Esa gente, ¡qué gente!

Vivimos en la era de las redes antisociales. Se puede comprobar cada día. Abres tu cuenta de Twitter, de Facebook, o de cualquier red social en la que te puedas haber visto involucrado por una u otra razón y ahí tienes la prueba. Un tiroteo de insultos y menosprecios que resultan como poco inocuos y como mucho una denuncia por acoso o amenazas de muerte, pero siempre resultan perniciosos para la salud mental.

Esa gente, ¡qué gente!Las redes sociales ha dado visibilidad también a esa gente antisocial. Ha sacado el componente antisocial incluso de esa gente que aparenta cierta inteligencia, o cierto porte, o cierta integridad moral, incluso de esa gente que se ha convertido en munición de esas armas invisibles pero muy tangibles que son, por ejemplo, las ideologías o el fútbol, ambos nidos de fanáticos intolerantes e irascibles, que prefieren ver a su madre abierta en canal antes que admitir cualquier valoración objetiva que ponga en tela de juicio la actuación de “su” partido político o de “su” equipo de fútbol. Porque ridículamente a uno y a otro lo creen “suyo”, como si les diera de comer.

Esa gente, ¡qué gente!

No toleran opiniones o gustos contrarias a las suyas. Prefieren el insulto, la amenaza o la mentira. Esa gente son los que hacen antisociales las redes. 

Esa gente antisocial ha llegado hasta el extremo de necesitar una provocación para poder “entrar al trapo”. A esa gente, ya no me cabe ninguna duda, le gusta discutir. Esa gente que cree que puede decir públicamente lo que quiera sin que tenga consecuencias. Esa gente cree que las redes sociales son un atenuante pero, antes al contrario, suponen un agravante de sus actitudes, entre otras cosas porque todo queda registrado, porque todo lo que se diga es escuchado por alguien y porque, evidentemente, siempre habrá alguien que responda. Esa gente llega incluso a exigir que su parlamento sea tenido como verdad inamovible e incontestada y claro, cuando se les contesta, pues no lo reciben de buen grado.

Algunos son políticos (o al menos eso creen ellos); otros se llaman Director de Comunicaciones de la empresa o de la asociación X, otros son “emprendedores” (ese término tan de moda para definir la única alternativa al exilio interior del paro); otros, con apenas quince años, hablan como si de la vida tuvieran más que enseñar que aprender…, esa gente, en fin, es la que convierte en antisociales a las redes.

Poneos a salvo y entréis a su trapo, que no está muy limpio. Y si se os ocurre publicar en las redes sociales una opinión, tenéis que ser conscientes de que toda esa gente está esperando a que lo hagáis para señalar en vosotros a un nuevo enemigo.

El mundo del creador de mundos

Un escritor se puede definir de muchas maneras, por lo que escribe, por cómo lo hace, por lo que lee, por cómo lo imita, por lo que dice, por de quién lo dice, por cómo lo dice…, pero si hay algo que define a un escritor de una forma completa y a la vez sencilla esa es la expresión “creador de mundos”. Pero ¿qué es exactamente un creador de mundos?

Un creador de mundos es alguien capaz de encontrar aspectos desconocidos en mundos sobradamente conocidos por todos. Un creador de mundos es alguien capaz de poner el foco en lo más insignificante de entre lo más destacado y darle significado, relevancia vida propia. Un creador de mundos es alguien capaz de crear y animar un mundo de forma que resulte autónomo e independiente de otros mundos. Habitado por personajes con vidas propias, autónomas e independientes de las personas reales, pero a su vez interdependientes entre sí. 

El mundo del creador de mundos
Obra original de Vladimir Kush

Pero los mundos creados por este creador de mundos solo son independientes del mundo real hasta cierto punto, pues si todo lo que existe sobre la tierra un día desapareciera, los mundos creados a su imagen y semejanza, pues de eso se trata, perderían también todo su sentido, no serían imitación o corrección de nada. Perdida toda referencia, perdida el ánima, esos mundos serían estériles.

El creador de mundos es un imitador del mundo ya creado. Lo analiza, lo interpreta, lo corrige y lo expone desde su prisma, sometiéndolo al análisis, interpretación, y juicio por parte del lector.

El creador de mundos vive en su propio mundo, no aislado, no ajeno a cuanto acontece a su alrededor. Antes al contrario, el creador de mundos está mucho más en contacto con el mundo de lo que cabría pensar por sus costumbres, por sus manías, por sus largas horas de soledad y de trabajo. El creador de mundos está constantemente recreando el mundo que lo rodea, reorganizándolo, corrigiéndolo, exponiéndolo y volviendo a corregirlo.

El creador de mundos tiene un difícil reto en cada mundo que crea, o bien imita fielmente otros mundos creados por otros creadores de mundos, o bien crea un mundo completamente nuevo, esto es, una imitación completamente nueva del viejo mundo en que vivimos. Sujeto a corsés de otros mundos ya creados no ha de albergar esperanzas el creador de mundos de hallar nada nuevo que mostrar a los lectores. Decía D.H. Lawrence que “Un libro que no sea copia de otros libros tiene su construcción propia. Las diferencias con otros libros no son faltas, sino características de ese libro.” En todo mundo creado por cada creador han de encontrarse, por tanto, cosas ignotas, visiones de las regiones más remotas de la mente del creador de mundos. De lo contrario estaremos ante un mundo que nació vacío de toda vida posible.

Dijo Flaubert mientras escribía Madame Bovary: “Es algo delicioso, cuando se escribe, no ser uno mismo, sino circular por toda la creación a la que se alude. Hoy, por ejemplo, hombre y mujer juntos, amante y querida a la vez, me he paseado a caballo por un bosque, en un mediodía de otoño bajo las hojas amarillentas; yo era los caballos, las hojas, el viento, las palabras que se decían y el sol rojo que hacía entrecerrar sus párpados, ahogados de amor.”

Si el creador de mundos ha creado correctamente el mundo, su sello se desvanecerá, su firma difuminará en beneficio de la textura de la historia, de lo vívido del propio mundo creado, donde residirá por siempre su creador, de forma sutil, invisible e intangible, pero omnipresente, omnímodo e omnisciente; quintaesencia en cada rincón del mundo creado.

Releer. Relectura.

Releer, algo más que volver a leer

Releer un texto literario permite tomar referencia de un yo anterior.En el diccionario de la RAE, el verbo “leer” tiene siete acepciones, las tres primeras incluyen la acción de comprender o interpretar (lo que se lee), en las tres últimas se utiliza la palabra oculto. Existe a mi juicio cierta redundancia en estas seis definiciones de leer que ofrece la RAE, pues ¿qué es comprender sino revelar algo oculto tras su representación?

Cuando leemos por primera vez una novela, se puede decir que, más o menos, comprendemos su contenido, interpretamos los mensajes contenidos en ella, sus lecciones. Aplicando las tres primeras acepciones a la lectura de una novela, se podría decir que leerla nos adentra en su mundo imaginario para entenderlo. Atendiendo a las tres últimas acepciones se podría decir que nos adentramos en ese mundo imaginario, desentrañando su contenido, sus secretos, llegando hasta lo más profundo del mensaje más allá de la simple comprensión, más allá de la simple interpretación de su continente.

Ahora bien, hasta aquí leer, pero ¿qué hay de releer? La relectura de un texto no literario puede aportar, mostrar o desvelar datos, no nuevos ni escondidos, pero sí inadvertidos en una primera lectura. Pero cuando hablamos de releer un texto literario, el efecto es, si no distinto, sí mucho más rico en matices que el conseguido en la relectura de un texto no literario. Releer un texto literario nos permite, más allá de la comprensión, volver a vivir de nuevo ese mundo, tal vez volver a encarnar a alguno (o varios) de sus personajes (ahora que lo sabemos todo de ellos)…; pero algo más ocurre cuando releemos un texto literario, ocurre que nos releemos a nosotros mismos, releemos al yo que fuimos, al yo que éramos cuando lo leímos por primera vez. Recordamos el mundo de ficción en cuestión, pero sobre todo nos recordamos a nosotros, mejor dicho, nos reconocemos a nosotros mismos recorriendo las entrañas de esa ficción con ojos inocentes (ahora que ya lo sabemos todo de ella) y expectantes de placeres por descubrir, y que curiosamente, en una relectura aún esperamos volver a descubrir.

Pío Baroja: “Cuando uno se hace viejo, gusta más releer que leer”.

Así pues, la relectura de una novela y, por extensión de cualquier texto literario (incluída la poesía), en contra de lo que pueda parecer a simple vista, no viene a ser en la práctica una simple segunda (o tercera) lectura de dicho texto. Una relectura de un texto literario es un viaje al pasado, a nuestro pasado, no al de la historia narrada, que fue, es y será siempre el mismo, si no que se convierte más bien en una medición de nuestro yo, en una instantánea de ese yo pasado cuya contemplación nos permite evaluar nuestros progresos cuyo resultado son el yo actual.

Por desgracia, la definición de “releer” que ofrece el diccionario de la RAE (volver a leer), no es suficiente, ni con mucho, para definir lo que en realidad supone releer cuando hablamos de un texto literario. Una relectura siempre es una nueva medición de nuestra edad, pero sin duda también es una nueva medición de la edad de la historia narrada y acaso lo sea también del autor de la misma.

Estereotipos televisivos

Una serie de TV se puede considerar de muchas maneras, y su análisis se puede afrontar desde muchos ángulos. Una de las consideraciones más generales y al alcance de todos que se puede hacer de una serie de TV es interpretarlo como un gran escaparate. El producto, los productos más visibles de cuantos pueden ser mostrados en tal escaparate, están relacionados con la cultura del país desde el que se promocionan y difunden. Por lo general, y en lo tocante a España, la mayor parte, por no decir todas, de las series de TV que se emiten proceden invariablemente de dos países: Estados Unidos y la propia España.

Estereotipos televisivosHoy hablaremos de las que provienen de los Estados Unidos. Sus temas, sus ambientaciones son muy escasas. Coloquialmente podríamos agruparlas en los siguientes grupos: de médicos, de policías (últimamente más bien de asesinatos) o de piso (técnicamente denominadas “sitcom” abreviatura de “comedia de situación”). Esta clasificación obedece únicamente al marco general en el que se desarrolla la acción. Cualquiera de estos escenarios, de estos escaparates, es apropiado para mostrar y vender el “producto” de la sociedad estadounidense. Una sociedad que, al parecer resulta ideal y deseable cuando la comparan con otras sociedades.

Pero estos escaparates de lo que están llenos es de estereotipos, de falsos estereotipos o estereotipos televisivos, confinados a los límites del aparato de televisión. Por ejemplo, abundan en estas series los personajes absolutamente buenos y los personajes absolutamente malos, algo completamente alejado de la vida real.

Las series de TV estadounidenses están plagados de estereotipos televisivos que cuesta trabajo encontrar en la realidad.

Sobrepeso

Están plagadas estas series de personajes con un físico casi escultural, lo que puede hacer más agradable a la vista la serie, desde luego, pero que hace poca justicia a la sociedad a la que pretenden servir de reflejo y escaparate, donde el 35% de su población con problemas de sobrepeso. No estoy reclamando que se cumpla la estadística de que uno de cada tres personajes sea reflejo de esta parte de la población, en absoluto, solo reclamo que los tipos humanos mostrados no sean expuestos como estereotipos reales del ciudadano medio.

¡Tiene un arma!

En el cine y las series de TV estadounidenses se da con gran frecuencia las situaciones en las que se da una alarma que obliga a todos los personajes, menos a quien huye de algo, a tirarse al suelo. Esa frase es del tipo: “Tiene un arma“. Esta frase cumple una misión muy clara, dar la alarma a los ciudadanos. Pero en la realidad existen más de 310 millones de armas en poder de los civiles en Estados Unidos, es decir, salen a un promedio de un arma por cabeza, por lo que la frase “¡Tiene un arma!” difícilmente podría desatar una alarma en la vida real porque, estadísticamente, los ciudadanos podrían no saber a quién de entre ellos se refiere la frase. Por comparación con otras sociedades a las que en las series se considera más salvajes, es justo decir que el 50% de las armas “civiles” de todo el mundo están en poder de civiles estadounidenses.

Soy judío

En no pocas series de TV se hacen incontables referencias a la cultura del pueblo judío: sus fechas señaladas, sus fiestas religiosas, sus costumbres, sus creencias…, sin embargo, la población de origen judío en aquel país no alcanza ni el 2% El contraste entre original y el reflejo que persigue estereotipar un tipo social, tal vez se deba a que el porcentaje de judíos o intereses judíos entre los creadores, promotores o difusores de las series de TV sea abrumadoramente superior. Otras culturas con mucha mayor presencia en ese país, como por ejemplo las de origen latinoamericano, no tienen apenas protagonismo en las series, y cuando lo tienen es casi siempre con los mismos fines: homogeneizar y ridiculizar (casi todos tienen acento colombiano o mexicano), banalizar (casi todos son personajes sin importancia, como si fueran un mal inevitable en la sociedad estadounidense), marginar y criminalizar (casi todos son personajes traicioneros, camellos, ladrones, sicarios o delincuentes en general). Curiosamente algunos de estos personajes de origen latino son vehículo de ridiculización de una excesiva religiosidad, algo que no ocurre, de ninguna manera, en el trato de los estereotipos culturales judíos o de los propios estadounidenses, tan sujetos a la estricta moral cristiana.

La Biblia como atenuante.

En el tema de la religión existen multitud de esterotipos mostrados en estos escaparates televisivos, pero uno de los más llamativos es la asociación, inalterable asociación, entre la Biblia y la bondad. Si un personaje tiene la costumbre de leer la Biblia, ya podemos dar por sentado que ese personaje es bueno, o lo quiere ser o lo que hizo o hará será más o menos disculpable porque… lee la Biblia. En la realidad no faltan, de hecho abundan, los casos en que los delincuentes guardan, como quien dice, su arma junto a su Biblia, o en que los culpables esgrimen la propia Biblia sino como arma, sí como argumento, o incluso como defensa o salvaconducto para sus actos. Hay que recordar también que Estados Unidos es un país en el que proliferan las asociaciones de víctimas de curas pederastas, es decir, víctimas de gente que lee la Biblia.

En defensa de lo mediocre.

En muchas series se reclama con fuerza inusitada la figura del mediocre popular en detrimento del genio impopular. Ser un genio está mal visto, porque supone destacar por encima del resto; y ser mediocre es, vienen a decir, confundirse con los demás, lo que es una forma muy poco sutil de llamar mediocre al público en general. Claro que si ese público no se da cuenta de esto, puede ser que la forma de llamarles mediocres no sea tan burda, o que el adjetivo, después de todo, no sean tan inmerecido.

Millonario, sí, pero sufridor o Ser rico no es tan buena idea.

Es ciertamente frecuente mostrar en este tipo de productos audiovisuales la figura de una persona adinerada a la que, a pesar de ello, no le van muy bien las cosas. Sufre con la vida, en una especie de justicia, no ya divina, sino televisiva. Los guiones suelen hacer pasar a los millonarios por duras pruebas de superación en la vida, quizás para pagar por sus pecados, entre los que nunca se encuentran aquellos gracias a los que tal vez acumulara su fortuna. De esta burda manera deben pretender que la gente sencilla no sueñe con ser millonaria algún día, no vaya a ser que sean “tan desgraciados” como los millonarios que presentan y que no pasan de ser “estereotipos televisivos”. Porque, si tan poco interesante resulta ser millonario, ¿porque no lo dejan?

¿Sanidad universal?, no somos tan humanos

Existen no pocas series de médicos en la oferta televisiva que llega de Estados Unidos. Con tintes más o menos románticos, o de comedia o hasta de tragedia, pasando por el drama, a través de cualquiera de estas series con este transfondo hospitalario es posible encontrar el estereotipo de la sanidad privada, de la sanidad para ricos; una sanidad de la que es privada la persona que no tiene recursos económicos suficientes. Esta es una realidad inhumana en Estados Unidos, donde una operación relativamente sencilla puede suponer una factura de decenas de miles de dólares, y contrasta de forma muy llamativa con la humanidad que demuestra el personaje de turno que se encarga de que la persona sin recursos sea intervenida a pesar de su pobreza. Es decir, de una parte la idea de una sanidad para ricos y de otra la humanidad que demuestra el personal sanitario que opera a un pobre a pesar de que lo es. En este caso concreto, el estereotipo no se queda en estereotipo televisivo, ya que esta realidad es mostrada de forma muy similar a como sucede en la realidad.

El tabú del sexo.

No quería terminar esta exposición sin abordar, aunque sea más brevemente de lo que merece, el estereotipo del concepto de tabú sexual. En las series de TV estadounidenses se trata el asunto del sexo de muchas formas poco recomendables para una vida sana: lo tratan con miedo, con asco, con un represor pudor religioso…, haciendo de ello un asunto sobre el que los espectadores prestan una atención especial, cuando el sexo es, o debería ser, una de las cosas más normales en la vida de una persona. Tal vez, este tabú sea algo que trasciende el estereotipo televisivo y forme parte de una sociedad que necesita dosis industriales de todas esas libertades personales que dice atesorar.

Series con moralina, moralina de serie

No cabe duda de que cualquier obra literaria es una herramienta de educación. De educación en valores, en comportamientos, en actitudes frente a la vida. De educación de cuerpos y almas, se podría decir.

Moralina de serie. Una de las series que traen moralina de serie es House.

Con el correr de los tiempos, los libros han cedido mucho espacio a otras herramientas que, para bien o para mal, cumplen esta función. Un buen ejemplo de ello son los formatos audiovisuales, especialmente las series de televisión y el cine. Este tipo de medios, en cualquiera de sus formatos tienen más alcance y proyección en la población que la propia literatura. Lo consiguen de una forma apabullante, insuperable, llegan hasta nuestra casa de una forma tan fácil y accesible…, y ni siquiera tenemos que andar con la fatigosa tarea de pasar una página tras otra…, con lo que cansa eso.

En fin, a lo que íbamos. En tanto que herramientas de educación, estos medios audiovisuales sirven para que, sus autores y promotores, nos administren no solamente conceptos generales sobre el bien y el mal, sobre buenos y malos; sino también para que nos moldeen hasta la idea más nimina que podamos llegar a imaginar; sirven también para que nos aleccionen sobre cada matiz del comportamiento humano, por liviano y superficial que nos pueda parecer.

Algunas series de televisión vienen con una moralina de serie, que pretende educarnos en conceptos rígidos del bien y del mal.

Para conseguirlo utilizan personajes muy delimitados y constreñidos al concepto del bien o del mal, sin apenas vasos comunicantes entre ambos conceptos. Desdibujan así al ser humano tal y como es en realidad, siempre yendo y viniendo entre el bien y el mal. Es también una manera de ponérselo fácil al espectador, que ya no tiene que discernir por sí mismo si tal personaje es bueno o malo y pudiendo encuadrar sus actos en uno u otro bando sin ningún género de dudas. Es por este mismo motivo que este tipo de productos idiotizan a su consumidor, negándole la posibilidad de pensar por sí mismo, de juzgar por sí mismo lo que está bien o lo que está mal y de asumir el camino correcto por convicción y no por obediencia.

Algunas series refuerzan sus pretensiones educacionales con una moralina que recita al final de cada capítulo una voz en off, suavemente, casi susurrando, y que viene a resumir la lección que el espectador, por si todavía no se había dado cuenta, debería haber aprendido en ese capítulo. Para más señas, suelen utilizar la primera persona del plural, de tal manera que el espectador, ya uno más de la serie, se vea parte y “beneficiario” de dicha moralina, comprometido además ante el resto de ese “nosotros” a observar su cumplimiento.

Esto puede comprobarse, sin ir muy lejos, en las series con más espectadores en todo el mundo, como son: “Mujeres desesperadas“, “House” o “Anatomía de Grey”.

Preguntas a una novela

Ciertamente cabe hacerle muchas preguntas a una novela al igual que caben muchos y variados enfoques. Pero acotemos la situación: tenemos una pequeña sala pintada de color gris, gris anodino para no irnos por las ramas, una mesita cuadrada en el centro sobre la que hay una lámpara, un par de pequeñas sillas en sendas caras opuestas de la mesa: una la ocupamos nosotros, la otra la novela.

Preguntas a una novela. Hay preguntas a una novela que conviene formular y otras, por limitativas no resulta siempre conveniente ni clarificador. Queremos saberlo todo de la novela que estamos escribiendo o que acabamos de terminar. Le damos la vuelta a la silla y nos sentamos de cara al respaldo, apoyados sobre él, para tomar distancias y, por qué no, para aparentar ser tipos duros. Ya tenemos a la novela donde queríamos, tenemos que sacarle hasta la última verdad que se nos ha escapado desde que apenas era una idea informe, gomosa y pegajosa hasta hoy que ya está crecidita y puede que hasta lleve la palabra FIN tatuada en la frente (o al menos eso cree ella).

Preguntas a una novela

¿De qué vas? es la primera pregunta que podemos hacerle o, si jugamos a aquello de poli-bueno / poli-malo, podemos entrar con un ¿qué te cuentas?, que también es informal pero más educado y puede romper mejor el hielo.

Si tarda en contestar, desconfiad. Si la respuesta es una sucesión de frases subordinadas, de hasta varias líneas de largo, que se van entrelazando hasta perder el equilibrio y caer, desconfiad. Si balbuce, desconfiad. Si la novela no es capaz de responder con claridad y brevedad a partes iguales, desconfiad. Insistid pues, la novela se la está jugando y nuestra paciencia no debe ser infinita. Insistid: ¿De qué vas?, terminará contestando, ya lo veréis. Si no lo hiciere, pocas preguntas más cabe hacerle antes de someterle a una buena sesión de edición y corrección. La respuesta a esta pregunta debe ser fácil de obtener y fácil de trasmitir a los posibles lectores, que querrán conocer el tema principal de la novela para empezar a juzgarla y a sopesar si le dedicarán algunos euros de su patrimonio además de unas cuántas horas de su vida o no. 

Bien, la novela ya nos ha contestado la primera pregunta, pero queremos saber más, queremos más detalles que nos den un poco de luz. ¿Cuál era el plan?, le preguntamos con gesto duro. Si todo va bien, la novela cantará y nos revelará los puntos más importantes de su plan, nos descubrirá la trama principal sobre la que gira la historia que cuenta; esa trama principal que debe tener una fuerza de atracción tan grande que haga que todas las tramas secundarias orbiten a su alrededor contribuyendo a su grandeza. Por cierto, si alguna de las tramas secundarias no guarda la armonía del conjunto es posible que se esté ofreciendo una visión distorsionada de la historia. En otras palabras, si uno de esos satélites que son las tramas secundarias y que orbitan alrededor de la trama principal se sale de su órbita, se puede convertir en un meteorito, en un objeto arrojadizo sobre cuya trayectoria solo tendremos vagas teorías y ciertas dudas, pero dudas ciertas, y que puede acabar estrellado en el planeta de la trama principal y poner en riesgo la armonía en la que debe desarrollarse el sistema planetario que constituye la novela.

Pero entremos en los detalles de ese plan, repasemos con la novela cada paso del plan, repasemos todos los puntos, desde el primero hasta el último. Busquemos cada punto débil que amenace la integridad del conjunto. Busquemos esa armonía planetaria a que deben contribuir todos y cada uno de sus elementos. Busquemos (¡y encontremos!) esos necesarios puntos de giro en la historia que son las elipses que describen las tramas que orbitan, que van y que vienen, manteniendo una aparente, pero solo aparente, linealidad en la acción.

Ya hemos abierto la caja de todas las respuestas, el camino se allana. ¿Quién está al mando?, A estas alturas ya no es necesario un gesto de “poli duro”, pero si queréis, tampoco está de más, no es bueno que la novela se relaje antes de soltar toda la información. Si la novela sabe lo que le conviene y está bien preparada, nos dará toda la información que necesitamos conocer sobre los personajes protagonistas para que el lector se haga una buena composición de lugar sobre qué puede esperar de la historia que cuenta, pero también sobre qué sentimientos buscará remover en el lector. Si al mando no se encuentra alguien fuerte, con personalidad, con carácter y con influencia palpable sobre el resto de personajes, probablemente se den una de estas dos circunstancias: o bien la novela miente, porque nos esconde una verdad necesaria; o bien los protagonistas no están bien definidos. En cualquiera de los dos casos, aún tenemos trabajo por delante.

Cambiemos de tono, preguntemos a la novela por detalles aparentemente sin importancia. Si sus respuestas son monótonas y con una cadencia soporífera, probablemente el resto del contenido no será mejor. Revisemos sus respuestas e intentemos detectar si la novela no es simplemente un gran y doloroso engaño. Si la novela no refleja la vida tal y como es, con sus altos y sus bajos, con, por ejemplo, sus pasajes cómicos y sus pasajes macabros, sus pasajes románticos y sus pasajes crueles; si la novela no refleja cierta variedad de tonos, probablemente no nos estará diciendo lo que esperamos oír y, lo más importante, lo que el lector espera oír.

Preguntemos a la novela por otros detalles, cuantos queramos; cuantas más preguntas hagamos mejor conoceremos la novela, sus intenciones y sus posibilidades de ser reconocida y deseada como tal.

Preguntas que no

A menos que el objetivo de nuestra novela sea puramente comercial, existen algunas preguntas que no siempre procede formularle a una novela porque resultan, en su mayoría, limitativas.

Por ejemplo, hay quien defiende la pregunta ¿para quién?, o como sería en este juego propuesto de interrogatorio policial, ¿para quien trabajas? Esta pregunta pretende averiguar el tipo de lector para el cuál fue pensada (¡¡¡y escrita!!!) la novela y, si bien es cierto que existen determinadas características que no estaría de más acotar y perfilar, por lo general, pensar en un tipo determinado de lector para nuestra novela no haría sino limitar sus posibilidades de expansión por un mundo imaginario que no debe tener fronteras ni límites conocidos y, mucho menos, si nos vienen impuestos por la edad, la forma de pensar o la formación académica de dicho lector. A medida que nos acercamos a una concreción, nos alejamos del arte y de la creatividad. Es cierto, como decía antes, que no debemos olvidar por completo al lector, pues al fin y al cabo para alguien se escribe; pero salvo que nuestro tema, nuestro argumento o la exposición de nuestra novela sean características limitativas en sí, o exclusivo de un determinado grupo social; salvo que así sea insisto, no deberemos limitar nuestra creatividad enfocando cada esfuerzo que lleva la creación de una novela hacia un determinado público, pues ese será y no otro el máximo de público al que podrá aspirar nuestra obra.

Otro ejemplo de pregunta que no procede formular por limitativa o, mejor dicho, que la novela no debería poder contestar, porque cuanto más concreta pueda ser la contestación más limitadas pueden verse sus probabilidades de éxito, es la de la raza o la clase. Si la novela puede contestar sin dudas, de qué clase o de qué raza es, es tanto como poder etiquetarla en un determinado subconjunto de novelas de las que probablemente el lector ya tenga una opinión y, ya sea ésta buena o mala, no tendrá inconveniente ninguno en trasladar esa opinión hasta nuestra novela. Esto es un arma de doble filo, ya que si la opinión es buena o muy buena, nuestra novela tiene más probabilidades de defraudar al lector que de seducirle; y si es mala o muy mala, las probabilidades de que el lector lea nuestra novela se reducen drásticamente. En ninguno de los dos casos habremos ofrecido al lector la ocasión de que juzgue nuestra novela por sus propios méritos o deméritos.

En fin, sea como fuere, preguntad a vuestra novela, y sed duros, pues si no lo sois, la realidad lo terminará siendo con vosotros.