalde, algo me dice que el trabajo de asesoramiento va a ser un poco distinto a como lo había prefigurado en mi cabeza. Primero tengo que rescatar al alcalde, o lo que quede de él, de esas catacumbas de fichas de dominó y ruidos prehumanos.

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