El viaje de Vogler

El viaje de Vogler, estructura del mito

Christopher Vogler es el autor de la denominada Biblia de la industria del cine, cuyo título es “El viaje del escritor”. El viaje del escritor es el viaje de Vogler a través de más de diez mil guiones analizados para la industria del cine.

El viaje de Vogler, la estructura del mito
«El viaje del escritor», Christopher Vogler

Vogler es considerado como un gurú, pero no solo por guionistas de cine, sino también por guionistas de televisión, dramaturgos y, en general, por escritores de ficción de todo el mundo.

“El viaje del escritor” es el viaje de Vogler a través de más de 10.000 guiones analizados para la industria del cine

El armazón de los mitos que subyacen en tantas historias como han pasado por sus manos, lo extracta Vogler en las doce etapas que puede atravesar el héroe de cualquier historia en su viaje. Dice Vogler:

1.- El mundo ordinario. Los héroes se nos presentan a menudo en su «mundo ordinario», donde reciben…

2.- La llamada de la aventura.

3.- Inicialmente el héroe muestra reticencias o bien rechaza la llamada, pero

4.- Un mentor (figura por lo general positiva que ayuda o instruye al héroe), le anima a:

5.- Cruzar el primer umbral e internarse en el «mundo especial», donde encontrará

6.- Pruebas, aliados y enemigos

7.- Aproximación a la caverna más profunda, cuya entrada es el segundo umbral y tras el que comienza su…

8.- Odisea o calvario. Durante su estancia en la caverna más profunda, el héroe busca y obtiene su…

9.- Recompensa, o «apoderarse de la espada», como explica Vogler. Después, el héroe debe emprender

10.- El camino de regreso al «mundo ordinario», durante el que no está exento de peligros y con frecuencia, es perseguido.

11.- Regresar es, para Vogler, cruzar un tercer umbral, un camino de «resurrección», que certifica la transformación experimentada por el héroe protagonista

12.- El héroe ha regresado con el «elixir», una bendición o un tesoro del que se beneficiará en su «mundo ordinario»

No debemos tomar el viaje de Vogler por miles de guiones como una estructura rígida, sino más bien como una estructura redonda, completa, íntegra sobre todos los elementos que cabe encontrar en una buena historia, definidos por etapas, no necesariamente cronológicas, pero sí lógicas.

Además, no todas las historias deben hacer pasar a sus «héroes» por todas esas etapas para ser buenas historias, y otras veces lo hacen tan solo para recortar flecos y cerrar hilos de pensamiento que pueden distraer al lector/espectador de los mensajes verdaderamente importantes contenidos en la historia; y también por una cuestión de estilo: porque los flecos sin cortar o mal cortados afean las mejores historias. 

La lógica invita y recomienda, insistente y encarecidamente, que volvamos sobre Vogler más adelante.

El viaje de Vogler, estructura del mito

Víctor J. Sanz

Deus Ex Machina

Deus ex machina, todavía

Cuando se está escribiendo una historia, por ejemplo una novela o un guión de cine o televisión, muchas veces se alcanzan situaciones embarazosas de forma no planificada. Son situaciones que hay que resolver de alguna manera, porque la alternativa es deshacer gran parte, por no decir todo, de lo tejido hasta el momento. En el teatro griego era frecuente recurrir a deidades que arreglaban esas situaciones difíciles, este recurso es conocido como Deus ex machina, es decir, «Dios saliendo de una máquina»; ¿quién se atrevería a cuestionar los actos de un dios? Sin embargo, actualmente, sin dioses ni máquinas, sigue siendo un recurso muy utilizado, demasiado utilizado por los autores que menos respetan a su público.

Deus Ex Machina
En el teatro griego era un recurso frecuente para resolver situaciones complicadas, puntos muertos de la historia. Dios saliendo de una máquina. Deus Ex Machina

Si como lectores, espectadores o público, prestamos un poco de atención, es casi seguro que detectaremos en no pocas historias (novelas, películas, series de TV…), más de un deus ex machina que viene, desde el mundo de lo absurdo, a darle curiosamente un toque de lógica al resto de la historia que nos están contando; desbaratando con ello todo esfuerzo precedente o consecuente de hacerla atractiva a la audiencia.

Deus ex machina es un calcetín zurcido en el talón que hace incómodo el caminar del público más liviano.

Aunque actualmente este recurso es utilizado, en contra de todo respeto por el público y en contra de todo gusto y de todo respeto por la literatura y el cine en sí; para mayor gloria de la taquilla, es esperanzador comprobar cómo resulta cada vez más difícil engañar al receptor.

¿Cuántas veces no nos sorprendemos ante un giro inesperado (e ilógico y hasta absurdo) en el desarrollo de la trama?

Levante la mano aquel que no haya dicho alguna vez “y esto, ¿a qué viene?

Alertan nuestra lógica, son el instrumento desafinado que arruina una sinfonía, veamos algunos ejemplos:

*El viejo personaje nuevo. Es un personaje no presentado anteriormente durante la historia que, sin venir muy a cuento, hace acto de presencia de forma abrupta y dice o hace algo, gracias a lo cuál, un conflicto aparentemente irresoluble queda limpiamente resuelto, explicado o disculpado. Suele ser este personaje un viejo conocido de otro u otros de los personajes y alguien que, al parecer, perdió todos los trenes anteriores para llegar a tiempo a la historia que nos están narrando.

*El dato escondido. Como mucho se suele presentar como justificadamente escondido y viene a explicar tal o cuál actitud del protagonista que resuelve el conflicto en el que se halla inmerso. No está en absoluto justificado haber escondido un dato tan importante. Es un error tan común como tan fácil de solucionar; sería suficiente con volver a un punto anterior y hacer, siquiera, una sutil mención a su existencia.

*La mochila sin fondo. El protagonista, de repente, tiene a su alcance tal o cuál herramienta o utensilio sin el cuál es imposible salir del atascadero, pero que nunca cargó en su mochila, o al menos lo hizo a espaldas del lector/espectador. Estamos viendo una película en la que el mundo está en peligro y sólo el protagonista lo puede salvar si dispusiera de dicha herramienta. Casualmente, el guionista, que pasaba por allí, se la echa en la mochila sin que ningún espectador de la sala se percate de ello.

*El personaje omnisciente. Esta fórmula es muy del gusto de los guionistas de cine y televisión actuales, que recurren a él de tal forma que cabría hacer una serie de TV cuyo protagonista fuera un escritor que no sabe tejer una historia sin uno de estos personajes. El personaje omnisciente tiene conocimiento absolutamente de todo lo que ha de conducirle al siguiente paso que exige el guión, pero además tiene conocimiento de ello con tal exactitud que llama la atención de cualquiera que esté un poco atento y debería llamarla de cualquiera que no lo estuviera. Lo detectamos tras una sencilla reflexión a la que sigue un comentario del tipo “Y éste, ¿cómo sabe esto o aquello?“.

El uso de este recurso vendría a ser, por tanto, una traición al lector/espectador, un menosprecio a su inteligencia. Deus ex machina es un calcetín zurcido en el talón, que hace incómodo el caminar del público más liviano.

Al descubrimiento de un Deux ex machina, sigue la lógica indignación del lector/espectador que muy posiblemente cierre el libro para siempre o cambie de canal hasta que termine el fraude. Esta indignación del receptor de la historia es un elemento tan lógico, que cuesta creer cómo el escritor o guionista que utiliza este recurso no se ha percatado de sus devastadores efectos y que tengamos que seguir hablando de Deus ex machina, todavía.

Deus ex machina, todavía

Víctor J. Sanz

Anatomía del personaje

Concepción y anatomía del personaje literario

Hay escritores que tienen por costumbre trazar una biografía completa de sus personajes antes incluso de comenzar a escribir la primera línea de su historia, y otros, sin embargo apenas reúnen algunas anotaciones desordenadas e inconexas sobre sus personajes. Ambas fórmulas definen la anatomía del personaje literario.

Un personaje es la expresión analítica, la expresión resumida de una persona. Es el poso, la síntesis, el rescoldo que una persona, posiblemente real, deja en el cuaderno de notas o en la memoria de un escritor. Éste tiene, a partir de ello, la inconmensurable y delicada tarea de acometer el diseño y de leer el nunca redactado manual de instrucciones de montaje del personaje.

Los responsables de la anatomía del personaje literario son el propio escritor y, muchas veces, el propio personaje

Anatomía del personaje literario
La lección de anatomía del Dr. Tulp
Rembrandt
Ámsterdam – 1632

En el diseño de la anatomía del personaje literario, la complejidad de ésta debe ser suficiente como para soportar, como para servir de contenedor de, todas las experiencias por las que, en la historia narrada, habrá de pasar. Dotar de ese contenido, de ese entramado de personalidad, al personaje, es la tarea.

Durante la construcción del personaje, no faltarán momentos en los que el escritor haya de sentirse necesariamente como una especie de doctor Frankenstein, con la mesa de operaciones repleta de piezas (sin vida) de distintas personas reales, con las que ir montando su personaje, con las que darle vida. Rasgos, voces, facciones, frases, costumbres, manías, cicatrices…

Al escritor británico Angus Wilson, los personajes se le revelaban cuando la gente le hablaba. Tomaba rasgos, gestos, dejes, voces, semblantes…, de distintas personas reales y las mezclaba y, afirmaba: “a partir de tales mezclas puedo crear personajes“.

En el caso de Aldous Huxley, sus personajes están basados, “inevitablemente, en personas conocidas”, aunque para él “los personajes novelescos son muy simplificados; son mucho menos complejos que las personas reales”.

En todos los casos, en la anatomía del personaje literario es requerido dedicar importantes esfuerzos al diseño, a la creación de su mundo interior, el mundo que dirá más cosas del personaje que todas las descripciones que el escritor pueda acumular durante la novela. Déle el escritor al personaje un pasado que recordar, que temer, que ocultar o al que enfrentarse, plantéele conflictos que forjen su personalidad y déle un tiempo para poner en orden su vida o para alcanzar sus objetivos y conseguir sus ambiciones. Acompáñelo de enemigos y aliados, sitúelo frente a obstáculos gigantescos, estréchele los caminos, inunde su piso y échele un salvavidas invisible, sométale a dilemas trascendentales, vívale!

El escritor, una vez que le haya insuflado un halo de vida a su personaje, y una vez dispuesto el resto de elementos en su escenario vital; deberá dejar al personaje deambular por su imaginación, que es su mundo, deberá dejarle que se enfrente a sus miedos, a los conflictos que se le avecinan, debe dejarle, en definitiva, que crezca, que se haga mayor. Y mientras tanto, tomar buena nota de sus reacciones, pues habrán de constituir el mejor material literario de que disponga el escritor en su tarea de transmitir fielmente al lector la esencia del personaje creado. Esto proceso ocurre en ocasiones tan literalmente así que, los responsables de la anatomía del personaje literario son el propio escritor y, muchas veces, el propio personaje, que llega incluso a sorprender a su propio creador, mostrando facetas necesarias para su propia existencia a las que el escritor no ha podido anticiparse durante su concepción.

En definitiva, después de que el personaje rompa a llorar nada más nacer, dejadle que escuche, que observe, que analice su mundo, que se sorprenda como un niño, que evoque su memoria. Dejad al personaje que se mire las manos y se reconozca. Dejad al personaje que sienta, que se sienta vivo… y vivirá…, y viviréis. Porque, escribir es estar siempre al borde de la vida.

Concepción y anatomía del personaje literario
Víctor J. Sanz

ingredientes para una novela

Ingredientes para una novela

Es prácticamente imposible determinar un fórmula mágica que tenga como resultado, no ya una novela de éxito, sino simplemente una novela potable. Como mucho cabe intentar determinar qué ingredientes no pueden faltar en la receta, son los ingredientes para una novela.

A diferencia de una receta de cocina, la receta de una novela no es reproducible siempre de la misma manera y con los mismos resultados, pues dependerá de cada cocinero que la desarrolle y del momento en que lo haga. Ahora bien, aunque solo sea a modo de aproximación, si podemos intentar esbozar los ingredientes que no pueden faltar en la receta.

Ingredientes para una novela

  • Uno o varios personajes peculiares.

Aunque la más maravillosa de las historias también puede acoger personajes “normales”, en una buena historia no pueden faltar uno o varios personajes peculiares, que aún no siéndolo de fondo sí al menos lo sean como resultado de enfrentarse con acontecimientos excepcionales en su vida o en su entorno.

ingredientes para una novela
ingredientes para una novela
  • Uno o varios conflictos que desarrollar

El conflicto es la base principal de una novela, es el pan de la pizza, es el arroz de la paella, es el alma de la historia. Sin conflicto no se genera interés en el lector, sin un gran dilema al que someter al protagonista es imposible avanzar. El conflicto es el ingrediente catalizador que después de haber obligado al protagonista a elegir un camino de entre dos o más, permanece inalterado en su esencia, mostrándose como un dilema para el propio lector. El éxito de la receta se podrá medir por el poso que el conflicto haya dejado en el lector, que a su vez conllevará al natural sentimiento de simpatía u odio del lector por el protagonista.

  •   Un telón de fondo apropiado

Toda historia ha de estar enmarcada en un escenario, ante un telón de fondo que la enmarque, y no solo espacial o geográficamente, sino incluso temporalmente. Ese escenario permitirá al escritor mostrar sus capacidades descriptivas, esas capacidades que trascienden la psicología del personaje y se adentran en otros lugares comunes con el lector, a los que se puede acceder, no solo mediante el conocimiento preciso de un lugar concreto, sino con la descripción mínima y suficiente de algunas pequeñeces, de objetos insignificantes tal vez, que den un toque de sabor a la receta, una especie de especias, de hierbas aromáticas, que le indiquen al lector ciertos matices en los que debe enmarcar mentalmente la historia.

  • Un emulsionante

El arte, la gracia con la que, el cocinero que es el escritor, ha de mezclar y dosificar los ingredientes y marcar los tempos, resultará fundamental de cara a ese resultado final. La receta no estaría completa pues, si un estilo atractivo, un estilo cuidado, coherente, pero al mismo tiempo rico en matices, que cuide del interés del lector cuando el ciclo de la acción baje por necesidades del guión. Un estilo atractivo mantiene el interés del lector, incluso si los demás ingredientes no han sabido utilizarse de forma óptima.

  • Un buen tempo

Fuera ya de la categoría de ingredientes, resulta fundamental el concepto del ritmo. Hay ciertos estudios literarios que aseguran irónicamente que una novela debe comenzar con un hecho de suma trascendencia y que a partir de ahí el ritmo ha de ir in crescendo, lo que resulta ciertamente inviable, por no decir, del todo imposible y hasta inconveniente, diría. Una buena historia precisa de momentos altos y momentos bajos. De momentos críticos que mantienen al lector en ese constante “solo un página más, a ver qué pasa” y momentos bajos en los que el lector sufrirá los efectos de los momentos críticos expuestos anteriormente, manifestándose en él los sentimientos de empatía o de rechazo para con los protagonistas de la historia que tiene entre manos, en función de qué camino hayan elegido en sus dilemas. No existirán pues, momentos pico, sin los momentos valle. Ambos son necesarios y complementarios, el arte está en saber secuenciarlos adecuadamente para atrapar el lector en el mundo de la historia narrada.

 

Ingredientes para una novela

Víctor J. Sanz

¿Para quién escribe un escritor?

¿Para quién escribe un escritor?

Dice mi amigo el escritor Álvaro Díaz que, en primer lugar, habría que definir qué es ser escritor, y se apoya en dos visiones bien diferentes, una la de la sociedad que considera que escritor es aquel cuyo nombre es el que aparece en los libros más vendidos, y otra, la del propio escritor, que considera que ser escritor, consiste sencillamente en eso, en escribir. Bien, pero ¿para quién escribe un escritor?

¿para quién escribe un escritor?

¿Para quién escribe un escritor?
¿Para quién escribe un escritor?

Por orden de cantidad, los destinatarios del trabajo de un escritor suelen ser: ellos mismos, un público muy concreto y definido y, por último, el gran público.

Quien escribe para sí, tendrá como mucho un lector, y no siempre tendrá ganas de leer lo escrito, y si, por contra, siempre tiene ganas y tiempo, entonces ese escritor-lector tiene un serio problema de personalidad, lo que puede llevar a pensar que se trata de un verdadero escritor, para agravar más aún la confusión.

Quien escribe para un público muy concreto y definido, puede que tenga asegurado cierto número de lectores, pero también los tendrá asegurados en unos contornos tan estrechos que podrían olerse los unos a otros.

Quien escribe para el gran público debe seguir ciertas normas en cuanto al estilo, la estructura, la extensión e incluso en cuanto al título, que difícilmente podrá seguir manteniendo la etiqueta de escritor, a no ser que sea lo que la Sociedad entiende por escritor, es decir, el nombre que aparece en los libros que más se venden. Lo que pone al verdadero escritor en el brete de tener que emular a reputados autores de la talla de Sergio Ramos (escritor del Real Madrid Club de Fútbol), o de cualquiera de estos “escritores“. Y pensar que no aproveché yo aquel gol que metí en un partido amistoso para colgarme la etiqueta de futbolista, o aquella otra vez que presenté una conferencia y no me llamé presentador. ¡Qué de ocasiones perdidas!

Hemos visto tres formas distintas de errar con la elección del público destinatario de un libro.

Pudiera ser que el asunto radique en estructurar el trabajo de la escritura en sus distintas fases. Una fórmula podría ser escribir a solas, leer en público y corregir delante de un profesor de lengua y literatura. El crítico no entra en esta fórmula, pues ya vendrá él mismo si quiere.

Escritor es quien escribe literatura. Escritor es aquel autor literario a quien se le conocen lectores. Incluso, estirando un poco el concepto, escritor es aquel que vende libros en cuyo interior ha depositado algo de literatura. Y esta es una reválida que debe aprobarse con cada libro, con cada proyecto que se afronta.

Dice el escritor Andy García que “Un escritor, nunca piensa que su nueva obra es una joya literaria, por mucho que se lo digan, y la alaben, sino, pensará que ésta, siempre pudiera haber sido mejorable. Ahí, es donde radica el oficio de un escritor.”

Borges dice: “escribo como un desahogo. No creo en el valor de lo que escribo pero sí en el placer de escribir”

Ahí queda la pregunta para una reflexión, ¿para quién escribe un escritor?

Víctor J. Sanz

La realidad y la realidad literaria (foto: obra de Brian Dettmer)

Realidad y realidad literaria

La realidad literaria es independiente de la realidad misma, no precisa de ella para ser creíble, no precisa de ella para ser real, la realidad literaria es real en sí misma.

La compenetración de todos los elementos de una historia es el ingrediente principal del esqueleto de la realidad literaria de esa historia. La realidad literaria es precisamente esa cohesión de todos los componentes de una historia, aquello que la convierte no en plausible, ni siquiera en probable, sino aquello que le insufla un espíritu de realidad autónoma.

La realidad y la realidad literaria (foto: obra de Brian Dettmer)
La realidad y la realidad literaria (foto: obra de Brian Dettmer)

La realidad literaria no precisa de conocimientos concretos, ni mucho menos exactos de una realidad tangible determinada, de un mundo concreto, de una sociedad concreta; para alcanzar una realidad literaria consistente, basta con que el mundo creado resulte convincente, esto es especialmente fácil de entender si hablamos de novela histórica, dice Milan Kundera: La fidelidad a la realidad histórica es algo secundario en relación al valor de la novela. El novelista no es ni un historiador ni un profeta, es un explorador de la existencia y como tal, el escritor no debe verse obligado, como se vería un historiador a ceñirse a una realidad concreta, a una sucesión concreta de hechos históricos, ni tan siquiera de personajes históricos, la materia prima del escritor es el ser humano, el ser humano atemporal y autónomo de circunstancias externas concretas.

La realidad literaria no precisa de la realidad para ser real

Un hecho real cualquiera puede ser visto por un escritor como un hecho literario real, para ello bastará con que le aplique su forma especial de mirarlo, destacando lo especial de su esencia. Un hecho real transferido letra por letra, punto por punto, a una obra literaria nunca formará parte de esa realidad literaria, habrá de ser adaptado por el escritor para tener visos de real en el mundo literario. Si tomamos una página de sucesos y la copiamos tal cual en una novela, sin duda será creíble, pero solo en la realidad, del mismo modo que nunca resultará creíble como realidad literaria, no formará parte en ningún caso de la realidad literaria, no será literatura.

El ejemplo más demoledor de esto es el propio George Samsa. El protagonista de La Metamorfosis no resultaría creíble fuera de su historia, sin embargo, dentro de su historia, Samsa es absolutamente real, de una realidad literaria aplastante.

Realidad y realidad literaria
Víctor J. Sanz

¿Cuál es para ti el mejor ambiente para escribir?

¿Cuál es el mejor ambiente para escribir?

Muchos escritores se ponen a trabajar en los sitios más insospechados, o en las circunstancias más curiosas, buscan con ello el mejor ambiente para escribir.

¿Cuál es para ti el mejor ambiente para escribir?
¿Cuál es para ti el mejor ambiente para escribir?

¿Cómo es tu ambiente de trabajo?, ¿en qué ambiente nacen y crecen tus historias?, ¿de qué te rodeas cuando trabajas?, ¿dónde te encuentras con las letras?, ¿en qué lugar te ganas la inspiración con el sudor de tu frente?

Tanto da cómo se pregunte, el escritor sabe a qué me refiero: ese lugar que nos hace sentirnos a gusto, cómodos para escribir, se diría que hasta especiales por unos instantes.

El mejor ambiente para escribir es…

Para la escritora Mercedes Pinto, la cocina es el mejor ambiente para escribir: “Mis libretas huelen a fritanga. Escribo en la cocina, entre gente que va y viene a tomar algo o a charlar alrededor de la mesa, que vale tanto como oficina, que como encuentro para los comensales.”

Para Gabo, el mejor ambiente para escribir era una habitación con una temperatura determinada y se hacía acompañar de una flor amarilla en la mesa, de lo contrario no se sentaba a escribir.

Para Henry Miller, el mejor ambiente para escribir era el más incómodo que encontrara, lo que le suponía un estímulo esencial, algo que no se deduciría de la lectura de, por ejemplo, Sexus, a través de cuyas líneas uno se le imagina de lo más relajado.

A Isabel Allende, una vela le proporciona el mejor ambiente para escribir, y de paso le supone la medida exacta del tiempo que le dedica a la tarea.

Otros escritores encontraron su mejor ambiente para escribir en cafés atestados de gente más o menos vociferante, tal vez para poder pensar en alto de manera que no fueran tomados por locos.

Para mí, el mejor ambiente para escribir es el silencio de la noche, donde mis personajes salen a mi escenario sin miedo, sin competencia, mostrando su mejor cara.

Y para ti, ¿cuál es el mejor ambiente para escribir?

Víctor J. Sanz

Utopías y distopías

Distopías, ¿por qué las necesitamos?

En la 23ª edición de su diccionario de la lengua española, la Real Academia incluye el término distopía con la siguiente definición:

«Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana».

El origen del término está en el griego, y se forma con el prefijo dis- (mal, difícil) y topos (lugar), en contraposición a utopía (buen lugar). En principio, ni el mundo distópico ni el mundo utópico son mundos reales, en teoría, sino que son mundos idealizados por los escritores para dar vida en ellos a los aspectos sociales y humanos en cuyo contexto ser quieren destacar determinados objetivos o entornos deseables o indeseables. 

Utopías y distopías
“1984” es un prototipo entre las distopías

Son numerosos los ejemplos de distopías que se han dado en la literatura, pero son todavía más numerosos los ejemplos de utopía, y esto es algo de lo que no solemos ser conscientes. Las utopías literarias quizás no son utopías con todos los ingredientes estereotípicos que cabría esperar, como por ejemplo un mundo idealizado y nítidamente delimitado, o dos bandos perfectamente definidos y sin la más mínima sospecha de intersección entre ellos, habitados por personajes netamente “buenos” o íntegramente “malos”, por ejemplo; sino que son utopías parciales en las que se nos muestra un mundo quasi-real, en el que evolucionan personajes más o menos creíbles, pero con un final dulce y acaramelado que nunca se daría en la realidad, ya que la realidad carece de esa capacidad de preseleccionar entre lo que serían acciones “buenas” y acciones “malas” según el juicio humano y, lo que es más importante y lo hace aún más relativo y parcial, según el juicio del ser humano de la época en la que se describe o se narra cada utopía; pues según las circunstancias sociales de la época en la que se escriba, los componentes de la utopía pueden ser muy variados, no es lo mismo pensar en una utopía en tiempos de guerra o bajo el yugo de una dictadura que moldear ese concepto en un entorno donde las libertades son un hecho constatado. En ambos escenarios, el sueño del ser humano es muy distinto. 

Las utopías parciales son esas historias con final feliz que apestan a bondad, esa bondad de piel fina bajo la que, si pudiéramos rascar, encontraríamos yaciendo dormida a la fiera agresiva que es el ser humano de carne y hueso. Son esas historias en las que “siempre ganan los buenos”, y casi nunca nos paramos a pensar si los “buenos” son de los nuestros o de los otros, o simplemente, si los “buenos” son buenos y basándonos en qué criterios. Buenos, ¿para quién?, buenos, ¿según quién?

¿Por qué necesitamos las distopías?

Es cierto que las distopías nos dejan pensando sobre qué hemos hecho mal, y sobre todo, qué podemos hacer para evitar que nuestro futuro, pues de eso hablamos, no sea como el que nos muestra la distopía. Se puede decir, entonces, que una distopía podría interpretarse como un aviso, una advertencia, una llamada de atención sobre un riesgo más o menos real que puede amenazarnos a poco que se den las condiciones favorables.  Desde este punto de vista, parece que las distopías son algo más que necesarias.

Pero quizás, en cierto modo, algunas distopías no son ya advertencias sobre el futuro, sino sobre el propio presente, sobre ese presente que se nos hace imposible discernir, cuánto menos  comprender.

Y tú, ¿qué opinas? 

¿Por qué necesitamos las distopías?

Víctor J. Sanz

Novela y novelista, ¿quién hace a quién?

Novelista y novela, ¿quién hace a quién?

Durante el tiempo que transcurre entre el nacimiento de una idea, de esa idea semilla que un día será una historia que contar, hasta que crece y se convierte en esa hermosa historia, durante ese tiempo, digo, la historia narrada vive dentro del escritor, yendo y viniendo, maleable, tomando forma y cambiando de forma nuevamente. Bullendo de personajes impacientes por salir a escena. Bullendo de escenas impacientes por bullir ante los ojos de los lectores.

Novela y novelista, ¿quién hace a quién?
Novela y novelista, ¿quién hace a quién?

Durante ese tiempo, la historia que vive dentro del escritor, y hasta que éste le da su forma final, también opera un cambio en el propio escritor que, como hospedador temporal de la historia, no es ni mucho menos inmune al efecto que la propia historia tiene en quien la conoce, más si cabe, en quien conoce todos sus recovecos, ya por haberlos diseñado, ya por haber sido el primer afortunado en recorrerlos.

Novela y novelista, ¿quién hace a  quién?

Durante el desarrollo de la historia, el narrador deposita en la narración parte de sí mismo, de su ser, pero también de su no ser, acaso de lo que sueña con ser; deposita parte de sus pensamientos más íntimos, de sus sentimientos, de sus éxitos y de sus fracasos, de sus esperanzas y de sus ilusiones; plasma en la narración su impronta por la que la narración será referencia del autor y el autor de la narración.

Pero la historia narrada, ese confesionario y depósito donde se vacía el autor es, a su vez, huésped del propio autor, viviendo dentro de él, moldeándole al mismo tiempo que es moldeada por él. Dejando en su cuerpo las muescas de los golpes y las cicatrices de las batallas perdidas y ganadas que pueblan cada historia narrada.

La historia narrada ha transformado al escritor, no por lo que le haya tomado prestado, sino por lo que le haya prestado a él, enriqueciendo su visión, y renovando por traslado y mudanza, el espacio destinado a albergar nuevas semillas de nuevas historias que en el futuro serán, pero dejando el poso y conocimientos de la ya narrado.

Puede concluirse pues, que la novela hace al novelista del mismo modo que el novelista hace la novela.

Novela y novelista, ¿quién hace a  quién?

Víctor J. Sanz

Consejos de escritores

Consejos de escritores famosos

A continuación, algunos consejos de escritores famosos:

George Simenon
George Simenon

Soy un artesano, necesito trabajar con las manos. Me gustaría tallar mis novelas en madera. Mis personajes… me gustaría que fueran más densos, más tridimensionales. Y me gustaría hacer un hombre tal que todos los otros, al mirarlo, encontraran en él sus propios problemas. George Simenon

 

 

Thomas Bernhard
Thomas Bernhard

Mi vida está clarísima. Me resulta totalmente claro que tengo que hacer mi trabajo; todo lo que estorba ese trabajo, lo elimino, todo lo que lo favorece me interesa. Osea, que, por una vez, las cosas son muy fáciles. Thomas Bernhard

 

 

Jean Cocteau
Jean Cocteau

Escribir es un acto de amor. Si no lo es, sólo es escritura. Consiste en obedecer al mecanismo de las plantas y los árboles y en proyectar esperma a gran distancia en derredor nuestro. El lujo está en lo que se pierde. Esto fecunda; aquello cae a un lado. Jean Cocteau

 

 

Consejos de escritores
John Steinbeck

El oficio o arte de escribir es el torpe intento de encontrar simbolos para lo inexpresable. En soledad absoluta, un escitor intenta explicar lo inexplicable. Y a veces, si tiene mucha suerte y el momento es el adecuado, una pequeña porción de lo que intenta hacer se escurre hacia la realización, pero no mucho. Y si es un escritor con suficiente discernimiento como para saber que es imposible hacerlo, entonces no es un escritor. John Steinbeck

 

 

Gustave Flaubert
Gustave Flaubert

Hay entre los marinos aquellos que descubren nuevos mundos, que añaden tierras y estrellas a las estrellas: estos son los maestros, los eternamente espléndidos. luego están los que vomitan el terror desde las partes de sus navios, los que capturan, enriquecen y engordan. Algunos zarpan en pos de oro y seda bajo otros cielos, otros sólo pretenden atrapar en sus redes salmones para los gourmets y bacalao para los pobres. Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que se zambulle hasta las profundidades y emerge con las manos vacias y la cara azul. Cierta atracción fatal me conduce hacia los abismos del pensamiento, hasta el fondo de unas simas interiores que, para los fuertes, jamás se agotan. Me pasaré la vida mirando el oceano del arte en el que otros navegan y combaten, y a veces me divertiré yendo a buscar al fondo del mar conchas verdes o amarillas que los demás desprecian. de modo que las guardaré para mi y cubriré con ellas las paredes de mi choza. Gustave Flaubert

 

Clarice Lispector
Clarice Lispector

(…) nací para escribir. La palabra es mi dominio sobre el mundo. Tuve desde la infancia varias vocaciones que me llamaban ardientemente. Una de las vocaciones era escribir. Y no sé por qué, fué esta la que seguí. Tal vez porque para las otras vocaciones necesitaría un largo aprendizaje, mientras que para escribir el aprendizaje es la propia vida viviéndose en nosotros y nuestro alrededor. Es que no sé estudiar. Y, para escribir, el único estudio es justamente escribir. Me adiestré desde los siete años para tener un dia la lengua en mi poder. Y no obstante, cada vez que voy a escribir, es como si fuera la primera vez. Cada libro mío es un estreno penoso y feliz. Esa capacidad de renovarme toda, a medida que el tiempo pasa, es lo que yo llamo vivir y escribir. Clarice Lispector

 

 

Carson McCullers
Carson McCullers

Cuando el trabajo no marcha bien, no hay vida más miserable que la de un escritor. Pero cuando marcha bien, cuando la iluminación ha puesto en foco una obra de modo que ésta crece limpidamente y fluye, no existe felicidad comparable. Carson McCullers

 

 

<<Consejos de escritores>>

Víctor J. Sanz