No fueron suficientes todos los esfuerzos que Manuel derrochó durante toda su vida.

No fueron suficientes tantos años de privación

[Relato] Dedicado a quienes han de enfrentarse al frío sin medios para combatirlo.

No fueron suficientes cuarenta años deslomándose día tras día a cambio de un salario-limosna. No fueron suficientes todos los desvelos, ni todos los madrugones. Ni todos los esfuerzos, ni todos las tensiones. No fueron suficientes todos los problemas, ni todos los sinsabores.

No fueron suficientes todos los desvelos, ni todos los madrugones, ni todos los esfuerzos, ni todas las tensiones. No fueron suficientes todos los problemas ni todos los sinsabores. Ni todos los años de privación. No fueron suficientes.

No fueron suficientes todos los desvelos, ni todos los madrugones, ni todos los esfuerzos, ni todas las tensiones. No fueron suficientes todos los problemas ni todos los sinsabores. Ni todos los años de privación.

No fueron suficientes todas las protestas ni todas las manifestaciones, no fueron suficientes todas las palabras bien dichas ni todos los golpes mal recibidos. No fueron suficientes todos los buenos modos desplegados ni todas las malas respuestas recibidas.

No fueron suficientes todos los papeleos ni todas las solicitudes. No fueron suficientes todos los trámites realizados ni todos los recursos presentados.

No fueron suficientes todas las promesas, ni todos los gestos. No fueron suficientes todas las llamadas de auxilio, ni todas las respuestas pendientes de recibir. No fueron suficientes.

No fueron suficientes todos los portales de la ciudad, ni todas las paradas de autobús, ni aún todos los bancos, ni todos los rincones resguardados.

No fueron suficientes dos pares de calcetines, ni dos pares de guantes. Ni un par de abrigos, ni un par de gorros de lana. No fueron suficientes tres bolsas de plástico, ni cuatro cajas de cartón. Nada fue suficiente para Manuel.

No fueron suficientes todos los años de privación. No fue suficiente privarse de vivir para intentar vivir.

No fueron suficientes toda la vida, ni toda el alma de Manuel. No fueron suficientes.

Escribir para vender

Escribir para vender. Se equivocan quienes focalizan todos los esfuerzos de los escritores noveles en la idea de que hay que escribir lo que sea y como sea para vender.Soy consciente de que lo que sigue puede no gustar a muchos, pero creo que debo escribir al respecto de esa corriente actual, verdadero vendaval diría yo, de gente que, literalmente, escriben como sea y lo que sea para vender, con tal de vender, y lo hacen literalmente, no confundir, por favor, con “literariamente”, son términos distintos y muy distantes en este ejemplo.

Y no solo existe gente que escribe lo que sea (o les escriben lo que sea) con tal de vender. Ya hemos visto que el título más vendido es el firmado por esa gran literata conocida como Belén Esteban, que incluso ha conseguido que gente a la que nos importa un pimiento lo que haga, terminemos aunque no queramos, hablando de ella. No solo existe este tipo de gente que hacen lo que sea para vender, existe una verdadera legión de personas que piensan que en su interior se esconde un maestro de la literatura al que solo le falta un poco de pulimento y frotar y frotar hasta que salga el genio que llevan dentro. Y frotan y frotan, y no dejan de frotar. Y cuando están en ello, incluso cuando han tirado la toalla, aparece alguien, o se cruzan con alguien, o les asalta alguien en las redes sociales con la bandera de la venta, coreado con cánticos que prometen ventas, escribe lo que sea, que ya lo venderemos. Vende, vende, vende,  escribe y vende parecen decir. Venderás tu libro, prometen.

Vivimos una época en la que proliferan pretendidos genios de la escritura que han sido convencidos de que lo son por gentes que les han metido en la cabeza la idea de que todo lo que se escribe se puede vender, de que todo vale en la escritura si es para vender. 

Creo que fue el gran Jardiel Poncela quien dijo que “cada español tiene al menos una comedia escrita y guardada en el cajón de su mesilla”, pero ¿de verdad que hay tanta gente que cree que esa comedia (valga obra o novela en este contexto) es de primera?, ¿que es publicable?, incluso ¿que es vendible?

Desde luego, cada uno es libre de creer lo que quiera y de dejarse engañar como prefiera, pero aunque fuera cierto que se todo se puede vender, yo me pregunto, ¿para eso se escribe hoy en día?, ¿para vender?, ¿como sea?, ¿a costa de lo que sea? Por supuesto que está bien ingresar algún dinero por el trabajo de crear, no lo pongo en duda, pero si el objetivo primero (por no decir único) es vender el resultado del trabajo, éste estará supeditado a condiciones de partida que limitarán, y no poco, su posible calidad.

No falta quien dice y defiende sin rubor: “la cuestión es vender, aunque la obra no contenga nada de literatura”. Flaco favor hace esta gente al asunto de la escritura, al asunto de la literatura, al asunto, en fin, del arte.

¿Se vende el arte?, sí, sin duda. ¿Deja de ser arte porque se venda?, en absoluto. Pero mucho más allá de la estadística y de la lógica, parece más que evidente que no todas las comedias que “los españoles guardan en sus mesillas” son obras maestras, ni todo lo que se escribe es vendible, ni todo lo que se vende es interesante o útil (no hablemos ya de literatura).

En todo esto, lo peor es que no hay pudor ninguno en mezclar literatura que nació con el objetivo y la aspiración de convertirse (o mantenerse) en arte con escritura que nació con el objetivo de la venta.

Atrapar al lector

Atrapar al lector. Atrapar al lector debe ser el objetivo mínimo del escritor honesto.Cuando un escritor comienza a darle vueltas a una historia para llevarla al papel, se produce a su alrededor un torbellino de ideas, preguntas, rostros, frases literales y, por qué no, hasta títulos parpadeantes sobre portadas sin terminar de diseñar. Este proceso viene a ser como meterse bajo una cascada de la que no siempre cae agua y, en no pocas ocasiones, no todo lo que cae es líquido.

Una de las sensaciones primeras que tiene el escritor, una vez que ha escampado el primer chaparrón, es la duda. Y no es una duda nimia ni pasajera, sino que es una duda plúmbea vestida de eternidad. El escritor piensa “bien, ya tengo las piezas para montar una historia pero, ¿interesará a alguien todo esto?”. Atrapar al lector comienza por atrapar su interés inicial.

Una de las primeras sensaciones de un escritor cuando le da vueltas a una historia para llevarla al papel es la duda de si conseguirá atrapar al lector.

Cuando quiere contar una historia, el escritor honrado no solo debe pensar en el qué, sino que también, y diría que sobre todo, en el cómo. Pues a veces es más importante esto último, ya que no existe sobre la Tierra tema del que no se hayan escrito ya miles de historias. Ahora bien, el campo en el que todavía no está todo dicho es el del enfoque, el de ese cómo del que cada uno somos titulares de una parcela personal e intransferible.

Debe ser consciente el escritor de las expectativas de los lectores, que esperan encontrar “algo” distinto en cada libro al que le dedican varias horas de su vida. Debe ser consciente de que hay que ofrecer al lector una propuesta que saque de lo más profundo de sí sensaciones y, sobre todo, decisiones que ni él mismo era consciente de contener. Debe ofrecerle al lector la posibilidad de vivir una vida distinta en la que poder tomar, junto a los protagonistas, decisiones sin consecuencias reales sobre temas trascendentes ubicadas en situaciones completamente nuevas para él. Ni más ni menos que eso.

Dice el escritor Harlan Coben: “Quiero atrapar al lector hasta las tres de la madrugada y que me maldiga“. En buena lógica, este debe ser el planteamiento mínimo del que parta un escritor honesto cuando está dándole forma a una nueva historia. ¿Por qué aspirar a menos?

En honor a la verdad, y sin ánimo de ofender, hay escritores (por llamarlos de alguna manera objetiva aunque dolorosa para los escritores de verdad), que no se plantean en un principio esta duda sobre el probable interés del lector y, por algunos de los títulos publicados se diría que tampoco se lo plantean al final, ni su editor tampoco, eso está claro. Y lo que es peor de todo, el lector de ese tipo de títulos tampoco se lo plantea, y no lo hace porque le da vergüenza.