El VIAJE (mención especial en el concurso nacional de cuento, generación. el colombiano

El viaje, un relato de Irene Angel

El Viaje, por Irene Angel

El VIAJE (mención especial en el concurso nacional de cuento, generación. el colombiano). Mi padre se va a veces de casa, al principio lo despedíamos con lágrimas, pero después de un tiempo nos acostumbramos a verlo partir, así que ya no nos preocupamos tanto, sabemos que en cualquier momento regresa. Cuando vuelve llama a mamá y le pide que le ayude a buscar música de Agustín Magaldi, que quiere escuchar Nieve, cantan juntos, él la abraza, le besa la mejilla y le recuerda el día que se casaron.Mi padre se va a veces de casa, al principio lo despedíamos con lágrimas, pero después de un tiempo nos acostumbramos a verlo partir, así que ya no nos preocupamos tanto, sabemos que en cualquier momento regresa. Cuando vuelve llama a mamá y le pide que le ayude a buscar música de Agustín Magaldi, que quiere escuchar Nieve, cantan juntos, él la abraza, le besa la mejilla y le recuerda el día que se casaron. Cuando termina la música, se levanta de su sillón y busca un libro para releer por enésima vez la Revolución Francesa. Al terminar la tarde quiere saber cómo va el mundo y enciende la televisión, en este momento exclama: ¿y dónde estaba yo que no me di cuenta de lo que estaba pasando?, ¡se va a desatar la tercera guerra mundial! Lo miro sonriendo y le digo que andaba en las nubes. Se queda pensando un rato, mira extrañado a mamá y le pregunta ¿usted y yo que somos?, mamá le sonríe, y él dice: si no somos nada ¿por qué la quiero tanto? En ese momento nos damos cuenta que otra vez se fue de viaje, y yo pienso que solo abrió una ventana, miró el mundo, vio que iba de mal en peor y volvió a cerrarla.

El Viaje,  es un relato de Irene Angel

Fuente: Museo de la Palabra

La evolución del personaje en la novela

La evolución del personaje en la novela. La evolución del personaje en la novela debe constatarse al finalizar la obra. Si no se ha operado un cambio significativo en él, la obra no funcionará.Los personajes de una novela no salen de ella igual que entran, no deben. Si nos imaginamos una novela como una ventana espacio-temporal a través de la cuál observamos qué ocurre, qué hacen, qué dicen, o cómo se interrelacionan los personajes, éstos ya traen un bagaje (deben) cuando entran en nuestro campo visual de la ventana imaginaria por la que les observamos. Mientras la atraviesan de parte a parte, si es que consiguen hacerlo con vida, hacen o dejan de hacer cosas y les ocurren o les dejan de ocurrir cosas que los cambian, que los transforman, pues por ello tiene interés el asomarse a esa ventana imaginaria.

Dice Saramago: “Hay personajes de novela que están más vivos que algunos que andan por ahí… que están aquí, vivos, entre nosotros.”

Esa condición vital del personaje que señala Saramago es, el poso, la esencia que queda de esa observación a través de la ventana espacio-temporal que nos brinda la oportunidad de conocer y amar u odiar a los personajes de una novela.

La evolución del personaje en la novela debe constatarse al finalizar la obra. Si no se ha operado un cambio significativo en él, la obra no funcionará.

Ese bagaje inicial del personaje se ve enriquecido, siempre enriquecido pues toda experiencia, hasta la más desastrosa o hasta la que comporte mayor pérdida, es enriquecedora; enriquece con cuanto le acontece durante su paseo por nuestra ventana imaginaria. Esa transformación, siempre a más, aunque acabe de la forma más dañina y desastrosa posible, es la que un escritor debe utilizar como herramienta para hacer de un personaje, un gran personaje y de un gran personaje, un personaje inolvidable.

La medida de esta transformación es también, de alguna manera, la medida del peso y la calidad de la novela. Sin una profunda transformación del personaje es casi seguro no habrá éxito, pero cuidado, que lo haya tampoco es sinónimo de éxito. A esa profunda transformación de nuestro personaje habrán de acompañarle otros ingredientes que hemos tratado anteriormente.

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.

Coger el tono

La redacción de un cuento, hasta la de los más cortos, puede llevar, y normalmente lleva, varias jornadas de trabajo. Qué no decir de las jornadas de trabajo que lleva la redacción de una novela, hasta la de las más cortas. Hay casos en los que se habla de años.

Pero, ¿qué pasa con el tono de la obra, el tono que se está utilizando, el tono del narrador, el tono de los diálogos, el tono general de la ambientación y la argumentación?

Cuando la obra está muy fresca en la mente del autor, muchos de sus elementos también lo están. Igual de frescos a su disposición. Pero no faltan ocasiones en que esto no se cumple. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas. No huelen igual, no saben igual, no suenan igual. El escritor vuelve atrás, un par de páginas, acaso hasta el principio del capítulo, para encontrar o, mejor dicho, para reencontrar el tono.

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.Es cierto que no siempre es posible este reencuentro, especialmente cuando hablamos de obras cuyo tema o protagonista exigen un tono determinado, de cierta profundidad para el que escritor no siempre está preparado, o para el que no siempre es posible reunir las condiciones óptimas. Si hablamos de una historia en la que se suceden con relativa rapidez un sinfín de acontecimientos, será más difícil reencontrarse con el tono cuando el escritor tenga el ánimo más apagado. O si hablamos de una historia en la que se profundiza sobre temas trascendentes, el reencuentro con el tono no será tan sencillo si disponemos de poco tiempo o si el ambiente no es el adecuado.

Coger el tono. Cuando el escritor retoma la redacción de la obra en el punto donde lo dejó la jornada anterior, las palabras, las frases, los párrafos pueden no tener la misma contundencia, la misma textura o la misma frescura que tenían cuando fueron escritas.

Por otra parte, también se dan casos en los que es preciso tomar un poco de distancia para reconocer ese tono, como se aleja uno del bosque para calcular sus contornos. Esa distancia no tiene por qué ser física, ni tan siquiera lejos de las letras, pero sí, obligatoriamente de las letras que nos ocupan. Tal vez leer a otro autor, tal vez leer la prensa, o sencillamente salir a dar un paseo, nos puede proporcionar esa distancia clarificadora.

Este asunto del tono es muy importante porque si no se somete a un estrecho control puede derivar en una obra con altibajos poco atractivos para el lector. Por ejemplo, capítulos basados exclusivamente en diálogos entre capítulos basados exclusivamente en indicaciones del narrador; o pasajes con un aire ligero o hasta cómico entre pasajes profundos o hasta filosóficos. Podría incluso ocurrir que el personaje-narrador se tome la licencia de cambiar su opinión sobre algún personaje en concreto sin que éste último haya hecho nada para merecerlo.

El tono debe ser uniforme, pero tanto que no sea “uniformidad” lo que mejor lo defina, sino sencillez y naturalidad, casi invisibilidad.

Poco a poco, en el desarrollo de la historia en la que vive, el personaje literario deberá ir mostrándose al lector gracias al desarrollo del argumento o a las indicaciones del narrador, o a sus reacciones para con los demás personajes o ante los hechos que se vayan sucediendo.

El personaje literario debe ser como un iceberg

Poco a poco, en el desarrollo de la historia en la que vive, el personaje literario deberá ir mostrándose al lector gracias al desarrollo del argumento o a las indicaciones del narrador, o a sus reacciones para con los demás personajes o ante los hechos que se vayan sucediendo.Cualquier personaje literario, pero especialmente el protagonista de una novela, ha de suscitar interés en el lector por sí mismo, más allá del todo que ha de formar la obra en la que toma vida. Para ello, como decía en otro artículo, todo personaje literario debe tener un pasado, pero no solo de experiencias pasadas viven los personajes. Además, esas experiencias han de dejarles huella, han de marcar su personalidad, derivando en tintes de compleja simplicidad, o de sencilla profundidad, según se mire.

Mirado transversalmente, un personaje literario debería ser (los mejores lo son) como un iceberg. Del que apenas vemos una pequeña parte, pero no vemos, sino que solo sospechamos, la mayor parte de su complejidad.

Poco a poco, en el desarrollo de la historia en la que vive, el personaje literario deberá ir mostrándose al lector gracias al desarrollo del argumento o a las indicaciones del narrador, o a sus reacciones para con los demás personajes o ante los hechos que se vayan sucediendo.

Y tan profundo ha de ser ese iceberg, y tan bien trazado, que ni tan siquiera toda la novela sea capaz de mostrarlo en su totalidad. El personaje, si está bien trazado, ha de trascender la novela que le ha tocado vivir, y seguir vivo en la mente del lector. A ese logro contribuye de forma determinante la profundidad de que lo dotemos.

De esa profundidad que le damos al protagonista, surgirán las mejores y más “novelescas” frases y reacciones. ¿De qué otro modo podrían surgir, si no es de lo más profundo de un personaje bien preparado, bien vivido, bien experimentado.

En su equipaje de iceberg, el personaje ha de llevar también una gran dosis de misterio, no necesariamente misterioso, sino oculto, no desvelado, el misterio ya se lo pondrá el lector al enamorarse del personaje. Este asunto del misterio, de lo no desvelado sobre el personaje literario, es muy delicado, pues hay que caminar por un sendero muy estrecho entre el secretismo y el desnudo integral. En el término medio está el equilibrio de la magia.

El resto del equipaje bien pueden ser elementos que surjan en secuelas de la obra en cuestión, si es que el desarrollo del argumento lo permite y si es que la semilla del recuerdo del personaje en la mente del lector lo exige.

Las listas de los libros más vendidos son un canto a quienes los venden y a sus aparatos mediático y de marketing.

¿Los libros más vendidos o los libros más leídos?

Las listas de los libros más vendidos son un canto a quienes los venden y a sus aparatos mediático y de marketing.Los libros más vendidos es ya una frase hecha, un formulismo. Los libros más vendidos es también una sección fija en muchas publicaciones tanto en papel como digitales. En ella se hace recuento de aquellos títulos que han sido los más vendidos en un periodo determinado de tiempo. Pero, a pesar de que tal vez eso sea lo que pretende transmitir tal lista, ¿debe entenderse que estos libros más vendidos, son también los más leídos?, de ninguna manera.

Para completar la lista de los libros más leídos sería necesario añadir, los libros más solicitados en las bibliotecas, los libros más pirateados, los libros más prestados y, ¿por qué no? los libros más robados. Es más, si la idea es la de listar los libros más leídos, también habría que incluir los libros más releídos. Y eso sin contar con que una relectura no es lo mismo que volver a leer, pues nunca se lee el mismo libro dos veces.

Las listas de los libros más vendidos son un canto a quienes los venden y a sus aparatos mediático y de marketing.

Se podría decir que hay libros entre los más vendidos que, tal vez no estén ni cerca de estar entre los libros más leídos. Los libros más vendidos tampoco tienen correspondencia obligada con los libros más interesantes o de mayor calidad. Los de la lista de más vendidos, podrían ser los libros con más aparato mediático; los libros de las personas más (tristemente) famosas; o los libros de los autores más famosos, que parecen tener asegurada su parte del presupuesto de los más comprados y su espacio en cada biblioteca. Se unen a todos estos casos, los libros de moda, aunque estos, para bien o para mal y por una u otra razón, sí que podrían estar en ambas listas de libros, la de los más leídos y la de los más vendidos.

Otros grandes ausentes de estas listas son los libros más deseados pero no comprados porque la crisis ha ordenado las prioridades de muchas personas en fila india en un pasillo muy, muy estrecho.Teniendo en cuenta las dificultades que entraña la obtención de información fiable en cada caso, comprendo que es difícil que se pueda confeccionar periódicamente una lista de los libros más leídos.

Parece claro pues, que las listas de los más vendidos son más un canto a quienes los venden y sus aparatos mediático y de marketing, que un canto a las letras en sí, que son las que deben ser cantadas.

6 amigos del escritor. La persistencia, la organización, el diccionario y la tijera son algunos de los mejores amigos del escritor.

6 amigos del escritor

Por lo general, los escritores no tienen tantos amigos como enemigos. A menos, claro está, que estemos hablando de un escritor de éxito, que suele tener más amigos que enemigos, y más amigos de los que cabría suponerle en caso de que no hubiera sido alcanzado por el éxito.

6 amigos del escritor. La persistencia, la organización, el diccionario y la tijera son algunos de los mejores amigos del escritor.Pero no hablaremos hoy de amigos físicos, sino de amigos en el sentido de ayudas de las que puede proveerse un escritor en el desempeño de su labor. Anteriormente hemos hecho un repaso escueto de 6 enemigos del escritor, hagamos ahora un repaso de 6 amigos del escritor.

Antes de empezar, es preciso advertir y recordar a quien siga creyendo en romanticismos, que la de escritor es una profesión demasiado idealizada por quienes no lo son.

1.- Persistencia y disciplina

El primer amigo que cabe mencionar, y sin el cuál los otros tal vez nunca vendrían, es la persistencia. Persisto luego escribo; el que persiste la consigue; escribo luego persisto; persisto luego existo y persisto luego éxito. Esta podría ser muy bien la secuencia lógica de los efectos positivos que tiene la persistencia en la vida y oficio de un escritor.

De la persistencia el escritor puede hacer su rutina, su camino, su forma de vida. Los éxitos no llegan solos, hay que ir a buscarlos y, las más de las veces, hay que ir a buscarlos bien lejos.

La persistencia ayuda a un escritor no solo a terminar una obra, incluso las que se enquistan, endurecen y resecan; sino que también le ayuda a mejorar una obra una vez terminada. La persistencia ayuda a un escritor en su búsqueda de la perfección, una búsqueda que no siempre tiene por qué terminar con la perfección absoluta, pero siempre con la perfección máxima a la que pueda aspirar la obra en curso dentro de sus posibilidades.

2..- Organización y disciplina

Otro gran amigo del escritor, suele ser la organización del trabajo. Entre las herramientas que ayudan a un escritor a organizar su trabajo podemos destacar, las fichas de los personajes o los esquemas narrativos.

La persistencia, la organización, el diccionario y la tijera son algunos de los mejores amigos del escritor.

Aunque esto no es compartido por algunos grandes escritores, como ocurre por ejemplo con Juan José Millás, convertido casi en un voyeur de su propia novela, cuando afirma que prefiere ir descubriendo la trama a medida que ocurre ante sus ojos. Creo que ese descubrimiento también puede hacerse durante la realización de los esquemas narrativos, ya que del mismo modo se va descubriendo la trama a medida que tiene lugar. Es cierto que luego, convertir ese esquema en una novela, puede perder un poco de interés, ya que conocemos la historia que vamos a narrar, pero ¿qué es sino narrar esa historia, el oficio del escritor?

3.- El diccionario y la disciplina

El diccionario o, mejor dicho, los diccionarios, deben ser una prenda de vestir más para el escritor. Del mismo modo que uno no suele salir a la calle sin ropa interior, tampoco debiera aventurarse a escribir sin un diccionario a mano. Resultan básicos el de la Real Academia, uno de sinónimos y antónimos; y ya, en segundo término, pero no por ello descartables, uno etimológico; uno de frases hechas; uno de giros y locuciones; uno de parentescos insólitos del lenguaje (*); uno de atentados contra el idioma español (*); uno de incorrecciones, particularidades y curiosidades del lenguaje (*); o incluso un diccionario inverso que permite la búsqueda de un término concreto a partir de alguna de las palabras contenidas en su definición, éste está disponible en la página web: www.dirae.es (acrónimo de Diccionario Inverso de la Real Academia). Aparte quedarán los temáticos que cada obra requiera, como los diccionarios de términos de arte, o de términos históricos, por ejemplo.

4.- El tiempo y la disciplina

El tiempo es un gran aliado del escritor, y no solo para la elaboración de los textos, sino también para su curación o envejecimiento. Un texto no debe ser revisado o corregido inmediatamente después de haberse terminado. Un texto requiere de tiempo y distancia, y más que el texto, es el propio autor quien lo requiere, ya que gracias a ellos, verá con otros ojos el texto que debe revisar y corregir. Después de ese tiempo, los frutos de la revisión/corrección son muy beneficiosos para el texto. Es casi imposible señalar un tiempo de reposo para un texto, pues depende de muchas variables, como el tema, la extensión, la finalidad, o la cercanía del propio autor con él, entre otras.

5.- La relectura en voz alta y la disciplina

Releer en voz alta una obra una vez terminada es una de las mejores maneras de revisar y corregir, entre otras cosas, los signos de puntuación, pero también la musicalidad del texto. El objetivo último de estas relecturas, pues es casi seguro que serán necesarias varias, es que el texto que hemos escrito diga lo que queríamos (o hemos empezado a querer) que dijera.

6.- La tijera y la disciplina

Acabaremos este repaso de amigos del escritor con otro de los grandes: la tijera. No hablamos de censura, no hablamos de economía o ahorro de caracteres, palabras, líneas, párrafos o páginas. Hablamos de concretar, sintetizar, casi se podría decir esquematizar la historia que estamos contando. Aquello que le es accesorio, probablemente le sobre. Lo que para ser dicho precisa de 2 líneas, no debe decirse en 5 líneas.

  • Como resulta obvio, la disciplina es algo que no puede faltar en cualquier recuento de amigos del escritor. La disciplina lo es todo, pues sin disciplina el oficio de escritor se queda en afición  y, a menos que ésa sea la meta a conseguir, se debe ser disciplinado. Decir que eres escritor no hará que lo seas, escribir sí.

(*) Estos diccionarios existen con ese mismo título

El cajón del tiempo

El escritor dispone para su uso privativo, del cajón del tiempo. Debe guardar en él cada obra escrita nada más terminarla. Allí reposará durante un tiempo.Todos hemos oído hablar de la máquina del tiempo, ese artilugio tan imposible que nos permitiría volver a algún punto determinado del pasado y, quien sabe, cambiar alguna cosa poco afortunada que protagonizáramos.

El escritor tiene a su alcance, y para su uso privativo, una suerte de máquina del tiempo que le permite corregir esos errores que no desea que pasen a la historia y, menos aún, que pasen a formar parte de sus elementos identificativos como escritor.

El escritor dispone del cajón del tiempo. En él debe guardar cada obra escrita nada más terminarla. En ese cajón del tiempo, las obras reposarán, como los vinos, como los quesos…, pero al contrario que esos productos, no para cambiar, pues nada orgánico en su composición hará que cambien, sino para que cambien los ojos del escritor antes de que vuelvan a posarse en sus hojas.

El escritor dispone del cajón del tiempo. En él debe guardar cada obra escrita nada más terminarla. En ese cajón del tiempo, las obras reposarán, como los vinos, como los quesos…

Las obras deben permanecer en ese cajón del tiempo lo suficiente como para que los ojos del escritor hayan recibido otras informaciones, hayan captado otras imágenes y, lo mejor, hayan leído líneas de otros autores. Después de ese tiempo, pero sobre todo, después de esa transformación de sus ojos, el escritor deberá abrir de nuevo el cajón y redescubrir su obra. La transformación operada en sus ojos, en su forma de mirar la realidad, hará el resto. Tan solo con levantar la obra del cajón, las palabras que nunca debieron estar allí se despegarán solas del papel y, cuando vuelvan a ser leídas, volarán ligeras como el polvo lejos de la obra.

De alguna manera, este cajón del tiempo permite, sino volver atrás en el tiempo, sí al menos, congelar el reloj, y que una obra no sea todavía una obra, pues es el conocimiento de las otras personas, lo que en cierto modo, le da cuerpo cierto y existencia a la obra en sí.

El cajón del tiempo es, probablemente, la herramienta menos costosa y al mismo tiempo la más valiosa de cuantas tiene a su disposición el escritor para perfeccionar su trabajo.

La palabra exacta. El escritor, como mínimo, debe exigirse el compromiso de buscar sin descanso la palabra exacta para expresar la idea, el pensamiento que le movió a escribir

El compromiso de la palabra exacta

La palabra exacta. El escritor, como mínimo, debe exigirse el compromiso de buscar sin descanso la palabra exacta para expresar la idea, el pensamiento que le movió a escribirLas ideas son entidades complejas que, la mayoría de las veces, no pueden ser expresadas por una palabra o incluso por varias. En el ejercicio de la escritura, el escritor se enfrenta en cada línea al reto de materializar en palabras las ideas que le habitan.

Cada palabra, cada expresión, incluso cada orden distinto de las mismas palabras dentro de una misma expresión, es susceptible de transmitir un sentido completamente distinto. Cuando se elige una palabra en detrimento de otra, se está apostando por una de las muchas acepciones que ése término puede tener en el diccionario, o tal vez por ninguna de ellas, sino que se está creando, se está proponiendo, un significado nuevo, cargado de matices que le aportan el resto de palabras (y su orden) en la frase en la que la hemos insertado.

Dice Guy de Maupassant: “No es en absoluto necesario recurrir al vocablo extravagante, complicado e ininteligible que se nos impone hoy día en el nombre del arte, para fijar todos los matices del pensamiento.”

El escritor, como mínimo, debe exigirse el compromiso de buscar sin descanso la palabra exacta para expresar la idea, el pensamiento que le movió a escribir.

La palabra que se elija no tiene por qué ser una de las menos utilizadas del diccionario, ni una extremadamente culta que absorba todo el peso de la frase, dejándola vacía de todo contenido, de toda utilidad, y por lo tanto desfigurándola, desvirtuándola. Como aconseja De Maupassant: “Esforcémonos en ser unos excelentes estilistas en lugar de coleccionistas de palabras raras”.

Con todo, la forma final en que el escritor expresa una idea en forma de palabras no tiene, jamás, el carácter de absoluto. Esto es, en efecto, lo único absoluto: que el sentido que tiene la palabra exacta, la frase exacta, es absolutamente relativo, pues depende en gran medida del lector, quien aportará su particular y personal visión a esa palabra exacta, a esa frase exacta. No es que el significado de un término sea de libre elección, sino que para cada cuál puede tener una carga semántica distinta en función de su formación y conocimientos, de otras lecturas, de otras experiencias vitales, de otros recuerdos, ajenos por completo a la intención del escritor al elegir ese término.

El escritor, como mínimo, debe exigirse el compromiso de buscar sin descanso la palabra exacta. Así al menos, cuando el escritor termina su trabajo, estará seguro de cada palabra elegida es la palabra exacta para expresar la idea que lo motivó a escribir.